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LOS ANARQUISTAS DE LONG SPOON LANE de ANNE PERRY

65 x 65 pixel Primer Capítulo

El coche de punto de dos ruedas se sacudió al doblar en la esquina y arrojó a Pitt hacia delante, por lo que casi apoyó el pecho en los muslos. Narraway dejó escapar una maldición, con el oscuro rostro demudado por la tensión. Pitt recuperó el equilibrio a medida que cogieron velocidad rumbo a Aldgate y Whitechapel Street. Los cascos del caballo golpetearon los adoquines y ante ellos el tráfico se apartó del medio con toda rapidez. Afortunadamente, a esa hora temprana era escaso: unos pocos carros de vendedores ambulantes, cargados de frutas y verduras; la narria del cervecero, carros de mercancías y un ómnibus tirado por un caballo.
—¡A la derecha! —gritó Narraway al cochero—. ¡Por Commercial Road! ¡Es más rápido!
El cochero obedeció sin replicar. Eran las seis menos cuarto de una mañana de estío y los trabajadores, los buhoneros, los tenderos y los criados domésticos ya estaban en pie. ¡Que el cielo los ayudase, tenían que llegar a Myrdle Street antes de las seis!
Pitt tuvo la sensación de que el corazón estaba a punto de salírsele del pecho. La llamada se había producido hacía poco más de media hora, pero parecía que había transcurrido una eternidad. Los timbrazos del teléfono lo despertaron y bajó corriendo, cubierto con la camisa de noche. La voz de Narraway sonó entrecortada y jadeante al otro extremo del teléfono: «He enviado un cabriolé a buscarlo. Reúnase conmigo en Cornhill, del lado norte, a las puertas del Royal Exchange. Venga inmediatamente. Los anarquistas se proponen colocar una bomba en una casa de Myrdle Street». Colgó sin esperar respuesta; Pitt tuvo que subir la escalera y avisar a Charlotte antes de vestirse. Su esposa bajó deprisa y le sirvió un vaso de leche y una rebanada de pan, pero no tuvo tiempo de preparar el té.
Impaciente, permaneció cinco minutos en la acera, a las puertas del Royal Exchange, hasta que el coche de punto con Narraway hizo acto de presencia y se detuvo. El látigo largo del cochero restalló y azuzó al caballo incluso antes de que Pitt tuviera tiempo de instalarse en el asiento.
En aquel momento corrían hacia Myrdle Street y aún no tenía una idea clara de qué ocurría, salvo que la información procedía de las propias fuentes de Narraway en las lindes del agitado mundo del hampa del East End: ámbito de atracadores, timadores, escribas, salteadores de camino y ladrones de toda calaña que se alimentaban del río.
—¿Por qué ha de ser en Myrdle Street? —inquirió a gritos—. ¿Quiénes son?
—Podría ser cualquiera —respondió Narraway sin apartar la mirada de la calle.
En principio, la Brigada Especial se había creado para hacer frente a las actividades de los fenianos en Londres, pero por aquel entonces se enfrentaba a todo tipo de amenazas a la seguridad nacional. Precisamente en esa fecha, principios de verano de 1893, el peligro que más inquietaba a la mayoría de las personas era el de los terroristas anarquistas. Se habían producido varios incidentes en París, y Londres había sufrido media docena de explosiones de diversa consideración.
Narraway no sabía si la última amenaza procedía de los irlandeses, que seguían empeñados en alcanzar la autonomía o simplemente de revolucionarios deseosos de derrocar el gobierno, la monarquía o la ley y el orden en general.
En la esquina giraron a la izquierda, subieron por Myrdle Street, cruzaron la calle y se detuvieron. Poco más adelante los policías se ocupaban de despertar a la gente y la hacían salir rápidamente de sus casas. No había tiempo de buscar pertenencias particularmente apreciadas, ni siquiera de coger algo más que un abrigo o un chal para protegerse del fresco aire matinal.
Pitt vio que un agente de alrededor de veinte años no dejaba en paz a una anciana. El pelo blanco le colgaba en mechones ralos por encima de los hombros y apoyaba los pies artríticos en los adoquines. Pitt estuvo a punto de atragantarse de furia contra los responsables de aquel peligro.
