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Primer Capítulo
Me llamo Kenji. Mientras pronuncio estas palabras en inglés me pregunto por qué en japonés hay tantas maneras de decir lo mismo. En plan duro: Ore no na wa Kenji da. Educado: Watashi wa Kenji to moshimasu. Casual: Boku wa Kenji. Gay: Atashi Kenji ’te iu no yo! —¡Ah, así que tú eres Kenji! —el obeso turista americano hizo un gran aspaviento, como si estuviese entusiasmado de conocerme—. Encantado —dijo y me estrechó la mano. Estábamos cerca de la estación de Seibu Shinjuku, en un hotel que en el extranjero tendría una categoría de dos estrellas. Fue un momento que no olvidaré: la primera vez que vi a Frank.
Yo acababa de cumplir veinte años y, a pesar de que no domino el inglés ni mucho menos, trabajo como «guía nocturno» de turistas extranjeros. Como mi especialidad son lo que se conoce como «tours sexuales», mi inglés no tiene por qué ser impecable. Desde que apareció el sida, la industria del sexo no acoge a los extranjeros con los brazos abiertos que digamos —de hecho, la mayoría de los clubes no dejan entrar a los gaijin— pero muchos turistas me pagan para que los lleve a cabarets que no sean muy peligrosos, salones de masajes, bares sadomasoquistas y soaplands.1 No trabajo para una compañía y ni siquiera tengo una oficina. Mediante la publicación de un simple anuncio en una revista en inglés para turistas gano lo suficiente para alquilar un bonito estudio en Meguro, llevar a mi novia a comer una barbacoa coreana de vez en cuando, escuchar la música que me gusta y leer lo que quiero. Tengo que confesar sin embargo que mi madre, que tiene una tienda de ropa en la prefectura de Shizuoka, cree que estoy matriculado en un curso de acceso a la universidad. Mi madre me educó después de que papá muriera cuando yo tenía catorce años. Tengo amigos de cuando estudiaba la secundaria que no aprendieron nada excepto a pegar a sus madres, pero yo nunca la toqué. Me duele decepcionar a mamá, pero no pienso ir a la universidad. Mi ignorancia en ciencias y matemáticas me impide obtener un diploma profesional, pero lo único que me puede garantizar un bachiller en «letras» es un cubículo en una oficina. Mi sueño, aunque no tengo demasiadas ilusiones, es ahorrar dinero para poderme ir a América.
—¿Hablo con Tours Kenji? Me llamo Frank, soy un turista de Estados Unidos. Cuando sonó el teléfono, a última hora de la mañana del 29 de diciembre del año pasado, estaba leyendo en el periódico un artículo sobre el asesinato de una estudiante de bachillerato. Según el artículo, el cadáver había sido arrojado en un vertedero de un barrio poco frecuentado del distrito de Kabuki-cho, en Shinjuku, con los brazos, las piernas y la cabeza mutilados. La víctima formaba parte de un grupo de estudiantes de bachillerato que se prostituían abiertamente en la zona, y era bastante conocida en las «casas de citas» de los alrededores. No había testigos del crimen y los investigadores no tenían pistas. El artículo afirmaba que, por supuesto, se solidarizaban con la víctima, pero que quizá el incidente sirviera para que las adolescentes comprendieran por fin la horrible realidad que se oculta tras frases de moda como «citas retribuidas», y que las chicas del grupo de la víctima habían jurado no volver a «venderlo», el eufemismo que emplean para describir su actividad. —Hola, Frank —dejé el periódico en la mesa y le di mi saludo de costumbre—. ¿Cómo le va? —Muy bien. He visto su anuncio en una revista y quería preguntarle si lo puedo contratar como guía. —¿En la Guía Rosa de Tokio? —¿Cómo lo ha adivinado? —Es la única revista en la que nos anunciamos. —¡Ajá! ¿Le puedo contratar por tres noches, a partir de hoy mismo? —¿Va solo, Frank, o con un grupo? —Solo. ¿Es un problema? —No, pero es más