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Montségur. Año 1244
La aquietada y muda oscuridad de la noche invitaba a pasear entre las almenas de aquella fortaleza enclavada sobre la monumental roca de Montségur. La húmeda brisa que la recorría pendía ligera en el aire como recuerdo de la intensa lluvia del día anterior a ese lunes 14 de marzo. Desde su torre principal, Pierre de Subignac contemplaba con infinita tristeza aquel majestuoso escenario que en pocas horas iba a ser testigo de un horrendo y pavoroso crimen. Él lo sabía. Había elegido el día. Era su única oportunidad de escapar de aquel largo asedio de las tropas del senescal cruzado Hugo de Arcis. Las últimas semanas había estado considerando todas las alternativas para evadirse de aquella situación, sopesando hasta la más remota posibilidad, pero había terminado por comprender que sólo podría conseguirlo pactando en secreto con los cruzados la entrega de la fortaleza a cambio de su perdón. Su traición iba a costar la vida a sus doscientas hermanas y hermanos, al lado de los cuales había resistido más de nueve meses de implacable asedio. Aquellos cátaros refugiados en Montségur, desconocedores de su felonía, resistían esperando la ayuda prometida de Raimundo VII desde su condado de Toulouse, aunque ésta no terminaba nunca de llegar. Para Pierre, el apellido Subignac comportaba el firme e inquebrantable precepto de mantener en secreto un sagrado juramento familiar que se había sucedido de generación en generación durante los últimos dos siglos. Y aunque su atormentada conciencia apenas lograba encontrar alguna justificación a la despreciable traición que iba a cometer, se sentía indefectiblemente obligado a impedir que el antiquísimo medallón que colgaba de su cuello pudiera caer en manos ajenas y con ello traicionar su deber de sangre. El aire fresco se repartía con generosidad y con alivio por todo su rostro, borrando las huellas de la pesada y calurosa jornada. En el interior de la fortaleza la moral y la esperanza de aquellos últimos cátaros se iba resquebrajando como consecuencia de los más de doscientos setenta días de feroz asedio. Esa larga agonía suponía una pesada carga para aquellos hombres que se llamaban a sí mismos «los puros» y que desde hacía casi cien años profesaban el gnosticismo. Los cátaros habían llegado a ser una de las desviaciones heréticas más preocupantes para la Iglesia católica, hasta el punto de provocar una cruzada específica, la albigense, convocada y alentada por el propio papa Inocencio III. Antes de la solución armada habían fracasado otros muchos intentos por convertir aquellas almas descarriadas. Los dominicos, principales encargados de ello, habían tratado con todo su empeño de convertir a los cátaros con el uso de la palabra, aunque en vano. Unos años antes habían llegado a Montségur, de boca de trovadores y viajeros, inquietantes noticias de las matanzas cometidas por los cruzados contra sus hermanos en la fe en Béziers, Carcassonne y otros emplazamientos del sudeste del Languedoc. Según se pudo saber, en Béziers, en el verano de 1209, habían sido ejecutados sus veinte mil habitantes al son de las campanas. Muchos de ellos en la misma catedral donde se habían refugiado. Los cruzados, henchidos de empeño y ardor en su cometido de atajar la preocupante herejía gnóstica, estaban limpiando y quemando todo lo que pudiera oler a catarismo. Casas, templos, hombres y mujeres hacían hoguera común en las plazas y formaban enormes columnas de humo y ceniza a lo largo de todo el Languedoc. Una semana antes, Pierre había cumplido cuarenta y cuatro años. Era el máximo responsable de la hermandad cátara de Montségur. Él conocía esos trágicos acontecimientos. También sabía que eran los últimos cátaros que resistían la cruzada