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DESEOS CONCEDIDOS de DANIELLE STEEL

65 x 65 pixel Primer Capítulo

Faith Madison era menuda y tenía clase. Su expresión era seria mientras ponía la mesa, aliñaba una ensalada y vigilaba la cena que había preparado y que estaba en el horno. Vestía un traje negro, de buen corte y, a los cuarenta y siete años, seguía tan esbelta como cuando se casó con Alex Madison, hacía ya veintiséis. Parecía una bailarina de Degas, con sus ojos verdes y su melena rubia, larga y lisa, que llevaba recogida en un estilizado moño. Suspiró y se sentó, tranquilamente, en una de las sillas de la cocina.
La pequeña y elegante casa de piedra rojiza de la calle Setenta y cuatro Este de Nueva York estaba en absoluto silencio y, mientras esperaba a que llegara Alex, podía oír el tictac del reloj. Cerró los ojos unos instantes, pensando en el lugar donde había estado esa tarde. Cuando los abrió de nuevo, oyó cómo se abría y se volvía a cerrar la puerta de la calle. No hubo ningún otro sonido, nada de pasos en la alfombra del recibidor, ni un simple hola al entrar. Siempre entraba así. Cerraba la puerta, dejaba el maletín, colgaba la chaqueta en el armario y miraba el correo. Al rato, iba a buscar-la. Comprobaba si estaba en su pequeño estudio y luego miraba en la cocina a ver si se encontraba allí.
Alex Madison tenía cincuenta y dos años. Se conocieron cuando ella estaba en la universidad, en Barnard, y él en la escuela de administración de empresas, en Columbia. Todo era diferente entonces. A él le sedujeron los modales abiertos y llanos de Faith, su calidez, su energía y su alegría. Alex siempre había sido tranquilo y reservado, cauto en sus palabras. Se casaron en cuanto ella obtuvo la licenciatura y él acabó el máster. Desde entonces trabajaba como experto en inversiones en una empresa. Después de terminar la carrera, ella trabajó durante un año en Vogue, como redactora en prácticas, y le encantó. Lo dejó para ir a la facultad de derecho, donde cursó el primer año. Aunque lo dejó también al nacer su primer niño, su hija Eloise, que acababa de cumplir los veinticuatro años y se había ido a vivir a Londres a principios de septiembre. Trabajaba en Christie's y estaba aprendiendo mucho sobre antigüedades. La otra hija de Faith, Zoe, de dieciocho años, estaba en su primer año de universidad, en Brown. Después de veinticuatro años dedicada plenamente a hacer de madre, Faith llevaba en paro dos meses. Las chicas se habían ido y, de repente, ella y Alex estaban solos.
-¡Hola! ¿Qué tal ha ido? -preguntó Alex al entrar en la cocina, con aspecto cansado.
La miró apenas y se sentó. Había estado trabajando de firme en dos OPI.* Ni siquiera se le ocurrió darle un beso o abrazarla. La mayor parte del tiempo le hablaba desde el otro lado de la habitación. No era con mala intención, pero hacía años que no le daba un abrazo al volver del despacho. No tenía ni idea de cuándo dejó de hacerlo. Estaba tan ocupada con sus hijas que no se dio cuenta, hasta que un día se apercibió de que ya no tenía con ella ningún gesto de cariño al volver a casa. Cuando llegaba por la noche, ella siempre estaba ayudando a las niñas con los deberes o bañándolas. Pero hacía mucho, mucho tiempo que no se mostraba afectuoso con ella; más del que ninguno de los dos quería saber o recordar. En el presente había un abismo entre ellos que ambos habían aceptado hacía tiempo y, mientras le servía una copa de vino, Faith sentía como si lo estuviera mirando desde una enorme distancia.
-Bien. Triste -dijo, mientras él hojeaba el periódico y ella sacaba el pollo del horno. Alex prefería el pescado, pero no había tenido tiempo de ir a la compra al volver a casa-. Parecía muy pequeño.
Hablaba de su padrastro, Charles Armstrong, muerto dos días antes, a la edad de ochenta y cuatro años. El responso había sido aquella tarde y el féretro había permanecido abierto para que Charles pudiera ser velado por la familia y los amigos.
