Logotipo de El Sitio de los Libros

El Corte Inglés Venta 24h. 902 22 44 11

Buscador avanzado

Temas:
Bellas artes
Cienc. humanas
Cienc. naturales
Cienc. técnicas
Derecho
Diccionarios
Economía
Historia
Idiomas
Infantil y juvenil
Informática
Literatura
Tiempo libre
Cuentos personalizados
Revistas
Mi librería
Primeros capítulos
Opinión
Actividades culturales de
El Corte Inglés
Ámbito cultural
Papelería

ESTADO DE MIEDO de MICHAEL CRICHTON

65 x 65 pixel Introducción

En agosto de 2002, en la Cumbre Mundial para el Desarrollo Sostenible de Johannesburgo, Vanuatu, una nación insular del Pacífico, anunció que preparaba una demanda judicial contra la EPA (Agencia de Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos) por su responsabilidad en el calentamiento del planeta. Vanuatu se alza apenas unos metros sobre el nivel del mar, y los ocho mil habitantes de la isla corren el riesgo de tener que evacuar el país debido al aumento del nivel del mar provocado por el calentamiento del planeta. Estados Unidos, la mayor potencia económica del mundo, es también el mayor emisor de dióxido de carbono y, por tanto, el país que más contribuye al calentamiento del planeta.
El NERF (Fondo Nacional de Recursos Medioambientales), un grupo activista norteamericano, anunció que aunaría fuerzas con Vanuatu en la presentación de esta demanda, prevista para el verano de 2004. Se rumoreó que el acaudalado filántropo George Morton, que con frecuencia daba apoyo a causas ecologistas, financiaría personalmente el juicio, cuyo coste se calculó en más de ocho millones de dólares. Puesto que el caso sería visto en última instancia por el receptivo tribunal de apelación para el Circuito Noveno de San Francisco, el litigio se esperaba con cierta expectación.
Pero la demanda no llegó a presentarse.
Ni Vanuatu ni el NERF han ofrecido explicación oficial alguna al respecto. Aun después de la repentina desaparición de George Morton, las circunstancias que rodearon dicha demanda han quedado sin examinar debido al inexplicable desinterés de los medios de comunicación. Hasta finales de 2004 ningún miembro del consejo directivo del NERF hizo ninguna declaración pública acerca de lo ocurrido en el seno de la organización. Posteriores revelaciones de colaboradores directos de Morton, así como de antiguos integrantes del bufete de Los Ángeles Hassle & Black, han añadido detalles a la historia.
Ahora, pues, está ya claro qué ocurrió con el desarrollo del litigio de Vanuatu entre mayo y octubre de 2004, y por qué como consecuencia de ello murió tanta gente en remotos rincones del planeta.
M.C.
Los Ángeles, 2004

Del informe interno al Consejo de Seguridad Nacional (CSN) del AASBC (confidencial). Fragmentos redactados del AASBC. Obtenidos de FOIA 04/03/04.

PRIMERA PARTE

AKAMAI

PARIS NORD
DOMINGO, 2 DE MAYO, 2004
12.00 h.