Un chiquillo cruzó la calle y parpadeó desconcertado, arrastrando un cachorro de perro callejero sujeto con un cordel.
Narraway se apeó del cabriolé y se acercó a grandes zancadas hacia el policía más cercano. Pitt le pisaba los talones. Con el rostro encendido de preocupación y contrariedad, el agente se volvió para pedirle que retrocediese.
—Señor, tiene que irse. —Señaló con el brazo—. Aléjese, señor. Han puesto una bomba en una de las…
—¡Lo sé! —precisó Narraway secamente—. Soy Victor Narraway, jefe de la Brigada Especial. ¿Ya se sabe dónde la han colocado?
El policía se cuadró a medias, con la diestra todavía en alto para impedir que la gente regresara a sus hogares en aquella mañana silenciosa y casi sin viento.
—No, señor —respondió—. Mejor dicho, no se sabe exactamente. Sospechamos que está en una de esas dos casas de allí.
El agente inclinó la cabeza hacia la otra acera. Las casas estrechas y de tres plantas estaban adosadas, con las puertas abiertas de par en par; mujeres orgullosas y trabajadoras blanqueaban los escalones de la entrada. Un gato salió tranquilamente de una de las viviendas, una niña le gritó con impaciencia y el minino echó a correr hacia ella.
—¿Ya han salido todos? —quiso saber Narraway.
—Sí, señor, al menos por lo que sabemos…
El resto de su respuesta quedó apagada por una explosión ensordecedora. Al principio fue como un chasquido seco, luego un rugido y finalmente un desgarrón y un desmoronamiento. Un trozo enorme de una de las casas voló por los aires y se partió. Los restos se desplomaron sobre la calle y encima de otros tejados; destrozaron las tejas de pizarra y derribaron chimeneas. El polvo y las llamas dominaban el ambiente. La gente chilló frenéticamente. Alguien gritó.
El agente de policía también gritó, con la boca muy abierta, pero sus palabras se perdieron en medio del estrépito. Sacudió el cuerpo de manera extraña, como si las piernas no le respondieran. Se inclinó y agitó los brazos mientras, horrorizada, la gente no se movía de donde estaba.
Otra explosión resonó en el interior de la segunda casa. Las paredes temblaron y parecieron desplomarse sobre sí mismas, al tiempo que los ladrillos y el yeso salían despedidos hacia el exterior. Hubo más llamaradas y una columna de humo negro.
De pronto, la gente echó a correr. Los niños sollozaron, alguien maldijo a voz en cuello y varios perros ladraron con frenesí. Un anciano juró contra todo lo que se le ocurrió y se repitió una y otra vez.
Narraway había palidecido y sus ojos negros semejaban orificios en la cabeza. No habían tenido la esperanza de evitar el estallido de las bombas, pero era una dolorosa derrota ver semejantes destrozos en la acera de enfrente y personas aterrorizadas y desconcertadas que se movían dando tumbos. Las llamas llegaron a los listones y las vigas secas y comenzaron a propagarse.
Llegó un coche de bomberos, con los caballos cubiertos de sudor y los ojos en blanco. Los efectivos se apearon de un salto y comenzaron a desenrollar las voluminosas mangueras de lona, pero la suya era una tarea condenada al fracaso.
Pitt experimentó una pasmosa sensación de desilusión. La Brigada Especial se había creado, precisamente, para evitar esa clase de actos, pero habían cometido un atentado y no podía hacer nada que le reconfortara o fuera útil. Tampoco sabía si estallarían más bombas.
Otro agente se acercó corriendo por la calle, agitó los brazos desaforadamente y el casco se ladeó sobre su cabeza.
—¡Por el otro lado! —exclamó—. Se escapan por el otro lado.
Pitt tardó unos segundos en entender lo que el policía decía.
Narraway se dio cuenta en el acto, giró sobre los talones y echó a andar hacia el coche de dos ruedas.
Pitt se sintió impelido a actuar y alcanzó a Narraway en el momento en el que este subía al coche y ordenaba al conductor que regresara a Fordham Street y girara al este.
El hombre obedeció en el acto, agitó el largo látigo por encima de las ancas del caballo y lo azuzó. Torcieron a la izquierda, cruzaron Essex Street casi sin aminorar el paso y vislumbraron otro coche de dos ruedas, que desapareció hacia el norte por New Road, en dirección a Whitechapel.
