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Introducción: Cuando lo imposible se hace realidad
Suffolk, Inglaterra, un día cualquiera del año 2005. Conserva su aspecto juvenil, su cuidada presencia y su larga melena, aunque no la barba bien recortada que lucía hace tres décadas, cuando le conocí en Madrid. Se dirige con tono pausado al público que asiste a su taller sobre el tema de la autocuración. Pero no habla de las abstracciones que caracterizan a algunos cursos de eso que se ha dado en llamar New Age, sino de cuestiones concretas que a todos nos afectan: de cómo cuidarse mejor, aprendiendo a relajarse y a identificar las causas de nuestras enfermedades, de nuestros miedos, de nuestras culpas y de nuestro estrés. Con las últimas investigaciones sobre la interrelación cuerpo-mente nos explica la forma en que nuestros pensamientos y emociones afectan a nuestro cuerpo. Nos habla del poder de la oración y de la curación a distancia, con la ayuda de ejercicios de autocuración tan sencillos como efectivos. Explica cómo utilizar todos estos conocimientos para mejorar considerablemente nuestra salud y calidad de vida, para curarnos a nosotros mismos y ayudar a los demás; cómo potenciar nuestras fuerzas internas, cómo desbloquear nuestras fuentes de intuición e imaginación creativa, cómo cultivar actitudes y hábitos orientados al éxito, hasta conseguir que cuanto hay en nosotros de negativo se desvanezca y deje paso a la salud integral y al equilibrio perfecto que son nuestra verdadera naturaleza. Nuestro protagonista habla de una de las formas más eficaces en que podemos aplicar el poder de la mente en nuestra vida cotidiana. Y lo hace con un conocimiento de causa excepcional, valiéndose de palabras, ejemplos y prácticas sencillas, que encajan perfectamente con los problemas a los que nos enfrentamos habitualmente. Su personalidad es un cóctel que combina con las dosis exactas su dilatada fama de experto en fenómenos paranormales, una buena formación cultural, un sentido común poco habitual en un hacedor de prodigios, un humor muy especial y un suave carisma que no logra ocultar su timidez. Su nombre es Matthew Manning. Su profesión, sanador. Y su fascinante historia sintetiza perfectamente la diversidad y unidad profunda de esos poderes ocultos que yacen adormecidos en algún rincón ignorado de nosotros mismos; sobre ellos trata este libro.
TODO COMIENZA CON UN POLTERGEIST En febrero de 1967, cuando Matthew tenía once años, en su hogar, en Cambridge, ocurrieron fenómenos a los que sus padres no encontraban explicación: objetos que se desplazaban de lugar, extraños ruidos, movimientos de muebles… Afortunadamente Derek Manning, el cabeza de familia, era un culto arquitecto que veinte años atrás había leído un libro de Harry Price, el legendario cazafantasmas e investigador psíquico inglés. Descartada toda posibilidad de fraude o explicación natural, la policía se declaró incapaz de ayudarlos y les recomendó ponerse en contacto con la prestigiosa y centenaria Sociedad de Investigaciones Psíquicas. El doctor George Owen, profesor de genética en Cambridge y reputado especialista en casos de poltergeist, examinó atentamente cuanto allí ocurría y les tranquilizó: aquellos increíbles sucesos parecían tener su origen en la intensa actividad psíquica de alguno de sus tres hijos; probablemente el mayor, Matthew, que entraba en la adolescencia, la edad en la que suelen empezar a producirse tan espectaculares fenómenos. Dijo que no tardarían mucho en recuperar la tranquilidad y que los problemas no volverían a repetirse; esa profecía se basaba en largos años de experiencia, y la primera parte se cumplió al pie de la letra. Sin embargo, tres años después, los trastornos volvieron a producirse, con una violencia e intensidad crecientes en la vieja mansión a la que se habían trasladado los Manning. Los nuevos incidentes se iniciaron en julio de 1970, coincidiendo con las vacaciones de su primogénito, que cursaba sus estudios en la Oakham School, uno de los más prestigiosos internados ingleses. Ahora, ya no había ninguna duda de que los fenómenos guardaban una estrecha relación con la presencia del joven. Los temores de su padre se cumplieron: cuando Matthew regresó a la escuela los problemas le acompañaron. Las camas del dormitorio colectivo comenzaron a moverse; los objetos surcaban el aire siguiendo trayectorias que parecían