En la oscuridad, él le tocó el brazo y dijo:
—Quédate aquí.
Ella esperó sin moverse. Percibía un intenso olor a salitre. Oía el suave gorgoteo del agua.
De pronto se encendieron las luces, reflejándose en la superficie de un enorme depósito abierto, quizá de unos cincuenta metros de longitud por veinte de anchura. Podría haber sido una piscina cubierta, salvo por el equipo electrónico que la rodeaba.
Y por el extraño dispositivo situado en el extremo opuesto.
Jonathan Marshall regresó junto a ella sonriendo como un idiota.
—Qu’est-ce que tu penses? —preguntó, consciente de su pésima pronunciación—. ¿Qué piensas?
—Es magnífico —afirmó la chica. Cuando hablaba en inglés, tenía un acento exótico. A decir verdad, todo en ella era exótico, pensó Jonathan. De piel oscura, pómulos prominentes y cabello negro, podría haber sido modelo. Y se contoneaba como una modelo, con su falda corta y sus zapatos de tacón de aguja. Era medio vietnamita y se llamaba Marisa. Mirando alrededor, añadió—: Pero ¿no hay nadie aquí?
—No, no —respondió él—. Es domingo. Hoy no viene nadie.
Jonathan Marshall, de veinticuatro años, era un londinense licenciado en física que, como parte de sus estudios de posgrado, trabajaba durante el verano en el ultramoderno Laboratoire Ondulatoire —Laboratorio de Mecánica Ondulatoria— del Instituto de la Marina francés en Vissy, al norte de París. Pero en el barrio residían sobre todo familias jóvenes, y para Marshall había sido un verano solitario. Por eso no podía dar crédito a la buena suerte que había tenido al conocer a aquella chica. Una chica muy guapa y sexy.
—Explícame qué hace esta máquina —dijo Marisa con una mirada radiante—, y qué haces tú.
—Con mucho gusto —contestó Marshall. Se acercó al gran panel de control y empezó a conectar las bombas y los sensores. Al otro extremo del depósito, los treinta paneles del generador de olas se activaron uno tras otro.
Marshall miró a la chica, y ella le sonrió.
—Es complicadísimo —comentó Marisa. Se colocó junto a él frente al panel de control—. ¿Hay cámaras para grabar vuestra investigación?
—Sí, en el techo y a los lados del depósito. Crean un registro visual de las olas generadas. En el depósito también hay sensores que recogen los parámetros de presión de la ola al pasar.
—¿Están conectadas ahora esas cámaras?
—No, no —dijo él—. No las necesitamos; no estamos haciendo ningún experimento.
—Quizá sí —respondió ella, y apoyó la mano en el hombro de Marshall. Tenía unos dedos largos y delicados, unos dedos preciosos. Miró alrededor por un momento—. En esta sala todo es carísimo. Debe de haber grandes medidas de seguridad, ¿no?
—En realidad no. Simplemente hay que usar una tarjeta para entrar. Y solo hay una cámara de seguridad. —Señaló por encima del hombro—. En aquel rincón.
Marisa se volvió.
—¿Y esa está encendida?
—Sí, claro —contestó él—, esa siempre.
Marisa le acarició suavemente el cuello.
—¿Así que ahora hay alguien vigilándonos?
—Eso me temo.
—Entonces debemos portarnos bien.
—Probablemente. Por cierto, ¿y tu novio?
—Ese. —Dejó escapar un resoplido de desdén—. Ya me he hartado de él.
Unas horas antes aquel mismo día Marshall había salido de su pequeño apartamento para ir a la cafetería de la rue Montaigne, que visitaba cada mañana, llevándose como de costumbre un artículo especializado para leer. Al rato, aquella chica se sentó en la mesa contigua con su novio. En breve la pareja empezó a discutir.
A decir verdad, Marshall tuvo la impresión de que Marisa y el novio no estaban hechos el uno para el otro. Él era un americano rubicundo y fornido, corpulento como un jugador de fútbol, con el cabello largo y gafas de montura metálica poco acordes con sus toscas facciones. Tenía todo el aspecto de un cerdo que pretendía pasar por intelectual.
Se llamaba Jim y estaba enfadado con Marisa porque esta, al parecer, no había pasado la noche con él.
—No sé por qué no me dices dónde estuviste —repetía él una y otra vez.
—Porque no es asunto tuyo, por eso.
—Pero yo pensaba que íbamos a cenar juntos.
—Jimmy, ya te dije que no.
—No, me dijiste que sí. Y yo te esperé en el hotel. Toda la noche.