—¡Tras ellos! —ordenó Narraway.
No hizo caso del restante tráfico matinal, compuesto de carros y carretas de reparto, que se apartaron y se apiñaron.
No había habido tiempo de plantearse quiénes habían colocado las bombas pero, cuando torcieron por Whitechapel Road y pasaron frente al hospital de Londres, Pitt reflexionó sobre la cuestión. Hasta entonces las amenazas anarquistas habían sido desorganizadas y no habían planteado exigencias concretas. Londres era la capital de un imperio que abarcaba prácticamente todos los continentes de la tierra, así como las islas que había entre ellos, y también el puerto más grande del mundo. Constantemente llegaban gentes de todas las nacionalidades; en concreto en los últimos tiempos, habían arribado inmigrantes de Letonia, Lituania, Polonia y Rusia deseosos de escapar del poder del zar. Otros, que procedían de España, Italia y, sobre todo, Francia, se trasladaron con intenciones más volcadas hacia el socialismo.
Pitt vio que, a su lado, Narraway estiraba el cuello y mantenía rígido su delgado cuerpo. Miró hacia un lado y luego hacia el otro en su intento de localizar el coche de dos ruedas. Whitechapel se había convertido en Mile End Road. Pasaron frente al inmenso bloque de la cervecería Charrington, que se alzaba a la izquierda.
—¡No tiene el menor sentido! —declaró Narraway apretando los dientes.
El cabriolé que iba delante giró a la izquierda por Peters Street. Apenas había recuperado el equilibrio cuando se esfumó hacia la derecha por Willow Place y después por Long Spoon Lane. El cabriolé de Pitt y Narraway se pasó de largo y tuvo que girar y volver atrás. Para entonces otros dos cabriolés se detuvieron y varios policías descendieron de ellos; el que estaban persiguiendo desapareció.
Long Spoon Lane era una calle estrecha y adoquinada. Las grises casas de vecindad tenían tres plantas y estaban mugrientas y manchadas por el humo y la humedad de varias generaciones. El aire olía a podredumbre y a aguas residuales.
Pitt miró a un lado y a otro, al este y al oeste. Vio varios portales clausurados con tablas. Con los brazos en jarras, una mujer corpulenta bloqueaba la entrada de una casa y observaba con cara de pocos amigos la alteración de su rutina. Al oeste se cerró una puerta y cuando dos agentes la golpearon con los hombros no cedió. Volvieron a intentarlo varias veces, pero no hubo suerte.
—Deben de haber puesto una barricada —comentó Narraway con gran seriedad—. ¡Atrás! —ordenó a los policías.
Pitt sintió un escalofrío. Seguramente Narraway temía que los anarquistas estuviesen armados. Era absurdo. Dos horas antes estaba en la cama, medio dormido, junto a Charlotte; su cabellera, que atravesaba la almohada, parecía un río oscuro. El sol de primera hora había formado una línea brillante que se colaba entre las cortinas; fuera, en los árboles, piaban los afanosos gorriones. Y en aquel momento temblaba mientras observaba la horrible pared de una casa de vecindad en la que se ocultaban los desesperados jóvenes que habían echado abajo una hilera de viviendas.
En la calle había doce agentes; Narraway había asumido el mando, hasta entonces ostentado por un sargento. Envió a algunos efectivos a otros callejones. Con frío pesar, Pitt comprobó que estos portaban armas. Llegó a la conclusión de que no había otra opción. La colocación de bombas era un delito de gran violencia y poco corriente. No habría tregua para quienes lo habían cometido.
La calle se encontraba extrañamente tranquila. Con los faldones aleteantes, el rostro tenso y la boca convertida en una delgada línea, Narraway volvió tras dar instrucciones a sus efectivos.
—Pitt, no se quede quieto como una condenada farola. Al fin y al cabo, es hijo de un guarda de caza… ¡no me dirá que no sabe disparar! —Con los nudillos blancos, levantó un fusil y se lo entregó.