controladas inteligentemente; sus compañeros se quejaban del desagradable frío que le envolvía y de los fenómenos paranormales que su presencia provocaba. La tensión fue en aumento, hasta el punto de que uno de los estudiantes se vio obligado a abandonar el centro, muy afectado por aquellos espectáculos nocturnos. El director de la institución estaba en un aprieto: por un lado se enfrentaba a las quejas del personal y de los padres de los alumnos; por otro, Derek Manning y el doctor Owen le aseguraban que los fenómenos eran completamente ajenos a la voluntad de Matthew y que no suponían que hubiera alguna anormalidad psicológica en el muchacho. En dos ocasiones pidió a sus padres que le sacaran de la escuela, pero finalmente se quedó en ella. Nuestro personaje, tímido e introvertido por naturaleza, se vio obligado a llevar una carga terrible. Era perfectamente consciente de su responsabilidad hacia cuantos le rodeaban. Pero, aparte de sus padres, pocos comprendían lo que él tenía que soportar. Sus compañeros le rehuían a causa de sus poderes. Sólo contaba con el apoyo de un amigo íntimo, al que todo aquello hizo que se decidiera a estudiar teología, y el de la encargada de la residencia, convencida de que el muchacho era un médium nato. De hecho, animado por una experiencia espontánea durante la cual su conciencia abandonó su cuerpo y le permitió visitar la casa paterna, Matthew se planteó la posibilidad de proyectarse astralmente en el pasado y creyó entrar en contacto con espíritus que habían vivido anteriormente en ese lugar.
MENSAJES Y DIBUJOS DE PROCEDENCIA DESCONOCIDA Matthew se dio cuenta de que los fenómenos aumentaban cuando estaba nervioso por la proximidad de los exámenes. Sólo consiguió apaciguarlos cuando empezó a practicar la escritura automática: dejaba fluir su mano y ésta transcribía una larga serie de mensajes firmados por personas ya fallecidas como el filósofo Bertrand Russell o incluso escritos en caracteres árabes. Algunos textos procedían supuestamente del obispo San Nektarios, líder de la comunidad ortodoxa de Inglaterra, fallecido en 1920. Éstos enlazaban perfectamente con mensajes del patriarca griego que otras dos personas habían recibido en sueños en esos mismos días. Asombrado, el arzobispo griego Atenágoras, a quien iban dirigidas todas estas comunicaciones, confirmó que contenían informaciones secretas que sólo conocían los altos funcionarios de la Iglesia bizantina. A veces incluso no hacía falta que Matthew cogiera el lápiz: las firmas de algunos hombres que vivieron dos o tres siglos atrás aparecieron una mañana en una de las paredes de su casa; algo que, como veremos, es muy parecido a lo que un siglo atrás sucedió en el Londres victoriano en torno al asombroso médium D. D. Home. Luego realizó copias de dibujos y pinturas; es una técnica que posteriormente utilizaron algunos médiums espiritistas, especialmente brasileños. Realizados en un tiempo récord, imitan con una extraordinaria perfección algunas creaciones de: Matisse, Picasso, Durero, Rembrandt, Goya, Klee, Van Gogh… Algunos expertos en arte se asombraron de que un muchacho sin formación artística fuera capaz de producir tales obras; un director de la célebre galería Sotheby’s opinó que era imposible que alguien pudiera copiar tan perfectamente el estilo de tantos y tan variados artistas. Parecía que los espíritus de todas estas personas se manifestasen a través de su mano. Pero ¿es así, o se trata de asombrosas creaciones inconscientes de su mente? Matthew reconocía que ocho de cada diez dibujos probablemente eran producto de su subconsciente, pero no encontró una explicación para el 20 por ciento restante. Las declaraciones que realizó a la prensa el director de la escuela cuando el joven finalizó sus estudios son elocuentes: «Por supuesto, soy escéptico sobre las cuestiones psíquicas —explica— pero estoy convencido de que para provocar esos hechos misteriosos tuvieron que intervenir fuerzas paranormales. No había explicación para lo que ocurría en los dormitorios. Cuchillos, ladrillos, cristales, piedras y otros objetos, aparecían sin que nadie pudiera decir cómo. Y, sin embargo, jamás faltó nada en otras partes de la escuela… Por otra parte me consta que Matthew no era buen pintor ni dibujante. Su profesor de dibujo quedó más impresionado que nadie por estas pinturas, supuestamente realizadas por grandes maestros».