en todo el Languedoc, pero cuidaba con celo de que sus hermanos no lo supieran para no acrecentar aún más el temor que ya tenían. La poca esperanza que les restaba se mantenía viva ante la renovada y anunciada ayuda del conde de Foix, señor de las tierras donde estaba la fortaleza, y también de la del conde de Toulouse. Pierre sabía que ninguno de ellos aliviaría su desesperante situación, ya que el propio Raimundo VII, conde de Toulouse, antes protector y benefactor del catarismo, había abandonado su benevolencia hacia los puros, no por motivación religiosa sino por proteger a sus vasallos y sus enormes dominios; ahora estaba entregado a la persecución de los cátaros después de suplicar piedad al papa Inocencio III, que le había excomulgado por esta causa. Jacques de Luzac, su gran amigo de infancia, le contó que había visto a Raimundo expiando sus pecados en la puerta de Notre Dame a través de la aceptación de un acuerdo que le exigía lealtad a la Iglesia y al rey de Francia, lo que implicaba la cesión de la alta Provenza a la primera y el matrimonio de su hija, que aportaría como dote el bajo Languedoc, con un hijo del rey de Francia. Y que, como penitencia impuesta por el propio Papa, había permanecido encerrado durante seis semanas en la torre del Louvre. Raimundo, movido únicamente por el afán de conservar sus amplias posesiones en el Languedoc, y ante la real amenaza que suponía Simón de Montfort —verdadera cabeza de la cruzada albigense—, sabía el peligro que suponían la nobleza de Borgoña y la de la Isla de Francia para sus estados. Una nobleza que deseaba imponer su lengua y la influencia germánica sobre sus dominios. Sin posibilidad de movimientos, había terminado por claudicar y se había sometido a la voluntad del Papa. Montfort, muerto en 1218 durante uno de los asedios a la ciudad de Toulouse, además de verdugo de la herejía cátara había sido representante del poder del norte, que deseaba arrebatar sus fértiles tierras del Languedoc. Pierre había evitado también que en la fortaleza se supiera el grado de terror y los desmanes que el vizconde de Mont-fort infligió por donde había pasado. El mismo Jacques había escuchado que en Bram sacaron los ojos a todos los defensores de la ciudad. O que en Lavaur todos los caballeros que defendían la plaza, junto con Arnaud Amaury, antiguo abad del monasterio de Poblet, habían sido horriblemente ejecutados y la hermana de Amaury violada y apedreada en un pozo. Mientras meditaba sobre todo esto, Ana de Ibárzurun se acercaba a él. —Pierre, querido, es medianoche y debes descansar. ¡No puedes seguir así! Llevas cuatro noches en las que apenas has dormido y no quiero que acabes enfermando por agotamiento. Mientras su suave voz le inundaba de paz, Pierre reconocía en aquellos ojos verdes a la mujer que durante dieciséis años le había convertido en el más feliz de los humanos. —Querida Ana, tienes toda la razón. No tardaré mucho. —Besó su mano—. ¡Ve antes tú y espérame! Sólo quiero dar una última vuelta para examinar los puestos de vigilancia. Ana, alzando su pesada falda, se volvió sobre sus pasos y se encaminó hacia las escaleras del ala nordeste de la fortaleza. Sin dejar de observarla, Pierre se llevó la mano hacia el rostro e inspiró los restos de la delicada fragancia que le impregnaba. Ana había nacido cerca de Puente la Reina, en un pequeño pueblo llamado Oscoz, en el reino de Navarra. Era la mayor de tres hermanas de una familia acomodada que poseía abundantes tierras y una gran fortaleza amurallada. Allí fue donde Pierre la conoció, cuando fue a cumplir un extraño encargo encomendado por los templarios unos años antes de abrazar la fe cátara. El trabajo, espléndidamente pagado, había consistido en el diseño y la construcción de una iglesia de planta octogonal, común