-Era viejo, Faith, y llevaba enfermo mucho tiempo.
Lo dijo como si eso no solo lo explicara todo, sino que lo diera por concluido. Alex hacía eso. Apartaba de sí las cosas. Igual que, hacía años, la había apartado a ella. Últimamente, Faith sentía como si ya hubiera cumplido su propósito, hecho su tarea y prescindieran de ella, no solo sus hijas, sino también su marido. Las chicas tenían su propia vida desde que ya no estaban en casa. Y Alex vivía en un mundo que no la incluía a ella, salvo en raras ocasiones, cuando contaba con su mujer para agasajar a sus clientes o para que lo acompañara a alguna cena. El resto del tiempo daba por sentado que se entretendría sola. A veces, durante el día, se veía con algunas amigas, pero la mayoría tenían, todavía, a sus hijos en casa y siempre andaban muy escasas de tiempo. Durante los últimos meses, desde que Zoe se fue a la universidad, Faith había pasado la mayor parte del tiempo sola, intentando averiguar qué hacer con el resto de su vida.
Alex tenía una vida plena, solo suya. Parecía que habían pasado siglos desde que los dos se quedaban levantados durante horas, después de la cena, charlando de las cosas que les importaban; años desde que iban a dar largos paseos durante el fin de semana o al cine, cogidos de la mano. Apenas conseguía recordar cómo eran entonces las cosas con Alex. En la actualidad casi nunca tenía un gesto de afecto hacia ella y pocas veces le hablaba. Sin embargo, sabía que la quería o, por lo menos, eso pensaba, pero apenas parecía tener ninguna necesidad de comunicarse con ella. Todo era telegráfico y con las palabras imprescindibles. El silencio le resultaba más cómodo, como en aquel momento, mientras ella le ponía la cena delante y se apartaba un mechón de pelo de la cara. Parecía que ni la veía, enfrascado en algo que leía en el periódico. Cuando ella le habló de nuevo, tardó mucho rato en contestarle.
-¿Vas a venir mañana? -preguntó Faith en voz queda.
El entierro de su padrastro era al día siguiente.
Alex levantó la mirada hacia ella y negó con un movimiento de cabeza.
-No puedo. Me voy a Chicago. Reuniones con Unipam.
Había problemas con un cliente importante. Su trabajo tenía preferencia sobre todo lo demás y así era desde hacía mucho tiempo. Se había convertido en un hombre de mucho éxito. Aquel éxito había pagado la casa en que vivían y la educación de sus hijas y les proporcionó un inesperado nivel de desahogo y lujos que Faith nunca imaginó poder disfrutar. Pero había otras cosas que habrían significado más para ella. Bienestar, risas, calidez. Sentía como si ya no riera nunca y llevara mucho tiempo sin hacerlo, excepto cuando estaba con sus hijas. No era que Alex la tratara mal. Más bien era que no la trataba en absoluto. Tenía otras cosas en la cabeza y no vacilaba en dejárselo claro. Hasta sus prolongados silencios le decían que prefería pensar a hablar con ella.
-Sería agradable que estuvieras presente -comentó Faith, con prudencia, sentada a la mesa frente a él.
Alex era un hombre apuesto, siempre lo había sido. A sus cincuenta y dos años, era también distinguido, con una abundante mata de pelo gris. Tenía unos penetrantes ojos azules y una constitución atlética. Dos años atrás, uno de sus socios murió de repente de un ataque cardíaco y, desde entonces, Alex cuidaba mucho su dieta y practicaba ejercicio con regularidad. Esa era la razón de que prefiriera el pescado a todo lo demás y que dejara a un lado el pollo que ella le había servido. No había tenido tiempo de ser imaginativa. Había estado toda la tarde en la funeraria con su hermanastra, Allison, recibiendo a los que acudían a presentar sus respetos. Las dos mujeres no se veían desde el entierro de la madre de Faith, el año anterior, y antes de eso tampoco se habían visto durante diez años. Allison no había acudido al entierro de su hermano Jack, dos años antes de la muerte de la madre de Faith. Eran demasiados entierros en pocos años. Su madre, Jack y entonces Charles. Demasiadas personas desaparecidas. Aunque ella y su padrastro nunca habían estado muy unidos, lo respetaba y le entristecía pensar que se había ido. Era como si todos sus puntos de referencia familiares fueran desvaneciéndose, desapareciendo de su vida.