bien caro para una persona sola: 10.000 yens de seis a nueve; 20.000 de nueve a medianoche y 10.000 por cada hora después de la medianoche. No cobro impuestos, pero usted tiene que pagar por todos los gastos, lo cual incluye las comidas y bebidas que nos tomemos. —Bueno. Quisiera el turno de nueve a medianoche, a partir de esta misma noche, si puedo contratarlo por las tres noches. Estar con Frank durante las tres próximas noches me obligaría a trabajar hasta la víspera de Año Nuevo, lo cual me planteaba un problema. Tengo una novia que se llama Jun —una chica que está estudiando bachillerato que, por cierto, está totalmente en contra de «venderlo»— y tendría que faltar a la promesa que le hice de que pasaríamos las Navidades juntos. Eso no le iba a gustar ni un pelo, porque el otro día sin ir más lejos le había dado mi palabra, mientras nos anudábamos los meñiques y todo eso, de que estaríamos juntos durante la cuenta atrás del Año Nuevo. Jun es difícil de tratar cuando se enfada, pero yo necesitaba el trabajo. Después de casi dos años en esto, no he ahorrado ni de lejos la cantidad que quiero. Le respondí a Frank que sí, y me dije que en Noche Vieja me inventaría una excusa para largarme pronto. —Pasaré por su hotel a las nueve menos diez —le contesté. Frank me estaba esperando en la cafetería que está al lado de la recepción, bebiendo una cerveza. Me había dicho que era blanco y fornido, que se parecía a Ed Harris de perfil y que llevaría una corbata con unos cisnes, pero era el único extranjero que había en el local. Me presenté y le estreché la mano, estudiando su cara, sin encontrarle el más mínimo parecido con Ed Harris desde ningún ángulo. —¿Por qué no empezamos de inmediato? —me preguntó. —Como quiera, Frank. Pero si quiere preguntarme algo, éste es el mejor momento. Las revistas no cuentan todo acerca de la vida nocturna de Tokio. —Eh, me gusta como suena. —¿Qué? —«La vida nocturna de Tokio»: el sonido de esas palabras es sugerente, ¿no? Frank no me recordaba para nada a los soldados, astronautas o lo que sea que interpreta Ed Harris: parecía más bien un corredor de Bolsa o algo así. No es que tenga una idea concreta de qué pinta tiene un corredor de Bolsa. Sólo quiero decir que me dio una impresión gris y corriente. —¿Cuántos años tienes, Kenji? —Veinte. —¿Eh? Bueno, dicen que los japoneses parecen más jóvenes de lo que son, pero eso es lo que hubiera pensado. Me había comprado dos trajes en una tienda de descuento de los suburbios, y siempre que trabajaba me ponía uno. En invierno, como ahora, iba también con abrigo y bufanda. Mi cabello tiene un largo mediano y no me lo tiño ni llevo piercings. La mayoría de los clubes sexuales no se fían de los individuos con apariencia excéntrica. —¿Y tú, Frank? —Tengo treinta y cinco. Sonrió mientras lo decía, y en ese momento me di cuenta por primera vez de que había algo raro en su rostro. Era un tipo de rostro muy corriente, pero observándolo no habrías podido adivinar su edad. Dependiendo del ángulo de la luz, en un momento parecía que tuviera veinte años y al siguiente cuarenta o incluso cincuenta. He trabajado con casi doscientos extranjeros hasta la fecha, la mayoría americanos, pero nunca he visto una cara como ésa. Tardé un poco en identificar con precisión qué tenía de raro. Era la piel. Parecía casi artificial, como si hubiera sufrido quemaduras graves y los médicos le hubieran reconstruido el rostro con un material sintético. Por algún motivo, eso me hizo pensar en el artículo del periódico sobre la estudiante de bachillerato asesinada. Me bebí el café. —¿Cuándo llegó a Japón? —Anteayer —me contestó Frank. Bebía la cerveza a un ritmo exasperantemente lento. Se llevaba el vaso a los labios y escudriñaba la espuma durante un rato como quien contempla una taza