al peculiar estilo arquitectónico que caracterizaba muchos de sus templos. Todos pensaban que esas construcciones poligonales, que rompían con el estilo tradicional de planta de cruz latina, eran fruto de la importación, por parte de los cruzados, de los templos que habían conocido por tierras de Bizancio. Pero Pierre sabía muy bien qué significados ocultos escondían esas edificaciones, pues había sido iniciado de la mano de los propios templarios. Estos monjes soldados buscaban lugares con intensas fuerzas telúricas, lugares que sus habitantes y vecinos, desde tiempos inmemoriales, consideraban enclaves mágicos. Las condiciones únicas en torno a esos emplazamientos facilitaban la comunicación con el mundo del espíritu. Siendo conscientes del poder de esas corrientes de energía, los templarios plantaban el eje central de sus templos justo encima. La energía y la fuerza de la tierra quedaban así dirigidas y concentradas sobre ese punto, que servía como puente de comunicación directa entre el cielo y la tierra, entre lo humano y lo divino. En sus templos trataban también de incorporar parte de la tradición sufí musulmana y de la cábala judía, filosofías que habían ido asimilando durante su larga permanencia en Palestina. El uso simbólico de determinados números, como el ocho o el doce, que casi siempre presidían sus obras, era un ejemplo claro de la influencia de la cábala. Pierre había visitado en una ocasión la sede principal del Temple en Jerusalén. Estaba próxima a la Gran Mezquita de la Roca, octogonal también, donde se veneraba una gran piedra basáltica. La tradición hebrea la consideraba la misma que habría servido a Abraham como mesa de sacrificio de su hijo Isaac en el monte Moriah. Los musulmanes atribuían también a esa piedra un gran valor, pues desde ella el profeta Mahoma había viajado al cielo y al infierno guiado por el arcángel san Gabriel, cuando le fue revelado el Corán. Justo en el mismo emplazamiento donde se levantaba el antiguo templo de Salomón, el rey Balduino II les había cedido, anejo a su palacio, la que era mezquita de al-Aqsa, «la lejana», construida por el califa Omar. Por tanto, la sede principal de los templarios estaba en uno de los lugares de mayor concentración de energía espiritual y telúrica conocidos en el mundo: en la mezquita de al-Aqsa, y cerca de la Cúpula de la Roca. El nuevo templo que le encargaron levantar en Navarra, en los alrededores de Puente la Reina, en un lugar llamado Eunate —lugar de las cien puertas—, serviría de culto y refugio a todos los peregrinos que recorrieran el camino de Santiago. Ese emplazamiento estaba dentro de la encomienda que siete años antes habían recibido los templarios por parte del señorío de Cizur. El insólito proyecto también comprendía la construcción de un claustro redondo y abierto en el perímetro exterior del templo. Asimismo, debía reproducir su pórtico, hasta en el más mínimo detalle y con todas y cada una de las figuras que decorasen las dobelas de sus arcos, en otra iglesia ya construida, a una hora de camino de Eunate, en dirección este. Atendiendo a sus precisas indicaciones, las figuras de la segunda iglesia tenían que terminar siendo la imagen invertida de las de Eunate. Como si una fuese la imagen opuesta de la otra. Pierre fue uno de los más afamados maestros constructores de todo el Languedoc, Aragón y Navarra, avalado por la cantidad y calidad de sus numerosas obras realizadas a lo largo de esas amplias regiones. Pertenecía además a la logia de Saint-Jacques, o de Santiago, que había levantado casi todas las iglesias que salpicaban las rutas de peregrinación del camino de Santiago. Aunque todas las construcciones le habían apasionado, los encargos de los templarios nunca dejaban de parecerle especialmente interesantes.