UNA FUERZA QUE DEFORMA LOS METALES E INQUIETA A LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA A comienzos de 1974, un asombroso fenómeno sacudió a los televidentes británicos, como hizo después con los de otros muchos países. El showman israelí Uri Geller mostró sus aparentes habilidades psíquicas, que le permitían doblar metales o poner en marcha relojes averiados, e invitaba a los espectadores a que ellos mismos lo hicieran en sus casas. Esto dio lugar a algo sin precedentes, que fue conocido como el «efecto Geller»: impulsados por esas apariciones televisivas, miles de niños y jóvenes en todo el mundo empezaron a realizar proezas paranormales. Desde Brasil hasta Japón, pasando por Inglaterra o Estados Unidos las habilidades de muchos de estos «Gellerini» fueron certificadas por numerosos científicos. Matthew Manning fue uno de ellos. Pero no uno más. Sus antecedentes psíquicos y una sensatez impropia de su edad le llevaron a primera línea de la investigación. Animado por su familia, comenzó a doblar cucharas, clavos y metales indeformables, incluso sin tocarlos. Pero cada vez que lo hacía quedaba agotado y los fenómenos paranormales aumentaban a su alrededor; incluso se torcían objetos metálicos con los que no había tenido el menor contacto físico. Mientras se hallaba en el despacho de Peter Bander, el editor de su primer libro y de una revista de parapsicología, seis llaves se deformaron en el bolsillo del administrador, que trabajaba dos plantas más abajo. Un oficial del servicio secreto, que conocía a Bander, desafió a Matthew a que intentara manipular unas esposas Clejuso, fabricadas con una aleación absolutamente indeformable. Tras llevarlas puestas durante un rato, Matthew se dio por vencido. Pero al intentar quitárselas, descubrieron que la cerradura se había encallado. Cuando finalmente le devolvieron las esposas al oficial, éste se empeñó en buscar el gato hidráulico con el que suponía que habían doblado las anillas. Sólo cuando comprendió que era imposible deformar el pequeño dispositivo de cierre con un aparato así, puso las esposas en un sobre y las mandó a los especialistas de la policía. Éstos a su vez tuvieron que recurrir a un laboratorio de la Universidad de Brunel; pero tampoco ellos encontraron una explicación científica a lo ocurrido: todas las pruebas realizadas demostraban que no se había ejercido sobre las esposas fuerza física alguna y que su estructura molecular no se había modificado. ¿Qué tipo de fuerza podía ser capaz de producir semejantes efectos? El ya desaparecido lord Rothschild, que por entonces dirigía los servicios secretos británicos, quiso interrogar personalmente a Matthew, probablemente con el fin de evaluar hasta qué punto sus habilidades podían representar un riesgo para la seguridad del Estado. Entre otras muchas cosas le preguntó si era capaz de alterar a distancia instalaciones de radar, y cuánta gente creía que había en Gran Bretaña con habilidades parecidas a las suyas y en qué países tenía planeado participar en experimentos… Lo que el cerebro de la inteligencia inglesa sabía, pero los Manning y sus allegados desconocían, era que el KGB intentaba por todos los medios utilizar para sus fines las facultades Psi, y que los servicios secretos de varios países intentaban acortar la ventaja que aquéllos les llevaban en la carrera hacia el control de la mente humana.