-Tengo que estar en la reunión de Chicago mañana -insistió Alex, con la mirada fija en el plato.
Solo picoteaba el pollo, pero no se había molestado en quejarse.
-Hay personas que van a los entierros -dijo Faith, con voz tranquila.
No había nada estridente en ella. No discutía con él; no se le enfrentaba. Pocas veces se mostraba en desacuerdo con él. Además, no valía la pena. Alex tenía una manera especial de retraerse. Hacía lo que quería, por lo general sin consultar con ella, y así había sido durante años. La mayor parte del tiempo funcionaba como una entidad independiente de ella y lo que lo motivaba era el trabajo y lo que éste le exigía, no lo que Faith quería que hiciera. Sabía cómo trabajaba y qué pensaba. Era difícil atravesar los muros que levantaba a su alrededor. Nunca estaba segura de si eran una defensa o, simplemente, lo que le hacía sentirse cómodo. Cuando eran jóvenes, las cosas fueron distintas, pero así era su relación desde hacía años. Estar casada con él era vivir en un lugar solitario, pero estaba acostumbrada. Solo que en el presente lo acusaba más, porque sus hijas se habían ido. Durante años, ellas le habían proporcionado todo el cariño que necesitaba. Era su ausencia lo que sentía, más que la de él. Además, parecía que se hubiera ido apartando de muchos de sus amigos. De algún modo, el tiempo, la vida, el matrimonio y los hijos habían sido los responsables.
Hacía dos meses que Zoe se había marchado a Brown. Parecía feliz allí y todavía no había vuelto para pasar un fin de semana en casa, aunque Providence no se hallaba a mucha distancia. Pero estaba ocupada con sus amigos, su vida, sus actividades en la universidad. Igual que Eloise era feliz en Londres con su trabajo. Faith sentía que todos ellos tenían una vida más llena que ella y llevaba tiempo esforzándose por decidir qué hacer con la suya. Había pensado en volver a trabajar, pero no tenía ni idea de qué podía hacer. Habían pasado veinticinco años desde que trabajó en Vogue, antes de nacer Eloise. También había pensado en volver a estudiar derecho y se lo había mencionado a Alex un par de veces. Él creía que era una idea ridícula, a su edad, y la desechó de un plumazo.
-¿A tu edad, Faith? No se empieza a estudiar derecho otra vez a los cuarenta y siete años. Tendrías casi cincuenta cuando te licenciaras y consiguieras el título.
Lo dijo con el más absoluto desprecio y, aunque ella seguía pensándolo de vez en cuando, no le había vuelto a hablar de ello. Alex opinaba que tenía que continuar ocupándose de trabajos de beneficencia, como desde hacía años, y saliendo a almorzar con sus amigas. A Faith todo aquello había empezado a parecerle carente de sentido, en particular desde que sus hijas ya no estaban. Quería algo con más sustancia para llenar su vida, pero todavía tenía que concebir un proyecto que le pareciera sensato y con el que pudiera convencer a su marido de que valía la pena.
-Nadie va a echarme en falta en el entierro de Charles -replicó Alex con tono tajante.
Faith retiró el plato y le ofreció un helado, que él declinó.
Vigilaba mucho su peso, así que tenía buen aspecto y estaba en buena forma. Jugaba a squash varias veces a la semana y al tenis los fines de semana, siempre que el tiempo de Nueva York lo permitía. Cuando las niñas eran pequeñas, alquilaban una casa para los fines de semana en Connecticut, pero ya hacía años que habían dejado de hacerlo. A Alex le gustaba poder ir al despacho los fines de semana, si era necesario.