Mientras iba recordando aquellos acontecimientos alcanzó el ala norte de la fortaleza y en ella comentó a su fiel vigilante: —¿Alguna novedad en las posiciones de esos malditos, querido hermano? —Ninguna apreciable, mi señor. Sólo he visto a unos diez o doce jinetes alejándose a toda velocidad en dirección norte cuando apenas empezaba a anochecer, y hasta ahora, ya metidos en plena noche, no les he visto regresar. ¡Creo, mi señor, que será una noche tranquila! Pierre se despidió y se encaminó, sumido en la tristeza, hacia la puerta del torreón para descender por su escalera de caracol hasta la planta baja. Demasiado bien sabía él que aquella noche no iba a ser nada tranquila. Aún le restaban dos horas de tensa espera hasta que la pesada puerta principal de entrada a Montségur ardiese de forma intencionada. Una vez destruida, las tropas cruzadas efectuarían el asalto definitivo a la fortaleza, con la segura detención de todos sus hermanos. Con el fin de aprovechar el desconcierto había planeado su huida por la cara sur, la menos vigilada por el enemigo, a través de una trampilla que, tapiada años atrás, localizó en una ocasión revisando los planos del castillo. Ésta pudo ser cegada en su momento por razones de seguridad y posteriormente quedó inadvertida. Había logrado localizarla y durante casi un mes, con la máxima precaución, se dedicó a extraer la argamasa de las juntas de las al menos veinte piedras que la ocultaban. Había disimulado las uniones con una mezcla de arenisca y engrudo de manera que no llamaran la atención. Durante las últimas noches había meditado mucho sobre las posibilidades que tendría de escapar junto con su amada Ana a la que tanto quería; pero finalmente había aceptado que en su complicada fuga debía ir solo si quería tener la menor oportunidad de llegar sano y salvo a tierras de Navarra, donde tenía algunos amigos que podían ocultarle el tiempo necesario. Tener que abandonar a Ana a su suerte le atormentaba. Sólo imaginarla en manos de un destino tan cruel como el que suponía que iba a tener, seguramente consumida por las llamas, le provocaba una angustia insoportable. El recuerdo de los momentos pasados junto a ella era su único consuelo y medicina para sobrellevar los interminables minutos que aún tenía por delante. Los recuerdos volaban así hacia tierras de Navarra, donde conoció a su querida Ana. Acababa de llegar a Puente la Reina, era miércoles, 21 de enero del recién iniciado año de 1228. Por fin alcanzaba la población tras un fatigoso viaje de doce jornadas desde Bailes, donde tenía su taller. Al ver las primeras casas lo único con lo que soñaba era con encontrar la fonda que le habían reservado los monjes. Necesitaba descansar en una buena cama, no sin antes haber llenado su estómago con alguno de los excelentes manjares navarros que le habían recomendado. Comer al calor de un hogar y en una mesa en condiciones era lo primero que quería hacer tras el largo viaje. Mientras recorría con el pesado carro la calle principal, apenas reparó en la manifiesta belleza de ese pequeño pueblo navarro. Pensó que tendría muchos días y oportunidades para visitarlo y conocer hasta el último rincón. La fonda Armendáriz estaba al final de la calle, a orillas del caudaloso río Arga, que atravesaba el pueblo por uno de sus extremos. Sólo un mes antes de llegar allí había recibido la visita de una pareja de monjes de una encomienda templaria vecina a su taller. Venían para entregarle en mano una carta procedente de otra encomienda del reino de Navarra. Era un sobre pequeño en cuyo lacre estaba marcado el inconfundible sello templario con su tradicional cruz octavia. Al abrirlo, una vez que los monjes hubieron partido, leyó con gran curiosidad su contenido. Cada uno de los encargos de aquellos monjes soldados había supuesto para él un enorme reto profesional como constructor, pero esos trabajos le resultaban doblemente interesantes al venir acompañados por enigmáticos significados ocultos. En