UN ASOMBROSO DESFILE DE MANIFESTACIONES PARANORMALES A estas alturas, nuestro joven psíquico había desarrollado las más diversas habilidades que empezaban a suscitar el interés de algunos científicos: alteraba los campos magnéticos, hacía enloquecer los ordenadores, desimantaba brújulas, bloqueaba circuitos eléctricos, impresionaba energéticamente una película fotográfica, desviaba un rayo infrarrojo, participaba con éxito en pruebas de telepatía, experimentaba ocasionalmente precogniciones de sucesos que luego tendrían lugar, diagnosticaba enfermedades de personas de las que sólo conocía su fecha de nacimiento, veía el aura que rodeaba a otras, conseguía que su conciencia se proyectara fuera de su cuerpo, manejaba las varillas radiestésicas con éxito, y un larguísimo etcétera… ¿Había quien diera más? Matthew comenzó a reflexionar sobre lo que le ocurría. Llegó a la conclusión de que muchos de aquellos fenómenos eran producto de una misteriosa fuerza no física. Cuando conectaba con ella, disociándose momentáneamente del ambiente que le rodeaba, sentía que su cuerpo se llenaba de «una energía chisporroteante» que otras personas de su entorno habían podido apreciar. Pero también creía que esta fuerza atraía a espíritus que «podían usarla para comunicarse con los vivos». «A dicha energía —nos explica— se la podría describir como poder mental, pero yo siento que esa energía se genera en alguna parte de mi cerebro y no en la mente o en lo que se denomina espíritu.» Con sólo dieciocho años, escribió un interesante libro sobre sus vivencias, que se tradujo a dieciséis idiomas y vendió casi un millón de ejemplares. Viajó por todo el mundo para promocionarlo. Cuando llegaba a los estudios de televisión era frecuente que hubiera fallos incomprensibles en los sistemas eléctricos y en los equipos técnicos. Mientras firmaba ejemplares de su libro en unos grandes almacenes de Barcelona, se produjo un apagón inexplicable. En tanto era entrevistado por una cadena japonesa, empezaron a darse en todo el país numerosos casos de actividad poltergeist; fenómenos similares a los que impulsaron su carrera de psíquico. Mientras se sometía a un estudio en la universidad alemana de Friburgo, los complejos aparatos del laboratorio dejaron de funcionar. Como pudieron comprobar algunos investigadores y escritores que le trataron en esa época, Matthew no lograba controlar sus poderes, al igual que les ocurre a todos los dotados… Todo esto parecía intimidarle, hasta el extremo de que cuando se veía obligado a volar pedía un asiento en la parte trasera del avión, con el fin de estar lo más lejos posible de los instrumentos de navegación. Manning se prestó a las investigaciones que le propusieron parapsicólogos y científicos de diversos países. Seis de cada diez pruebas a las que se sometió dieron resultados positivos, lo que descartaba cualquier sospecha de que hubiera truco. Todo un récord en este confuso mundo de la parapsicología, donde el principal problema es la dificultad de que distintos investigadores puedan repetir los mismos experimentos. Cuando Matthew visitó Madrid, la Sociedad Española de Parapsicología le propuso participar en una experiencia telepática. Accedió a nuestra propuesta sin poner obstáculos. Nuestro presidente Ramos Perera, apoyado por sus colaboradores más escépticos, acababa de presentar su libro Uri Geller al descubierto, el primero que se publicaba en todo el mundo donde se denunciaban los trucos que supuestamente utilizaba Uri en sus actuaciones televisivas y en los experimentos científicos. Sin embargo, en este caso, Ramos confirmó que los resultados del test realizado con Manning fueron satisfactorios. Todos quedamos encantados con este callado muchacho de larga melena; su disposición a colaborar contrastaba con la confusión que rodeaba al no menos fascinante Geller.