Faith quería decirle que lo echaría de menos al día siguiente, en el entierro de su padrastro. Pero sabía que no serviría de nada. Cuando Alex tomaba una decisión, era imposible hacer que la cambiara. Ni se le había ocurrido que ella podía necesitarlo a su lado. Además, el tipo de relación que mantenían no se prestaba a que Faith explicitara sus deseos. Era una persona competente y muy capaz de cuidar de sí misma. Nunca se había apoyado excesivamente en él, ni siquiera cuando las niñas eran pequeñas. Tomaba las decisiones acertadas y estaba segura de sí misma. Había sido la esposa perfecta para él. Nunca se mostraba «quejica», como él decía. Y tampoco lo hacía en el presente. Pero se sentía decepcionada de que él no quisiera hacer el esfuerzo de asistir al entierro, por ella. La decepción había llegado a ser un modo de vida para Faith. Alex casi nunca estaba disponible cuando ella lo necesitaba. Era responsable, respetable, inteligente y los mantenía en una situación económica holgada, pero su lado afectivo se había desvanecido, sin dejar rastro, hacía años. Habían acabado teniendo la misma relación que los padres de él. Cuando los conoció, se quedó estupefacta por lo fríos que eran y lo incapaces de expresar su mutuo afecto. El padre se mostraba particularmente distante, justamente como Alex había llegado a ser con el tiempo, aunque Faith nunca le había señalado lo mucho que se parecía a su padre. Alex no era efusivo y, de hecho, le hacía sentirse incómodo que otras personas lo fueran, en especial Zoe y Faith. Sus constantes demostraciones de afecto siempre hacían que se sintiera molesto y todavía más distante y crítico hacia ellas.
De sus dos hijas, Zoe era la que más se parecía a Faith: cálida, afectuosa, bondadosa y con una actitud juguetona que recordaba a su madre cuando era joven. Era una estudiante fantástica y una joven brillante. Eloise estaba más cerca de su padre; tenían una especie de vínculo silencioso que a él le resultaba más cómodo. Era más tranquila que su hermana y siempre lo había sido y, como Alex, con frecuencia era muy crítica con Faith y lo decía sin tapujos. Quizá porque él también lo hacía. Zoe siempre acudía de inmediato en defensa de su madre y se ponía de su parte. Quería haber ido al entierro de Charles, aunque no estaba muy unida a él. El anciano nunca había sentido ningún interés por las chicas. Sin embargo, resultó que tenía exámenes trimestrales y no podía escaparse. No había ninguna razón para que Eloise hiciera el viaje desde Londres para el entierro de su abuelastro, cuando él nunca le había dado ni la hora. Faith no lo esperaba de ninguna de las dos, pero le habría gustado que Alex hiciera el esfuerzo de acompañarla.
Faith no volvió a mencionarlo. Igual que hacía con muchas otras cosas, lo dejó pasar. Sabía que no ganaría nada discutiendo.
Alex opinaba que ella era perfectamente capaz de ir sola. También sabía, al igual que sus hijas, que Faith y su padrastro nunca habían estado demasiado unidos. Su pérdida era más bien simbólica. Lo que Faith no le había dicho era que resultaba más dolorosa porque le recordaba intensamente a los otros que ya se habían ido. Su madre y su hermano Jack, cuya muerte, tres años atrás, al estrellarse su avión cuando iba camino de Martha's Vineyard, había destrozado a Faith. Jack tenía cuarenta y seis años en aquel momento, y era un excelente piloto, pero uno de los motores se incendió. El avión estalló en pleno vuelo. Para ella fue una conmoción de la que solo hacía poco empezaba a recuperarse. Jack y ella siempre habían sido almas gemelas y los mejores amigos. Él fue su único apoyo emocional y su fuente de consuelo durante su niñez y su vida adulta. Siempre lo disculpaba todo, nunca criticaba nada y era extremadamente leal. Se llevaban dos años de diferencia y, mientras crecían, su madre solía decir que parecían gemelos. En especial, al morir su padre de repente, de un ataque al corazón, cuando Faith tenía diez años y Jack doce.