de té caliente, después le daba un pequeño sorbo y se lo bebía como si fuera una medicina con mal sabor. «Este tipo puede ser un tacaño», pensé mientras recordaba un pasaje de una guía de Tokio que muchos clientes americanos consultaban. No coma nunca en los restaurantes de los hoteles. Hay establecimientos de comida rápida por toda la ciudad y no es difícil conseguir una hamburguesa en los alrededores. Si tiene una cita en el bar o restaurante de un hotel, no se preocupe si se queda una o dos horas y consume únicamente una cerveza. El café es extraordinariamente caro, así que evite pedirlo, pero quienes quieran experimentar en carne propia los astronómicos precios de los hoteles de lujo de Tokio deben pedir un jugo de naranja. Extraído de los inmensos recipientes de cristal donde se lo mantiene, ese gran dedal en el que no cabe más que el jugo y la pulpa de una naranja le puede costar por lo menos ocho y, en muchas ocasiones, hasta quince dólares. Disfrute del sistema de precios del gobierno japonés. —¿Ha venido por negocios? —Por supuesto. —¿Le va todo bien? —¡Pues creo que sí! Me dedico a importar radiadores Toyota del sur de Asia y he venido a firmar un acuerdo de representación. Pero como hemos estado enviando borradores por correo electrónico de aquí para allá, concluimos la transacción en un día, así que qué te voy a decir. Todo salió de maravilla. Aquello no me pareció normal. El veintinueve era el último día laborable en la mayoría de las empresas japonesas, pero los americanos debían estar de vacaciones desde antes de Navidad. Y ni el hotel ni la ropa que llevaba Frank cuadraban con aquello de los acuerdos de representación de Toyota y el correo electrónico. Según mi experiencia hasta la fecha, el empresario que viene a Shinjuku tiende a quedarse en los cuatro mejores hoteles —el Park Hyatt, el Century Hyatt, el Hilton y el Keio Plaza, en ese orden— y pone una atención especial en su atuendo, sobre todo si tiene que cerrar un contrato importante. El traje de Frank parecía más barato que mi terno con chaleco Smart Young Businessman, que había comprado en la tienda de descuento Special Konaka por 29.800 yens (segundo par de pantalones incluido). Era de un cursi color crema y le iba pequeño, hasta el punto de que la bragueta parecía a punto de estallarle. —Estupendo —exclamé—. Entonces, ¿qué quiere hacer esta noche? —Sexo. Frank esbozó una tímida sonrisa mientras me lo decía, pero era una clase de sonrisa tímida que no le había visto nunca a ningún americano. Nadie, no importa de qué país provenga, tiene una personalidad perfecta. Todo el mundo tiene un lado bueno y otro que no lo es tanto. Es algo que he aprendido en este trabajo. Lo bueno de los americanos, si puedo generalizar un poco, es que tienen una especie de inocencia cándida. Y lo que no es tan bueno es que son incapaces de imaginarse un mundo que no sea Estados Unidos, ni un sistema de valores diferente del suyo. Los japoneses tienen un defecto similar, pero los americanos son todavía peores porque obligan a los demás a hacer lo que creen que es lo correcto. Los clientes americanos con frecuencia me prohíben fumar, y a veces incluso me piden que los acompañe a hacer su footing diario. En una palabra, son infantiles: tal vez sea lo que hace tan atractiva su sonrisa. Robert de Niro, Kevin Costner, Brad Pitt: la persuasiva y tímida sonrisa del actor americano forma parte de su carácter nacional. La sonrisa de Frank, sin embargo, no tenía nada de atractivo. Era más bien desconcertante. La apariencia artificial de su piel se retorcía en una espiral de arrugas, haciéndole parecer casi desfigurado. —Según la Guía Rosa de Tokio, aquí se puede encontrar todo lo que un hombre pueda desear —comentó. —¿Se refiere a la revista? —Y al libro también. El autor del