Pitt estaba a punto de replicar que los guardas de caza no disparan a la gente, pero se dio cuenta de que no solo era una impertinencia, sino una falsedad. Más de un cazador furtivo había acabado con el trasero lleno de postas zorreras. Cogió el arma a regañadientes y, por último, las municiones.
Retrocedió hasta el lado más alejado de la calle. Sonrió con cierta ironía cuando vio que se había colocado tras la única farola que había. Narraway se mantuvo al amparo de los edificios de la acera de enfrente, caminó rápidamente a lo largo de la estrecha acera y ordenó a los policías que se pusieran a cubierto como él. Con excepción de sus pisadas no se oía sonido alguno. Habían retirado caballos y coches para que no corriesen peligro. Todos los que vivían en esa calle se habían refugiado en el interior de sus casas.
Los minutos se hicieron eternos. No hubo el menor movimiento. Pitt se preguntó si tenían la certeza de que los anarquistas se encontraban allí y, automáticamente, echó un vistazo a los tejados. Eran escarpados, demasiado abruptos como para que hubiera un asidero, y no se veían buhardillas ni tragaluces a través de los que salir.
Narraway se acercaba. Al reparar en la mirada de Pitt, una llamarada de humor iluminó fugazmente su rostro.
—Se lo agradezco, pero no lo haré —aseguró secamente—. Si decido enviar a alguien a los tejados no será a usted. Tropezaría con los faldones. Antes de que me lo pregunte, le diré que sí, que he enviado efectivos a la parte de atrás y a ambos extremos. —Con gran cuidado se situó entre Pitt y la pared. Pitt sonrió. Narraway dejó escapar una especie de gruñido y acotó con acritud—: No pienso esperar todo el día. He pedido a Stamper que vaya a buscar unos carros viejos, algo lo bastante sólido como para absorber un puñado de balas. Los volcaremos para refugiarnos detrás y luego entraremos.
Pitt asintió y lamentó no conocer mejor a Narraway. Todavía no confiaba en él tanto como en Micah Drummond o en John Cornwallis, sus compañeros cuando él solo era un simple policía de Bow Street. Los respetaba y comprendía sus obligaciones. También había sido profundamente consciente de su humanidad y de sus debilidades, así como de sus aptitudes.
Pitt jamás se había propuesto formar parte de la Brigada Especial. El éxito que había tenido contra la poderosa sociedad secreta conocida como Círculo Interior había originado su aparente desgracia, ya que le había costado el cargo en la Metropolitana. Por su propia seguridad y para darle algún tipo de trabajo, le habían asignado un puesto en la Brigada Especial y trabajaba para Victor Narraway. En Bow Street, Harold Wetron, miembro del Círculo Interior y por entonces jefe de la sociedad secreta, había desbancado a Pitt.
Este se sentía inseguro y con demasiada frecuencia metía la pata. Con sus secretos, su tortuosidad y sus motivaciones medio políticas, la Brigada Especial exigía ciertas habilidades que apenas había empezado a asimilar; además todavía carecía de parámetros para evaluar a Narraway.
También era consciente de que, de haber seguido ascendiendo en Bow Street, no habría tardado en perder su conexión con la realidad del crimen. Su compasión por el dolor que causaba habría disminuido. Todo se habría vuelto de segunda mano, particularmente su capacidad de influir en las decisiones.
Su situación actual era mejor, aunque supusiera permanecer en una calle fría junto a Narraway, a la espera de tomar por asalto una fortaleza anarquista. El momento de la detención jamás era sencillo ni agradable, ya que el delito suponía una tragedia para otro ser humano.
Pitt notó que tenía hambre aunque, por encima de todo, le habría apetecido beber una taza de té caliente. Tenía la boca seca y estaba harto de permanecer en el mismo sitio. A pesar de que era verano, a la sombra la mañana aún era fría. El empedrado seguía mojado por el rocío de la noche. Todavía no se había acostumbrado al olor rancio de la madera húmeda y las alcantarillas.
En los adoquines del otro extremo de la calle se oyó un ruido sordo y apareció un carro viejo, tirado por un caballo de pelaje grueso. Al llegar a la mitad, el carretero se apeó de un salto. Desaparejó al animal y dejó que se marchara al trote. Segundos después apareció otro carro parecido y se detuvo detrás. Ambos vehículos estaban ladeados.