La relación de Faith con su padre fue difícil; o mejor dicho, fue una pesadilla. Era algo de lo que nunca hablaba y que le había costado buena parte de su vida adulta resolver. Había trabajado en ello con un psicólogo y hecho las paces con su pasado lo mejor que pudo. Sus primeros recuerdos eran de su padre acosándola. Actuaba de forma sexualmente inapropiada y abusaba de ella desde que tenía cuatro o cinco años. Nunca se atrevió a hablarle a su madre de ello, porque su padre la había amenazado con matar a su hermano y matarla a ella, si lo contaba. Su profundo cariño por su hermano le hizo guardar silencio hasta que Jack lo descubrió, cuando él tenía once años y ella nueve, y él y su padre tuvieron una terrible pelea. El padre le dijo a Jack lo mismo que le decía a ella, que mataría a Faith si cualquiera de los dos hablaba. Era un hombre muy enfermo. Fue algo tan traumático para los hermanos que no volvieron a hablar de ello hasta que fueron mayores y ella iba a terapia, pero forjó un vínculo indestructible entre los dos, un cariño nacido de la compasión y una profunda tristeza en ambos porque aquello hubiera sucedido. Jack se sintió atormentado por el hecho de no haber podido proteger a Faith de la pesadilla que su padre le había infligido, tanto física como emocionalmente. Lo desgarraba saber qué estaba pasando y sentirse impotente para cambiar las cosas. Pero solo era un niño. Y un año después de que descubriera la situación, el padre murió.
Años más tarde, Faith trató de contárselo a su madre, pero los mecanismos de negación de ésta fueron insuperables. Se negó a escuchar, creer u oír, insistiendo repetidamente en que lo que Faith decía era una mentira malvada, inventada para difamar a su padre y hacerles daño a todos. Como Faith había temido toda su vida, su madre la culpó a ella y se atrincheró en sus propias fantasías y negación. Insistió en que el padre de Faith era un hombre amable y cariñoso, que adoraba a su familia y reverenciaba a su esposa. De alguna manera, se las arregló para canonizarlo en los años que siguieron a su muerte. Eso dejó a Faith sin ningún lugar donde acudir con sus recuerdos, salvo a Jack, como siempre. Él la acompañaba al terapeuta y sacaba a la luz recuerdos dolorosos para ambos. Faith sollozaba durante horas entre sus brazos.
Pero con el tiempo, el cariño y el apoyo de Jack la habían ayudado a enterrar los viejos fantasmas. Recordaba a su padre como a un monstruo que había profanado la inocencia y la santidad de su vida de niña. A Jack le costó años superar el hecho de que él no pudo impedir que aquello sucediera. Era un vínculo doloroso que compartían y una herida que los dos luchaban valientemente por cerrar. Si finalmente Faith consiguió reconciliarse con aquello fue, en gran parte, gracias a Jack.
Sin embargo, las heridas se habían cobrado un precio. Los dos habían buscado relaciones difíciles, con personas frías y críticas hacia ellos. Se las arreglaron para que la frialdad de su madre se proyectara en sus parejas y encontraron cónyuges que les culpaban de cualquier cosa que fuera mal. La esposa de Jack era neurótica y difícil y lo dejó varias veces, por razones que nadie podía comprender. Por su parte, Alex llevaba años manteniendo a Faith a distancia y echándole la culpa de cualquier problema que se presentara. La pareja que cada uno había elegido era algo de lo que Jack y ella hablaban con frecuencia y, aunque los dos acabaron comprendiendo lo que habían hecho, ninguno consiguió nunca cambiar el orden de las cosas. Era como si hubieran optado por situaciones que reproducían muchos de sus sufrimientos de niños, para poder vencerlas, esta vez, y hacer que el resultado fuera diferente, pero habían elegido personas a quienes no podían poner de su parte y el resultado en ambos casos fue tan decepcionante como había sido su niñez, aunque menos traumático, por lo menos. Jack lo manejaba siendo conciliador y tolerando casi todo lo que se le ocurría a su mujer, incluyendo los frecuentes abandonos, para no hacerla enfadar y arriesgarse a perderla. Y Faith hacía casi lo mismo. Raramente, por no decir nunca, discutía con Alex; pocas veces expresaba una opinión contraria a la suya. Las lecciones que su padre le había enseñado estaban profundamente arraigadas en su interior. En lo más profundo de su corazón, ella sabía que tenía la culpa de todo. La pecadora era ella, no él y, de alguna manera, ella era la culpable. Su padre la había convencido de ello. Por terrible que fuera, su último castigo fue abandonarlos a los dos al morir. Faith sintió o temió que también era culpable de su muerte y eso la llevaba a ir con mucho cuidado en su matrimonio para no hacer nada que pudiera impulsar a Alex a dejarla. En alguna parte de ella, se había pasado toda la vida esforzándose por ser una niña perfecta, para expiar los pecados que nadie, salvo su hermano, conocía. Algunas veces, a lo largo de los años, pensó en contarle la verdad a Alex, pero nunca llegó a hacerlo. En algún nivel inconsciente y profundo, temía que, si él sabía lo que su padre le había hecho, dejaría de quererla.