—¿Y qué? Nadie te obligó. Podías marcharte y pasártelo bien.
—Pero te esperaba.
—Jimmy, no eres mi dueño. —Exasperada, suspiraba, levantaba las manos o se daba palmadas en las rodillas desnudas. Tenía las piernas cruzadas y se le había subido mucho la falda—. Yo hago lo que me da la gana.
—Eso está claro.
—Sí —dijo ella, y en ese momento se volvió hacia Marshall—. ¿Qué es eso que lees? Parece muy complicado.
En un primer momento Marshall se alarmó. Saltaba a la vista que le había dirigido la palabra para provocar al novio. No quería dejarse arrastrar a la pelea de la pareja.
—Es física —contestó lacónicamente, y se volvió un poco, procurando pasar por alto la belleza de la chica.
—¿Qué clase de física? —insistió ella.
—Mecánica ondulatoria. Olas marinas.
—¿Eres estudiante, pues?
—Estudiante de posgrado.
—Ah. E inteligente, por lo que se ve. ¿Eres inglés? ¿Qué haces en Francia?
Y casi sin darse cuenta Marshall entabló conversación con la chica, y ella le presentó al novio, que le dirigió a Marshall una sonrisa de suficiencia y le dio un desidioso apretón de manos. La situación seguía siendo embarazosa, pero ella se comportaba como si no lo fuese.
—¿Así que trabajas por aquí? ¿En qué? ¿Un depósito con una máquina? La verdad, no consigo imaginármelo. ¿Me lo enseñas?
Y allí estaban, en el Laboratorio de Mecánica Ondulatoria. Jimmy, el novio, se había quedado fuera, en el aparcamiento, malhumorado, fumando un pitillo.
—¿Qué hacemos con Jimmy? —preguntó Marisa, de pie junto a Marshall mientras él trabajaba en el panel de control.
—Aquí dentro no puede fumar.
—Yo me encargaré de que no fume. Pero no quiero que se enfade más. ¿Crees que puedo dejarle entrar?
A Marshall lo invadió un sentimiento de decepción.
—Claro. Supongo.
Ella le apretó el hombro.
—No te preocupes. Después estará ocupado con otros asuntos suyos.
Se alejó y abrió la puerta del fondo del laboratorio. Jimmy entró. Marshall echó un vistazo y vio que se quedaba rezagado, con las manos en los bolsillos. Marisa regresó junto a él, que seguía frente al panel de control.
—Jimmy ya se ha calmado —dijo—. Ahora enséñamelo.
Los motores eléctricos del extremo opuesto del depósito ronronearon y las palas generaron la primera ola. Era pequeña, y recorrió suavemente el depósito en toda su longitud hasta chocar, con un ligero chapoteo, en un panel inclinado en el lado donde ellos se hallaban.
—¿Y esto es un maremoto? —preguntó Marisa.
—Es la simulación de un tsunami, sí —contestó Marshall mientras pulsaba el teclado. En el panel de control, los monitores mostraron la temperatura y la presión, así como imágenes en color falso de la ola.
—Una simulación —repitió ella—. ¿Y eso qué quiere decir?
—En este depósito podemos crear olas de hasta un metro de altura —explicó Marshall—. Pero los verdaderos tsunamis alcanzan cuatro, ocho o diez metros. A veces incluso más.
—¿Una ola de diez metros en el mar? —Marisa abrió los ojos desorbitadamente—. ¿En serio? —Miró al techo intentando imaginarla.
Marshall movió la cabeza en un gesto de asentimiento. Esa altura equivalía a un edificio de tres plantas. Y alcanzaba una velocidad de ochocientos kilómetros por hora, avanzando atronadoramente hacia la costa.
—¿Y cuándo llega a la costa? —preguntó ella—. ¿Eso representa el panel inclinado de este extremo? Tiene una textura de guijarros, parece. ¿Eso es la costa?
—Exactamente —contestó Marshall—. La distancia que recorre la ola tierra adentro depende del ángulo de la pendiente. Podemos ajustar esa pendiente a cualquier ángulo.
El novio se acercó al depósito, pero siguió apartado de ellos, sin pronunciar una sola palabra.
Marisa estaba entusiasmada.
—¿Podéis ajustarla? ¿Cómo?
—Está motorizada.
—¿A cualquier ángulo? —Se rió—. Ponla a vingt-sept grados. Veintisiete.
—Allá va. —Marshall tecleó. Con un ligero chirrido, la pendiente de la costa aumentó de ángulo.
El novio americano, atraído por la actividad, se aproximó más al depósito para echar un vistazo. Era fascinante, pensó Marshall. Cualquiera sentiría interés. Sin embargo aquel tipo continuó en silencio. Allí de pie, se limitó a observar cómo crecía la inclinación de la superficie enguijarrada. Esta no tardó en detenerse.