libro es un hombre que se hace llamar Stephen Langhorne Clemens. El libro describe, de forma muy amena, los diversos aspectos de la industria del sexo en Tokio: los bares de chicas, de chicos, los peep shows, los clubes de striptease, los salones de masajes, la prostitución e incluso los lugares de S&M, de gays y lesbianas. El único problema es que la información está obsoleta. La industria del sexo tiende a florecer y marchitarse en ciclos de unos tres meses. La revista sale dos veces al año, por lo que la información que publica pronto se queda anticuada. Claro que si la revista lo cubriera todo, yo me quedaría sin trabajo. Pero aquí nunca se publicará una guía semanal de la ciudad en inglés como Pia o Tokyo Walker. En este país es imposible. En Japón, fundamentalmente, los extranjeros no interesan, razón por la cual la respuesta instintiva a cualquier problema con ellos es siempre ningunearlos. Quizá no deba quejarme, porque es la razón principal de que se necesiten mis servicios, pero desde la aparición del sida —y a pesar de que el número de japoneses infectados asciende vertiginosamente— la mayoría de los clubes sexuales continúa prohibiendo la entrada a todos los extranjeros. —Quiero hacer de todo, ir a sitios diferentes. —Frank esbozó una vez más su sonrisa tímida, y no pude evitar mirar a otro lado—. Por lo que he leído, aquí se puede encontrar de todo: Tokio es como unos grandes almacenes del sexo. Frank sacó la Guía Rosa de Tokio de un bolso de mano marrón oscuro que estaba junto a su silla y la puso sobre la mesa. La revista, no el libro. Sólo tenía unas cuantas páginas —no era más que un folleto en realidad— y la foto de la portada era de mala calidad, como para que nadie creyera que era algo para leer en serio. El editor es un hombre de unos cincuenta llamado Yokoyama que solía trabajar para los informativos de una cadena de televisión. Yokoyama-san ha sido muy generoso conmigo. Se niega a cobrarme por poner el anuncio, a pesar de que no parece que gane dinero con su periodicucho. Cree que los japoneses tienen que brindar más información a los extranjeros y que los deportes, la música y el sexo son el único tipo de información que tiene verdadero atractivo internacional, y que de estos tres, el más directamente relacionado con lo que tiene la humanidad en común es el sexo, y que la razón por la que continúa esforzándose por conseguir fondos para publicar la revista es que quiere cambiar eso, pero yo creo que no es más que un tipo al que le gustan las guarrerías. —En este país se puede hacer todo lo sexualmente imaginable, ¿verdad? —preguntó Frank—. Quiero ir de todas todas a Kabuki-cho. Lo he visto en el mapa sexual mientras te esperaba y está cerca, ¿no? Mira todos los puntos de clubes sexuales que hay marcados en Kabuki-cho. ¡Ni que fuera la galaxia Andrómeda! La revista publica mapas no sólo de Shinjuku sino de Roppongi, Shibuya y Kinshicho, e incluso de las zonas sórdidas de Yokohama, Chiba y Kawasaki. Pero Frank tenía razón, Kabuki-cho es la zona por antonomasia. Los negocios de sexo aparecen marcados con un logo con la forma de un par de tetas, y desde el Teatro Koma a la Avenida Kuyakusho las tetas se aglomeran como las uvas en la parra. —¿Adónde vamos primero, Kenji? —¿Quiere ir entonces a varios garitos? —Sí. —Si quiere echar un polvo lo puede hacer de inmediato —le dije, bajando la voz—. Puede incluso pedir que le manden una chica al hotel. Ir de marcha en Kabuki-cho puede ser divertido, pero también bastante caro. La cafetería en la que estábamos no era muy grande y Frank hablaba en voz alta. Los camareros y otros clientes nos lanzaban miradas incómodas. Hasta la gente que no entiende mucho inglés suele comprender este tipo de conversación. —Eh, por el dinero no te preocupes —comentó Frank.