esta ocasión se trataba de la construcción de una iglesia en el camino de Santiago, en una pedanía llamada Eunate. Dejó de leer el encargo para buscar esa población en un plano de Navarra que guardaba en una estantería. En efecto, en las proximidades de Pamplona localizó un pequeño punto que respondía a ese nombre. El lugar de construcción estaba cerca de Puente la Reina, al este de la ciudad de Pamplona, calculaba que a una jornada de camino. El escrito lo firmaba Juan de Atareche, con la referencia de «Comendador templario de la encomienda de Puente la Reina». La logia de constructores que él había fundado había trabajado frecuentemente para la militia christi desde su instauración en Europa, nueve años después de su fundación en Jerusalén en 1118. Pierre de Subignac se sentía orgulloso de dirigir la mejor logia de constructores del sur de Europa, y por ello nunca le faltaba trabajo. De hecho, llevaba unos años con una inusitada demanda tanto en el sur de Francia como en el norte de la Corona de Aragón. Parecía que todos los señores feudales y la Iglesia se habían propuesto a la vez construir cientos de templos, todos con la exigencia de ser los primeros de una larga lista de encargos. Repasando mentalmente, calculó sus posibilidades de emprender esta nueva obra. Tenía en ese momento a todos sus equipos trabajando en diferentes proyectos. A tres los tenía construyendo en varios lugares repartidos entre Aragón y el Languedoc. Dos más trabajaban en el proyecto más complejo de todos, la catedral de Valence. Y un último equipo, vecino a Navarra, estaba a punto de terminar una magnífica iglesia, octogonal también, en un bello paraje cerca de Logroño llamado Torres del Río. Pensó que los cuatro constructores que estaban terminando este último encargo podrían ser los más adecuados. Hablaban todos castellano y estaban acostumbrados a dirigir y a contratar mano de obra local. Él sólo tendría que llevar desde el taller principal cuatro constructores más, acompañándolos inicialmente en sus trabajos, hasta ver encauzada la obra. Más adelante volvería para comprobar el estado de las mismas. Sus recuerdos se detuvieron sin querer para volverse hacia las consecuencias que tuvo aquel encargo para su vida. No había imaginado que aquella obra sería la última de su carrera como constructor. Aquel recóndito paraje navarro fue el testigo de dos hechos que cambiaron completamente su suerte. Allí nació y se forjó su relación con Ana y, por ella, el abandono de su fe y de su trabajo. Un doble flechazo de igual origen que su corazón recibió de un solo golpe. Esparciendo primero el abono de su amor, sembró e hizo germinar en él, después, su devoción por la fe cátara que ella profesaba desde hacía muchos años. Alcanzar la más íntima comunión con Ana, compartiendo sus destinos, para emprender juntos aquel camino de perfección, de luz y de fe, implicaba abandonar todas las circunstancias que habían caracterizado su vida anterior. Y lo hizo sin dudarlo. Como su más celoso portador, aquel medallón —testimonio material de los más sagrados y antiguos significados— había ido dirigiendo su suerte y su destino a lo largo de su vida. Estaba seguro de que ahora también su influjo había actuado. Volvieron de nuevo a sus recuerdos las imágenes de su primer viaje a Navarra. Después de dos semanas de preparativos habían cruza-do los Pirineos por Roncesvalles y, tras pasar dos penosas jornadas cabalgado entre la nieve, acompañados por un inu-sual y a la vez intenso frío, habían llegado a los verdes y húmedos valles de las proximidades de Pamplona. Recorriendo después caminos más suaves, y tras pasar un último puerto, divisaron Puente la Reina con gran alborozo y alegría de toda la comitiva. El cartel que colgaba de la pared con el nombre de la fonda mostraba esculpida una altiva perdiz y un temeroso conejo, como prueba de las especialidades culinarias que la habían hecho famosa, aparte de su tranquilo emplazamiento y exquisito servicio.