—¿Esa es la pendiente, pues? —preguntó Marisa.
—Sí —dijo Marshall—. Aunque de hecho veintisiete grados es una inclinación excesiva, por encima del promedio de las costas del mundo real. Quizá debería ponerla…
Marisa cerró su mano morena sobre la de él.
—No, no —dijo. Tenía la piel suave—. Déjala así. Enséñame una ola. Quiero ver una ola.
Cada treinta segundos se generaban pequeñas olas que recorrían el depósito con un leve zumbido.
—Bueno, primero tengo que conocer la forma de la costa. En este momento es una playa llana, pero si hubiese un entrante…
—¿Cambiaría si hubiese un entrante?
—Claro.
—¿De verdad? Enséñamelo.
—¿Qué clase de entrante quieres? Un puerto, un río, una bahía…
—Ah —dijo ella, y se encogió de hombros—, que sea una bahía.
Marshall sonrió.
—Bien. ¿De qué tamaño?
Con un ronroneo de motores eléctricos, la costa empezó a curvarse y se formó una hendidura en la pendiente.
—¡Fantástico! —exclamó Marisa—. Vamos, Jonathan, déjame ver la ola.
—Todavía no. ¿De qué tamaño es la bahía?
—Ah… —Extendió los brazos—. Un kilómetro y medio. Una bahía de un kilómetro y medio. ¿Ahora me la dejarás
ver? —Se inclinó hacia él—. Debes saber que no me gusta es-
perar.
Marshall olió su perfume. Tecleó a toda prisa.
—Ahí viene —dijo—. Una ola grande, acercándose a una bahía de un kilómetro y medio con una pendiente de veintisiete grados.
Al generarse la siguiente ola en el otro extremo del depósito, el zumbido fue mucho más sonoro, y luego avanzó uniformemente hacia ellos, una línea de agua de unos quince centímetros de altura.
—¡Oh! —Marisa hizo un mohín—. Me has prometido que sería grande.
—Tú espera.
—¿Crecerá? —preguntó Marisa, y se echó a reír. Volvió a apoyar la mano en el hombro de Marshall. El americano la fulminó con la mirada. Ella levantó la barbilla en actitud desafiante. Pero cuando él volvió a fijar la vista en el depósito, ella apartó la mano.
Marshall se sintió otra vez descorazonado. Marisa lo estaba utilizando; él era un peón en aquel juego de la pareja.
—¿Has dicho que crecerá? —preguntó ella.
—Sí —contestó Marshall—, la ola crecerá al acercarse a la orilla. En aguas profundas un tsunami es pequeño, pero aumenta de tamaño en los bajíos. Y el entrante concentrará su fuerza, así que se incrementará la altura.
La ola se hizo más alta y, al arremeter contra la costa curva, levantó espuma y ascendió ruidosamente por los lados. Alcanzó un metro y medio, calculó Marshall.
—Pues sí ha crecido —dijo ella—. ¿Y en el mundo real?
—Eso equivale a unos quince metros —contestó él.
—Oh là là! —exclamó ella, y apretó los labios—. Así que una persona no puede escaparse corriendo.
—Pues no —contestó Marshall—. Es imposible huir de un maremoto. En Hilo, Hawai, en 1957 una ola tan alta como los edificios barrió las calles del pueblo; la gente corrió, pero…
—¿Y ya está? —preguntó el americano con voz ronca, como si necesitara aclararse la garganta—. ¿Eso es todo?
—No le hagas caso —dijo ella en voz baja.
—Sí, esto es lo que hacemos —respondió Marshall—. Generamos olas…
—¡Joder! —exclamó el americano—. Yo ya hacía eso en mi bañera cuando tenía seis meses.
—Bueno —continuó Marshall, y señaló el panel de control y los monitores—, generamos muchas bases de datos para investigadores de todo el mundo que están…
—Ya, ya. Con eso tengo suficiente. Vaya coñazo. Me voy. Marisa, ¿tú vienes o no? —La miró con furia.
Marshall la oyó respirar hondo.
—No —contestó ella—. No voy.
El americano se dio media vuelta, se alejó y cerró de un portazo al salir.
El apartamento de Marisa se hallaba frente a Notre-Dame, al otro lado del río; desde el balcón del dormitorio se disfrutaba de una hermosa vista de la catedral, que estaba iluminada por la noche. Eran las diez, pero el cielo presentaba aún un intenso azul. Marshall bajó la vista para contemplar la calle, las luces de las cafeterías, la gente de paseo. Era una escena bulliciosa y cautivadora.
—No te preocupes —dijo ella, a sus espaldas—. Si buscas a Jimmy, aquí no vendrá.
En realidad, Marshall no concibió esa posibilidad hasta que ella la mencionó.
—¿No?