¿ESTÁ LA CLAVE EN UN RINCÓN INACTIVO DEL CEREBRO? En el verano de 1974 aceptó la invitación del doctor Owen, el primer científico y parapsicólogo que certificó las manifestaciones poltergeist que se producían en torno a él, y que entonces dirigía en Canadá una fundación para la investigación psíquica. Asistió a una conferencia internacional sobre la psicokinesis organizada en Toronto, en la cual participaron veintiún científicos de varios países que le sometieron a distintas pruebas, entre ellos el premio Nobel de Física Brian Josephson. Mientras una llave se doblaba sobre su mano, el electromiógrafo no detectó actividad muscular alguna, pero los restantes aparatos a los que estaba conectado registraron unas constantes que dejaron perplejos a los investigadores. Su actividad cerebral era la que se produce durante el sueño pero todos podían comprobar que permanecía despierto. Cuando comenzó a realizar una acción paranormal, su electroencefalograma mostró una función cerebral con abundantes ondas theta, que el médico japonés Motoyama había observado ya en otros dotados psíquicos. Esta función parecía demostrar la existencia de una conexión entre sus facultades Psi y un estrato primitivo del cerebro que en el ser humano permanece inactivo. Como consecuencia de ello, el psiquiatra canadiense Joel Whitton consideró que esta capacidad psíquica es una función innata del homo sapiens, que probablemente se atrofió en la mayoría de las personas hace muchos miles de años y que una fuerza desconocida parece activar en algunos individuos. Hay un hecho que parece significativo: la madre de Matthew sufrió una fuerte descarga eléctrica tres semanas antes de que éste naciera. Algo parecido les ocurrió en su infancia a otros muchos dotados de facultades Psi. ¿Acaso esta descarga electromagnética afectó a sus cerebros en una etapa temprana de su evolución y activó en éste un mecanismo atrofiado que en otras personas sólo se conecta fugazmente? ¿Tenía algo que ver con las violentas sacudidas eléctricas que Manning experimentaba a veces cuando tocaba algunos objetos? En el prólogo al libro de Matthew, hace veintisiete años, Peter Bander consideraba sorprendente la cantidad de adolescentes que en los últimos tiempos mostraban alguna habilidad psíquica. Ya entonces se preguntaba si ello se debía al continuo aumento de los electrodomésticos en las últimas décadas, con el consiguiente aumento de probabilidades de que se produjeran descargas eléctricas. Cabría ahora preguntarse si las notables mejoras realizadas en estos aparatos, para evitar esas descargas, no tendrán algo que ver con la disminución del número de dotados portentosos que se detectan. Lamentablemente, no se ha avanzado mucho en el estudio de esta posible conexión entre los fenómenos Psi y el electromagnetismo, que ya comenzó a observarse en el siglo XIX y que en cierto modo está presente en las investigaciones científicas realizadas en la última década acerca de la forma en que estos fenómenos pueden verse afectados por las variaciones del campo electromagnético terrestre. LA ACTITUD DEL INVESTIGADOR CONDICIONA EL EXPERIMENTO En un nuevo alarde de sensatez, Matthew demostró ser plenamente consciente de algo que los doctores Schmeidler y Rosenthal habían descubierto en relación a los experimentos parapsicológicos, al igual que ocurre con los que realizan otras disciplinas científicas como la psicología o la física cuántica: la actitud del observador influye en lo observado. No existe el investigador neutral y éste, en tanto que ser humano condicionado, difícilmente puede despojarse de sus creencias, de su personalidad y de sus actitudes cuando entra en el laboratorio para examinar a alguien. Además, si el sujeto es un verdadero sensitivo, un dotado psíquico capaz de captar extrasensorialmente las emociones y pensamientos de otras personas, ¿acaso no es lógico que lo primero que perciba sean los contenidos psíquicos de quienes participan en el experimento y que éstos influyan favorable o negativamente en el desarrollo del mismo? «El experimentador —explica Manning— tiene un papel en el resultado final del experimento. Es una parte del mismo, tanto como el sujeto, lo que explica por qué los investigadores hostiles no consiguen resultados.» Esto podría parecer una excusa para justificar los fracasos de muchos experimentos. Pero lo cierto es que aún estamos esperando a que publiquen sus conclusiones algunos científicos que realizaron pruebas con él en Toronto hace treinta años. Si no lo han hecho, como señala Brian Inglis, no es porque éstos resultasen negativos, sino porque lo que observaron les desconcertó tanto que prefirieron pensar que había algún truco. Pese a todo, este chico de larga melena era un auténtico filón para los parapsicólogos, pues huía de los extremismos en los que caían otros colegas. Pero dando una nueva muestra del sentido común que le caracterizaba, Matthew se planteó qué hacer con su vida y sus poderes. A sus veintiún años era una superestrella de lo paranormal, pero quería intentar canalizar esa fuerza incontrolable y descubrir qué utilidad concreta podían tener los prodigios que era capaz de realizar. La solución a esa pregunta que le atormentaba no tardó en llegar.