—Correcto —musitó Narraway y se irguió.
Estaba muy serio. Gracias a la suave pero penetrante luz, cada pequeña arruga de su rostro era visible. Daba la sensación de que todas las pasiones que había experimentado a lo largo de la vida habían dejado su huella en él, si bien la impresión dominante que transmitía era de inquebrantable fuerza.
A lo largo de la calle se habían desplegado seis policías, la mayoría de los cuales parecían armados. Otros se habían situado en la parte trasera de los edificios y en los extremos de la calle.
Tres agentes avanzaron con un ariete para abrir la puerta por la fuerza. En ese momento se hizo añicos el cristal de una ventana de las plantas superiores y todos permanecieron inmóviles. Un segundo después sonaron disparos y las balas rebotaron en las paredes a la altura del hombro y por encima. Nadie resultó herido.
La policía respondió a los disparos y estallaron los cristales de otras dos ventanas.
A lo lejos, un perro ladró con furia; se oía el ruido sordo del tráfico pesado que discurría por Mile End Road, a una calle de distancia.
Los disparos se reanudaron.
Pitt era reacio a participar. Pese a todos los delitos que había investigado a lo largo de sus años en el cuerpo de policía, lo cierto es que jamás había tenido que disparar a un ser humano y la idea le producía un frío dolor.
En ese momento, Narraway corrió hasta donde se encontraban dos hombres, agazapados detrás de los carros; una bala se empotró en la pared, justo por encima de la cabeza de Pitt. Sin pararse a pensar, este levantó el arma y disparó hacia la ventana de la que había salido la bala.
Los hombres que portaban el ariete habían llegado al extremo de la calle, por lo que quedaban fuera de la línea de fuego. Cada vez que una sombra se movía tras los restos del cristal de las ventanas, Pitt disparaba y se apresuraba a recargar su arma. Aunque detestaba disparar a personas, descubrió que sus manos estaban firmes y que lo dominaba una suerte de regocijo.
Calle arriba repiquetearon más disparos.
Narraway observó a Pitt, le lanzó una mirada de advertencia y recorrió el empedrado hasta donde se encontraban los hombres con el ariete. De una ventana de la planta superior salió otra lluvia de disparos que chocaron contra las paredes y rebotaron o se hundieron en la madera de los carros.
Pitt volvió a disparar y apuntó en otra dirección. Se trataba de otra ventana, desde la cual hasta entonces nadie había disparado. Vio el cristal roto, iluminado por el reflejo de la luz del sol.
Los disparos procedían de diversos lugares: la casa, la calle y el extremo de la vía. Un policía se dobló y se desplomó.
Pitt volvió a disparar hacia arriba, primero contra una ventana y después contra otra, dondequiera que veía una sombra en movimiento o un fogonazo.
Nadie se acercó al herido. Pitt comprendió que no podían hacerlo porque quedarían al descubierto.
Un disparo alcanzó el metal de la farola que se alzaba a su lado y produjo un intenso chasquido que le aceleró el pulso y casi lo dejó sin aliento. Afirmó deliberadamente la mano para el siguiente disparo, que atravesó la ventana. Su puntería mejoraba. Abandonó la protección de la farola y se dispuso a cruzar la calle para acercarse al agente caído. Se encontraba a veinte metros. Un nuevo disparo pasó por su lado y chocó contra la pared. Pitt tropezó y se dejó caer muy cerca del policía. El empedrado estaba manchado de sangre. Reptó el último metro que lo separaba del herido.
—Quédese tranquilo —aconsejó en tono apremiante—. Lo pondré a salvo y luego le echaremos un vistazo.
No sabía si el agente lo oía. Su cara estaba de un color blanco pastoso y tenía los ojos cerrados. Parecía rondar los veinte años y tenía la boca ensangrentada.
Era imposible que Pitt lo trasladase, ya que no se atrevía a incorporarse; si lo hacía, se convertiría en un blanco perfecto. Hasta era posible que, de rebote, lo alcanzase una bala disparada por uno de los suyos, que volvían a abrir fuego con presteza. Se inclinó, cogió al agente por los hombros, retrocedió torpemente y lo arrastró por encima de los adoquines hasta que por fin quedaron al amparo de los carros.