—No. Irá a cualquier otra parte. Jimmy tiene muchas mujeres. —Marisa tomó un sorbo de vino tinto y dejó la copa en la mesilla de noche. Sin ceremonias, se quitó la camiseta y la falda. No llevaba nada debajo.
Todavía con los zapatos de tacón, se acercó a él. Marshall debió de parecer sorprendido, porque ella dijo:
—Ya te lo he advertido: no me gusta esperar.
A continuación lo rodeó con los brazos y lo besó con fuerza, con ferocidad, casi con rabia. Siguieron unos momentos incómodos mientras Marshall intentaba besarla a la vez que ella lo desnudaba. Marisa tenía la respiración entrecortada, casi jadeaba. No hablaba. Tal era su apasionamiento que casi parecía furiosa, y su belleza, la perfección física de aquel cuerpo moreno, lo intimidaron, pero no por mucho tiempo.
Después, Marisa yació a su lado, su piel suave pero su carne apretada. En el techo del dormitorio se proyectaba el tenue resplandor de la fachada de la iglesia. Marshall se sentía relajado; ella, en cambio, después de hacer el amor parecía rebosante de energía, inquieta. Marshall se preguntó si, pese a sus gemidos y gritos del final, se había corrido realmente. Y de pronto ella se levantó.
—¿Te pasa algo?
Marisa tomó un sorbo de vino.
—Voy al baño —dijo, y volviéndose, desapareció tras una puerta.
Había dejado su copa de vino. Marshall se incorporó y tomó un sorbo; vio la delicada forma de los labios de Marisa dibujada con carmín en el borde.
Miró la cama y vio las manchas oscuras que habían dejado los tacones de ella en las sábanas. No se había descalzado hasta que llevaban ya un rato haciendo el amor. Ahora los zapatos estaban bajo la ventana, donde los había lanzado. Señales de su pasión. Marshall tenía aún la sensación de vivir un sueño. Nunca había estado con una mujer como aquella. Tan hermosa como aquella, instalada en un sitio como aquel. Se preguntó cuánto debía de costar un apartamento así, con las paredes revestidas de madera, la situación idónea…
Tomó otro sorbo de vino. Podía acostumbrarse a aquello, pensó.
Oyó correr el agua en el cuarto de baño. Un tarareo, una canción poco melodiosa.
De pronto la puerta de la entrada se abrió con estrépito e irrumpieron tres hombres en la habitación. Vestían gabardina y sombrero oscuro. Aterrorizado, Marshall dejó la copa en la mesilla —se cayó— y se lanzó hacia su ropa junto a la cama para cubrirse, pero al instante los hombres se precipitaron sobre él y lo sujetaron con las manos enguantadas. Lanzó un grito de alarma y pánico cuando lo arrojaron a la cama boca abajo. Aún vociferaba cuando le hundieron la cara en la almohada. Pensó que iban a asfixiarlo, pero no fue así. Un hombre le susurró:
—Cállate. Si te callas, no te pasará nada.
Marshall no le creyó, así que forcejeó y volvió a gritar. ¿Dónde estaba Marisa? ¿Qué hacía? Estaba sucediendo todo muy rápido. Tenía a un hombre sentado sobre la espalda; notaba sus rodillas hundidas en la espina dorsal y el contacto frío de los zapatos en las nalgas desnudas. Sintió la mano del hombre en el cuello, inmovilizándolo contra la cama.
—¡Cállate! —volvió a susurrar el hombre.
Los otros dos lo tenían sujeto por las muñecas y lo obligaban a extender los brazos sobre la cama. Se estaban preparando para hacerle algo. Marshall, aterrorizado, se sintió vulnerable. Gimió, y alguien lo golpeó en la nuca.
—¡Silencio!
Todo ocurría muy deprisa, todo se desdibujaba. ¿Dónde estaba Marisa? Probablemente escondida en el cuarto de baño, y no la culpaba. Oyó un sonido acuoso y vio una bolsa de plástico y algo blanco dentro de ella, como una pelota de golf. Estaban colocándole la bolsa bajo la axila, en la parte carnosa del brazo.
¿Qué demonios le hacían? Notó el agua fría en la cara interior del brazo, y aunque forcejeó, lo sujetaron firmemente. A continuación, dentro del agua, notó un contacto blando y viscoso contra el brazo, como si fuese un chicle, algo pegajoso que se le adhería a la piel del brazo, y después sintió un pellizco. Nada, apenas perceptible, un momentáneo aguijonazo.