La fiesta de Año Nuevo estaba al caer, pero Kabuki-cho estaba tan concurrido como siempre. Hace una década, los principales clientes de la industria del sexo eran hombres de mediana edad, pero ahora van también muchos jóvenes. Parece que cada vez hay más jóvenes que no quieren molestarse en buscarse una novia o una compañera con quien echar un polvo. En el extranjero estos tipos se volverían gays, pero en Japón tenemos la Industria del Sexo. Mientras miraba las luces de neón de Kabuki-cho, a los extravagantes repartidores de folletos de locales enfundados en los trajes más estrafalarios y a las mujeres de la calle que trataban de llamar su atención, Frank me dio una palmada en el hombro y exclamó: «Esto es fantástico.» Hacía un frío horrible pero él no llevaba ni siquiera abrigo. Con su achaparrado cuerpo envuelto en ese traje cursi, no era una belleza para los ojos que digamos, pero se confundía bien con las calles y la multitud de Kabuki-cho. Un grupo de negros vestidos con cazadoras rojas a juego anunciaba un nuevo «pub con espectáculo» en el que se presentaban bailarinas extranjeras. Repartían folletos y soltaban su rollo a la gente que pasaba. «Lo que ustedes necesitan, caballeros, es ver a estas bailarinas de clase internacional desnudas, por el increíble precio de 7.000 yens durante toda una hora.» Su japonés era impecable. Frank intentó coger un folleto pero al principio lo ignoraron. Se quedó de pie, sonriendo con la mano extendida, y el negro se deslizó a su alrededor para darle un folleto a un japonés que pasaba por allí. No creo que lo hiciera a propósito. Quizá reaccionara así porque Frank era blanco o tal vez sus jefes le habían dicho que diera preferencia a los japoneses en vez de a los extranjeros con pinta de pobre, pero en cualquier caso era obvio que no intentaba fastidiar a Frank. Sin embargo, la expresión de éste sufrió una transformación perturbadora. Duró sólo un momento, pero me sobresaltó. La apariencia artificial de la piel de sus mejillas se contrajo y estremeció, y sus ojos perdieron toda cualidad humana, como si alguien hubiera apagado una luz tras ellos. Parecían cuentas de cristal. El repartidor no se dio cuenta. Le dio un folleto y le dijo algo en inglés que no alcancé a oír. Creo que le comentó que las bailarinas no eran de Estados Unidos sino de Australia y Sudamérica, pero el brillo retornó a sus ojos y el rostro se le distendió. Algo macabro se había manifestado durante un segundo y se había desvanecido después. Frank miró el folleto y le preguntó al tipo: —Hablas un japonés que es increíble, ¿de dónde eres? Cuando le contestó que era de Nueva York, Frank esbozó una sonrisa radiante y le comentó que los Knicks llevaban una buena racha y que parecían un equipo diferente. —Ya lo sé —le respondió el tipo— mientras le daba un folleto a otra persona—. Aquí llega todo lo de la NBA, joder, la tele te informa incluso de dónde juega al golf Michael Jordan cuando está libre y cuál es su par. —No me digas —respondió Frank y le dio una palmada en la espalda. Mientras nos alejábamos, Frank me pasó el brazo por el hombro y exclamó—: ¡Qué tipo más increíble, como ése sólo hay uno en un millón! Como si lo conociera desde hace años. Llegamos a una señal de stop que estaba frente a un cartel en el que aparecía un gran ojo. —Hasta yo sé lo que es —dijo Frank—. Es un peep show, ¿verdad? Le expliqué cómo funcionaba. —Entras en una cabina que tiene un espejo de un solo lado y por el que ves desnudarse a las chicas. Cada cabina tiene un pequeño agujero semicircular, y si metes la polla por ahí te hacen una paja. Eran muy populares hasta hace poco. —¿Ya no lo son? ¿Por qué? —Bueno, los peep shows son baratos. Para sacarles rendimiento hay que atraer a bastantes clientes, pero a las chicas no se les puede pagar mucho. Si no hay dinero las chicas guapas y jóvenes se largan, y si las chicas no son jóvenes y guapas los clientes no aparecen. Es un círculo vicioso. —¿Cuánto cuesta? El cartel dice 3.000 yens: ¿cuánto es eso, 25 dólares? Kenji, 25 dólares por un peep show y una pajilla. Pues sí que es barato. —Ése es sólo el precio de la entrada. Por la pajilla tienes que dar una propina de otros 20 o 30 dólares. —Aun así, no está mal. La chica que hace el strip-tease es la misma que te hace