—Quédese tranquilo —repitió, aunque en realidad hablaba para sí mismo.
Comprobó sorprendido que el agente abría los ojos y esbozaba una débil sonrisa. Con sobresaltado alivio Pitt vio que la sangre de la boca manaba de un corte que tenía en la mejilla. Lo examinó rápidamente para averiguar dónde había sufrido heridas y taponarlas. Siguió hablando en tono suave y tranquilizador para ambos.
El agente había sufrido una herida en el hombro. Perdía bastante sangre, pero no era fatal. Probablemente al caer se había dado con la cabeza en los adoquines, lo que le había dejado sin sentido. De no haber llevado el casco habría podido ser peor.
Pitt hizo lo que pudo con una manga del uniforme, que le arrancó y colocó sobre el hombro sangrante. Cuando terminó, cuatro o cinco minutos después, ya se habían acercado otros agentes a ayudarlo. Les pidió que retirasen al herido y cogió su arma. Se agachó y corrió hasta los que portaban el ariete en el preciso momento en que cedía el marco de la puerta que, al abrirse, chocó estrepitosamente contra la pared.
Nada más entrar había una escalera estrecha. Los policías subieron a la carrera, Narraway les pisaba los talones y Pitt se pegó a su espalda.
Más arriba resonó un disparo y se oyeron voces crispadas y ruido de pisadas; hubo más disparos a lo lejos, probablemente en el fondo de la casa.
Pitt subió los peldaños de la escalera de dos en dos. Al llegar a la segunda planta encontró una amplia estancia que, probablemente, en su origen eran dos habitaciones. Narraway permanecía de pie en medio de la luz intensa que entraba por las ventanas rotas. En el otro extremo se abría la puerta de la escalera que descendía hacia el fondo de la casa. Había tres policías con las armas a punto y dos jóvenes que permanecían absolutamente inmóviles. Uno de ellos tenía el pelo oscuro y largo y la mirada enloquecida. Sin la sangre y la hinchazón en la cara habría sido apuesto. El otro era más delgado, algo demacrado, con el pelo de color dorado rojizo. Sus ojos eran de un azul verdoso casi exageradamente claro. Aunque parecían asustados, ambos intentaban mostrarse desafiantes. Dos policías los esposaron violentamente.
Narraway volvió la cabeza hacia la puerta, junto a la que se encontraba Pitt, y en silencio indicó a los policías que se llevasen a los detenidos.
Pitt se hizo a un lado para dejarlos pasar y recorrió la estancia con la mirada. Con excepción de un par de sillas y de un hato de mantas apiladas en el otro extremo no había nada más. Los cristales de todas las ventanas estaban rotos y las paredes, acribilladas a balazos. Era todo lo que esperaba ver, exceptuando la figura inmóvil tendida en el suelo, con la cabeza en dirección a la ventana del centro de la estancia. La tupida cabellera de color castaño oscuro del hombre caído estaba empapada en sangre.
Pitt se acercó y se arrodilló a su lado. Estaba muerto. En el suelo también había sangre. Lo habían matado de un único disparo. La bala había entrado por la nuca y salido por el rostro; su lado izquierdo estaba destrozado. El derecho indicaba que en vida había sido guapo. Su expresión manifestaba sorpresa.
Pitt había investigado muchos asesinatos, al fin y al cabo se trataba de su profesión, pero pocos habían sido tan sangrientos como ese. Lo único positivo de esa muerte era que debió de ser instantánea. Notó un retortijón en el estómago y tragó saliva para que la bilis no le subiese. Rezó porque el responsable de esa muerte no fuera uno de sus disparos.
Narraway habló con tono quedo a sus espaldas. Pitt no había oído sus pisadas.
—Registre sus bolsillos —propuso—. Tal vez tenga algo que nos permita saber de quién se trata.
Pitt apartó la mano del hombre. Era delgada, bien formada y en el anular llevaba una sortija de sello, un anillo caro, de excelente factura, seguramente de oro. [...]

(c) 2005, Anne Perry
(c) 2006, Margarita Cavándoli, por la traducción
(c) 2006, Random House Mondadori, S.A./ Travessera de Gràcia, 47- 49.. 08021 Barcelona

 
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