Los hombres actuaban con presteza. Retiraron la bolsa y en ese momento Marshall oyó dos estridentes disparos y la voz de Marisa, que gritaba en un rápido francés: «Salaud! Salopard! Bouge-toi le cul!». El tercer hombre se tambaleó sobre la espalda de Marshall y cayó al suelo. Acto seguido se levantó con dificultad. Marisa seguía gritando. Se oyeron más disparos, y Marshall percibió el olor a pólvora en el aire. Los hombres huyeron. Sonó un portazo, y Marisa regresó, totalmente desnuda, balbuceando en un francés que él no entendió, algo sobre una vacherie, que el interpretó como «vaca», pero no pensaba con claridad. Empezaba a temblar sobre la cama.
Ella se acercó y lo rodeó con los brazos. El cañón de la pistola estaba caliente, y Marshall, al percibir su contacto, gritó. Ella la dejó a un lado.
—¡Jonathan, cuánto lo siento, cuánto lo siento! —Permitió que Marshall apoyara la cabeza en su hombro y lo acunó—. Por favor, perdóname. Ya ha pasado todo, te lo prometo.
Gradualmente Marshall dejó de temblar, y ella lo miró.
—¿Te han hecho daño?
Marshall negó con la cabeza.
—Bueno. Lo suponía. ¡Idiotas! Amigos de Jimmy. Ha sido solo una broma, para asustarte. Y también a mí, desde luego. Pero ¿no estás herido?
Él volvió a negar con al cabeza. Tosió.
—Quizá… —dijo, recuperando por fin la voz—. Quizá debería marcharme.
—No —dijo ella—. No, no. No puedes hacerme eso.
—No me encuentro…
—Ni hablar —insistió ella. Se arrimó más a él, y sus cuerpos quedaron en contacto—. Debes quedarte un rato.
—¿No tendrías que avisar a la policía?
—Mais non. La policía no intervendrá. Una discusión entre amantes. En Francia no hacemos eso, no llamamos a la policía.
—Pero han entrado por la fuerza.
—Ya se han ido —dijo ella, susurrándole al oído. Marshall sintió su aliento—. Estamos solo nosotros. Solo nosotros, Jonathan. —Deslizando su cuerpo moreno sobre el de él, descendió por su pecho.
Pasaban ya de las doce de la noche cuando, por fin vestido, contempló Notre-Dame desde la ventana. Las calles seguían concurridas.
—¿Por qué no te quedas? —preguntó ella con un precioso mohín—. Quiero que te quedes. ¿No deseas complacerme?
—Lo siento —dijo él—. Tengo que irme. No me encuentro muy bien.
—Yo haré que te sientas mejor.
Marshall negó con la cabeza. La verdad era que no se encontraba bien. A rachas lo asaltaba una sensación de aturdimiento y le flojeaban las piernas. Allí agarrado a la barandilla del balcón, le temblaban las manos.
—Lo siento —repitió—. Tengo que irme.
—Muy bien, pero entonces te llevaré yo.
Como él sabía, Marisa tenía el coche aparcado en la otra orilla del Sena. Se le antojó demasiado lejos para ir a pie. Pero, en su embotamieno, se limitó a asentir.
—De acuerdo —dijo.
Ella no tenía prisa. Pasearon cogidos del brazo por la orilla del río, como amantes. Dejaron atrás los restaurantes flotantes amarrados al muelle, vivamente iluminados, todavía llenos de gente. Por encima de ellos, al otro lado del río, se alzaba Notre-Dame, envuelta en luz. Durante un rato, ese lento paseo, con la cabeza de Marisa apoyada en el hombro y las tiernas palabras que le susurraba, le sentó bien y empezó a encontrarse mejor.
Pero no tardó en tropezar, invadido por una sensación de debilidad y torpeza. Tenía la boca seca. Se notaba la mandíbula agarrotada. Le costaba hablar.
Ella no pareció darse cuenta. Ya habían quedado atrás las intensas luces, y bajo uno de los puentes Marshall volvió a tropezar. Esta vez cayó en la orilla de piedra.
—Cariño —dijo ella, preocupada y solícita, y lo ayudó a ponerse en pie.
—Creo… creo… —dijo él.
—Cariño, ¿te encuentras bien? —Marisa lo ayudó a llegar a un banco apartado del río—. Siéntate aquí un momento. Enseguida estarás mejor.
Pero su estado no mejoró. Intentó protestar, pero era incapaz de articular palabra. Aterrorizado, se dio cuenta de que ni siquiera podía mover la cabeza. Le pasaba algo grave. Todo su cuerpo se debilitaba por momentos de una manera asombrosa. Trató de levantarse del banco, pero los miembros no le respondieron. La miró, sentada a su lado. [...]
© 2004, Michael Crichton
© 2005, Carlos Milla Soler, por la traducción.
© 2005, Random House Mondadori, S.A.
 
CONTACTA CON NOSOTROS Teléfono: 902 119 368 / e-mail: clientes@elcorteingles.es
© El Corte Inglés, S.A. Todos los derechos reservados.
Asociación Española de Comercio Electrónico Confianza ONLINE