la paja, ¿no? —Por lo general no puedes ver quién está del otro lado. Por eso se rumoreaba que eran viejas o gays. Lo cual es otro motivo de que ya no sean populares. —Entonces, ¿no vale la pena entrar? —Bueno, son baratos y no necesitas intérprete. Si quieres yo me voy a tomar un café y así sólo tienes que pagar tu entrada. Mientras hablábamos, los repartidores empezaron a converger a nuestro alrededor. La mayoría trabajaba en los nuevos «pubs de chicas en lencería» y ninguno me conocía. Los veteranos me reconocen enseguida, pero de los tal vez doscientos repartidores que había en la calle, por lo menos un ochenta por ciento eran novatos. Los tipos que se hacen repartidores están por lo general al final de la soga: son individuos que por una u otra razón no pueden trabajar en ningún otro lugar o que están desesperados por ganar pasta rápidamente, motivo por el cual tienden a desaparecer también muy rápidamente y por lo que no son muy de fiar. En general, sin embargo, se puede confiar en los repartidores que llevan en esto bastante tiempo. —Kenji, ¿qué dicen esos tipos? Me llevó un rato explicarle lo que era un pub de chicas en lencería, y los repartidores hablaban demasiado rápido para que pudiera traducir lo que decían: —¡Sin ningún tipo de recargos adicionales! Esto normalmente cuesta 9.000 yens, pero como es Fin de Año y acabamos de abrir: ¡sólo estamos cobrando 5.000! ¿Creen acaso que miento? Si les digo que las chicas son jóvenes, me refiero a que a duras penas tienen la edad legal para trabajar. Naturalmente, tu amigo extranjero también está invitado. Es por esas escaleras hacia abajo. ¡Aquí mismo! ¡Tenemos karaoke online con un gran catálogo de canciones en inglés! ¡Por favor, caballeros! ¡Si no están satisfechos con la calidad de las chicas o no les gusta el ambiente del pub, sólo tienen que dar la vuelta e irse! ¡No se pierdan una oportunidad como ésta! ¡En cuanto llegue el Año Nuevo los precios vuelven a subir! ¿Qué tienen que perder? Mientras nos alejábamos de la opresiva manada de repartidores, Frank comentó: —Había oído que los japoneses eran amables, pero esto es asombroso. Se volvía constantemente para mirarlos, arremolinados aún frente al peep show. La mayoría llevaba trajes baratos como el mío. Al fin y al cabo esto era Kabuki-cho, no Roppongi, así que no se veía a mucha gente con ropa de diseño por la calle. La única manera de distinguir a los clientes de los repartidores era que los primeros iban de un lado a otro y los segundos parecían estar merodeando. Los repartidores tienen algo de solitario, que se nota incluso a distancia. La mayoría de los que llevan en esto bastante tiempo se han desgastado: no es que estén físicamente acabados, pero algo se ha apagado en su interior. Incluso cuando hablas con ellos cara a cara transmiten una impresión de ausencia, como si las palabras pasaran a través de ellos. A veces me recuerdan al Hombre Invisible, pero nunca he entendido por qué acaban así. —Estos tipos no se parecen en nada a los sórdidos personajes que trabajan en los clubes sexuales americanos —comentó Frank—. ¡Parecen jefes de boyscouts o algo así! ¿De dónde sacan las fuerzas para ser tan simpáticos durante toda la noche? —Por cada cliente que llevan reciben una comisión. —Bueno, me parece justo. ¿Y se les puede creer? —Si el precio es muy barato es mejor desconfiar. La idea de los pubs de chicas en lencería atraía obviamente a Frank. —¿Por qué no vamos a ver japonesas en ropa interior para empezar? —preguntó. —Ahí no vas a echar un polvo. —Ya lo sé. Pero de todas formas quiero empezar lentamente, y creo que lo mejor por ahora es ir a ver chicas en ropa interior. —Por la noche, una hora cuesta entre 7.000 y 9.000 yens por persona, y como muy pocas chicas hablan inglés vas a tener que pagar también por mí. En algunos locales te dejan tocar a las chicas, otros presentan espectáculos y en otros incluso te bailan en la mesa, pero los precios no varían demasiado. —Prefiero el tipo normal en el que las chicas se sientan y charlan contigo —explicó Frank—. Al fin y al cabo, si el precio no es mucho mayor en los locales que ofrecen diversas opciones, las chicas más guapas deben de estar en los más normales. ¿Verdad, Kenji? [...]
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