En los últimos años, se preguntaba si la habría querido alguna vez. Puede que la quisiera a su manera, pero era un amor basado en que ella hiciera lo que él decía y no lo molestara. Faith tuvo la sensación, desde el principio, de que él no podría soportar oír la ver-dad sobre lo que su padre le hizo. Su oscuro secreto continuó en manos de Jack y él fue el único cariño incondicional que conoció. Era un cariño mutuo. Ella lo quería total e incondicionalmente, igual que él a ella, lo cual solo hizo que, cuando él murió, todo fuera aún más difícil. Su muerte fue una pérdida casi insoportable para ella, en particular a la luz de todo lo que no tenía en casa.
Fue muy duro para los hermanos que su madre se casara con Charles, cuando Faith tenía doce años y Jack, catorce. Faith desconfiaba de él y estaba segura de que haría lo mismo que había hecho su padre. En cambio, él no le prestó la más mínima atención, lo cual fue una bendición. No era un hombre que se sintiera cómodo con las mujeres o las chicas. Incluso su propia hija era una extraña para él. Era militar y muy severo con Jack, pero capaz, por lo menos, de demostrarle cierto afecto. Lo único que hizo por Faith fue firmar sus boletines escolares y quejarse de sus notas, que era lo que, según creía, se esperaba de él. Era su único cometido. Fuera de eso, Faith no existía para él, pero esa situación le resultaba cómoda. Se asombró cuando no inició prácticas sexuales con ella; lo había dado por sentado y se quedó estupefacta cuando no le mostró ningún interés. El alivio que sentía compensó con creces la frialdad que Charles exhibía siempre hacia ella y hacia todo el mundo. Por lo menos, ese era un estilo que le resultaba familiar.
Charles acabó por ganarse a Jack haciendo cosas de hombres con él, pero nunca prestó atención a Faith, simplemente porque era una chica. Apenas existía para él. Jack fue el único modelo masculino de Faith, su único vínculo sano con el mundo masculino. A di-ferencia de su madre y de Charles, Jack era afectuoso, alegre y cálido, igual que ella, en aquel entonces. La mujer con la que se casó se parecía mucho a como su madre había sido siempre; era distante, carente de emoción y fría. Parecía incapaz de ofrecerle calor y cariño. Llevaban vidas separadas y en sus quince años de matrimonio no tuvieron hijos, porque Debbie no soportaba esa idea. Faith no podía entender la atracción que ejercía sobre Jack, pero él tenía devoción por ella y, pese a sus dificultades, siempre encontraba excusas para su carácter y veía cosas en ella que nadie más veía. En el entierro de Jack, Debbie permaneció con la cara completamente inexpresiva y sin derramar ni una sola lágrima. Seis meses después de su muerte, se volvió a casar y se trasladó a Palm Beach. Faith no había vuelto a tener noticias suyas. Ni siquiera una postal por Navidad. En cierto sentido, era otra pérdida más, por poco afecto que Faith le tuviera. De alguna manera, era como un vínculo vivo con Jack, pero también había desaparecido.
La verdad es que, en la actualidad, Faith no tenía a nadie más que Alex y sus dos hijas. Sentía como si su mundo fuera haciéndose cada vez más pequeño. Las personas que había conocido y querido, incluso aquellas por las que había sentido interés, se marchaban una tras otra. Aunque solo fuera eso, formaban parte de su familia, igual que Charles. En última instancia, las cualidades de persona sensata y sana de este, a pesar de su carácter frío y distante, demostraron ser un lugar seguro para ella. En esos momentos todos se habían ido ya. Sus padres, Jack y finalmente Charles. Hacía que Alex y sus hijas fueran todavía más preciosos e importantes para ella.
 
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