—Hermano Pierre, siento molestaros tan tarde, pero creo necesario que sepáis que el almacén general de alimentos sólo tiene existencias para una semana más. Las últimas restricciones nos han permitido alargar nuestra resistencia, pero si esta situación se prolonga tendremos que hacer algo si no queremos morir todos de hambre. La voz de Ferrán, responsable del almacén, le hizo retornar bruscamente a la realidad y abandonar sus recuerdos de Navarra. —Comprendo, querido Ferrán. Gracias por tu empeño. Pero dejemos que llegue mañana. Entonces estableceremos nuevos planes para resolver ese serio problema. Descansa y retírate a tus aposentos. Mañana puede ser un día trascendental para todos. Ferrán se alejó meditando esas palabras sin entender a qué se podría referir con lo de trascendental. ¿Qué más podía ocurrirles ya en su más que desesperante situación? Al pasar por el lado norte de la fortaleza Pierre vio claramente en el bosque tres fuegos que formaban un perfecto triángulo. ¡Era la señal acordada para el inicio del asalto definitivo a Montségur! Sobresaltado por la llegada del trágico momento, comen-zó a bajar a trompicones las escaleras de caracol que le llevarían al patio central. Éste era el punto de donde partían las ocho calles en que se alineaban las viviendas y almacenes interiores de la fortaleza. Mentalmente había realizado el recorrido preciso, desde la torre norte hasta la puerta de entrada, infinidad de veces. Pero ahora se veía recorriendo la calle llamada del Consolamentum, que le llevaría hasta el pequeño taller de madera donde tenía preparados los tres barriles llenos de una mezcla altamente inflamable. El plan consistía en colocarlos en la única puerta de acceso al castillo y, una vez allí, prenderles fuego. Introdujo la llave en la pequeña puerta del almacén y girándola tres veces consiguió entrar en su interior. La luz de la luna le permitió localizar rápidamente los tres barriles ocultos detrás de una montaña de gruesos listones de madera que el hermano Jacques usaba para confeccionar todo el mobiliario que poseía la fortaleza, muy austero pero siempre práctico. Al inclinarse hacia ellos notó en su muslo la punta de la daga turca que por precaución había escondido entre su ropa para asegurarse de que nadie le impidiese llevar a término su misión. En lo más íntimo de su corazón esperaba no tener necesidad de usarla. Nunca había herido a nadie y mucho menos aún quitado una vida. Alcanzó el primer barril y arrastrándolo con dificultad llegó hasta la puerta del taller. Miró antes para asegurarse de que nadie pudiera verle y salió en dirección norte para recorrer los escasos diez metros que le separaban del portón. El primer barril quedó cerca del enorme gozne izquierdo. Notó cómo el sudor le caía por la frente, hasta la nariz, cuando estaba colocando el segundo, en el lado derecho y cerca también de su bisagra, pensando que una vez que ardieran con intensidad en esos dos puntos la puerta caería sin problemas. El corazón le latía con fuerza, y en el silencio de la noche escuchaba su respiración al acercarse a recoger el tercer barril, en previsión de que los otros dos no fuesen suficientes. Estaba llegando a la puerta del almacén para extraer el tercero, cuando una voz le sobresaltó. —¿Sois vos, Pierre? La voz era de Justine de Orleans, la hermana del duque de Orleans, convertida al catarismo hacía sólo unos meses. —Justine, me has asustado —reconoció, volviéndose en la dirección de la voz—. Estoy haciendo la última ronda antes de acostarme. Y tú, ¿cómo estás levantada tan tarde? Desde el primer día que la vio llegar a Montségur le pareció la más bella de todas las mujeres que había conocido en su vida. Aunque amaba profundamente a Ana, Justine, con una sola de sus miradas, le alteraba como nunca antes otra mujer lo había conseguido. —Antes de contaros las razones de mi paseo nocturno, me alegro de veros para poder informaros de un hallazgo que me ha resultado francamente extraño. —Tiró de su manga con intención de dirigir su mirada hacia otro punto—. ¿Habéis visto también vos unos barriles que están al lado de la gran puerta? Acabo de pasar cerca y me han extrañado mucho. Antes de encontrarnos estaba buscando un centinela, pues igual me equivoco pero al aproximarme a ellos noté un fuerte olor como a vinagre podrido y he pensado que, si por cualquier motivo ardiesen, al estar tan cerca de la puerta podrían ponernos en un grave aprieto. De hecho he intentado moverlos, pero pesan más de lo que mis débiles fuerzas pueden superar. Una repentina sombra de inquietud atravesó la mente de Pierre ante el inconveniente descubrimiento de aquella mujer. La inesperada situación le obligaba a tomar una decisión, y de forma inmediata. Tirando de él, Justine trataba de alcanzar la puerta para mostrarle el motivo de sus preocupaciones. Pierre necesitaba ganar tiempo antes de actuar. [...]
(C) 2005, Gonzalo Giner (c) 2005, Random House Mondadori, S.A.
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