NACE UN SANADOR EJEMPLAR A finales de 1977 se sometió a diversas pruebas en tres importantes laboratorios norteamericanos; los investigadores que participaron en ellas afirmaron que «Manning es capaz de ejercer una influencia psicokinética significativa (en otras palabras, puede influir de forma paranormal) sobre sistemas biológicos» tan diversos como los roedores, la orientación de peces eléctricos, la tasa de hemolisis de la sangre y la resistencia eléctrica de la piel humana, así como transmitir mentalmente a otras personas estados de excitación o de calma y de destruir células cancerosas con una eficacia sorprendente. A estas alturas, nuestro joven talento había decidido abandonar actividades como la torsión de metales o el dibujo automático, porque no les encontraba sentido. «No quiero abusar de mis poderes —explica— y me gustaría usarlos para ayudar a los demás.» En 1977 viajó a la India; esperaba encontrar a un gurú que diera respuesta a sus inquietudes. No encontró lo que buscaba. Pero un día, mientras contemplaba un maravilloso amanecer en el Himalaya, noté «una profunda unidad con todo lo que me rodeaba y al mismo tiempo sentí lo que sólo puedo describir como una Presencia a mi alrededor»; aquello le impulsó a convertirse en sanador. Cuando regresó a Inglaterra se entregó a esa tarea con un éxito fulgurante. Desarrolló una técnica propia: colocaba sus manos sobre los hombros del paciente; éstas empezaban a moverse con total autonomía alrededor del cuerpo del mismo y se situaban sobre las zonas afectadas o sobre otras que aparentemente nada tenían que ver con aquéllas. En la localidad inglesa de Suffolk creó un moderno centro de curación organizado de forma ejemplar: lleva un archivo de todos sus pacientes y planifica conferencias y seminarios en todo el país. Recibe a pacientes procedentes de todo el mundo; la mayoría de ellos se someten a varias sesiones de curación durante sus breves estancias allí. Cobra a quienes disponen de medios económicos una tarifa fija según el tiempo de atención que requieren, lo que le permite cubrir todos los gastos del centro. Entre los enfermos que lo han consultado no faltan celebridades cuyos nombres aparecen en la página web de Manning, como el papa Pablo VI, el príncipe Felipe de Inglaterra o el cantante Van Morrison. Mientras tanto, durante algunos años ha seguido participando en experimentos científicos relacionados con la curación energética: en laboratorios de diversos países ha logrado provocar cambios bioquímicos sustanciales en enzimas, influir en el crecimiento de cultivos celulares e incluso destruir células cancerosas que estaban en el interior de una probeta. Pero, como ocurre con otros dotados, no ha conseguido obtener resultados uniformes en este tipo de pruebas. Si bien algunos médicos han comprobado los asombrosos efectos curativos que obtiene y él pide a todos sus pacientes que le mantengan informado de sus progresos, sólo algunos lo hacen, por lo que no hay forma de saber si el efecto de estas curaciones se ha mantenido. [...]
© 2005, Enrique de Vicente © 2005, Random House Mondadori, S.A.
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