Logotipo de El Sitio de los Libros

El Corte Inglés Venta 24h. 902 22 44 11

Buscador avanzado

Temas:
Bellas artes
Cienc. humanas
Cienc. naturales
Cienc. técnicas
Derecho
Diccionarios
Economía
Historia
Idiomas
Infantil y juvenil
Informática
Literatura
Tiempo libre
Cuentos personalizados
Revistas
Mi librería
Primeros capítulos
Opinión
Actividades culturales de
El Corte Inglés
Ámbito cultural
Papelería

PILAR MIRÓ: NADIE ME ENSEÑÓ A VIVIR de DIEGO GALÁN

65 x 65 pixel 1 La espera

En Madrid, a mediados de los años cuarenta. La familia Miró vive en un edificio de clase media en el barrio de Argüelles, muy cerca de la antigua cárcel Modelo, en cuyo emplazamiento se está construyendo un faraónico edificio para albergar las dependencias del Ejército del Aire. El matrimonio tiene dos hijos, Carlitos, que quiere ser militar como su padre, y la niña Pilar Mercedes, seis años más joven, que alguna vez ha dicho que de mayor quiere ser misionera.
El piso, un sexto, es modesto y luminoso, con una terraza al fondo, a pesar de la cual está impregnado de una rara melancolía que acaba oscureciéndolo, como si la tristeza de la guerra se le hubiera quedado pegada en las paredes. Por lo menos así lo recordará Pilar. Un lugar hostil.
En el edificio viven familias de militares y abogados, algunos venidos a menos, como los Miró, a quienes el desenlace de la guerra dejó en mala situación, aun habiendo estado del lado de los ganadores.
El portero de la casa espera algunas tardes a que la niña regrese del colegio. La madre no quiere que suba sola en el ascensor, que es lo que más le gusta a la cría y que hace en cuanto puede. El hombre sube con la niña huraña, vestida de uniforme y con un lazo que su madre se empeña en ponerle en el pelo, le da un beso, le acaricia despacio la carita y le coge la mano para acompañarla. Ella a veces le rechaza, pero hay tardes en que se deja acariciar en el ascensor, curiosa con los sobeos de aquel hombre; a ella le da la inquietante sensación de algo sucio.

2 Las clases de solfeo

De su infancia le quedaron recuerdos de silencios y temores. «Mi padre no me hablaba, me regañaba», decía Pilar. Una tarde había regresado del colegio muerta de miedo. Traía un recado que iba a disgustar a su padre. «Díselo tú, mamá.» Pero doña Concha había vuelto a la cocina dejando a la niña en el pasillo que a ella le parecía interminable y que se bifurcaba al final en forma de T: «Se lo dices tú a tu padre». En el salón, junto a la terraza, don Ramón estaría pegado al gramófono de sus óperas, ajeno como siempre a todos, silencioso, enfrascado en sus fantasmas. La niña le temía.
Rezó a Dios para que la ayudara. En el colegio, las monjas la habían convencido de que sólo Él la quería de verdad, y ella se aferraba a eso porque en casa se sentía odiada por todos, especialmente por su hermano Carlitos, que esa tarde aún no había regresado de clase. Ella le correspondía; también le odiaba a él, porque era chico y tan guapo, y tan seguro de sí mismo, y porque participaba en los secretos de aquella familia en la que nunca se hablaba.
—¡Ay, hija! Antes de nacer tú sí que estábamos bien… Antes todo era bueno. Tú viniste en mala época, cuando no tenías que haber venido…
La madre se reunía a veces con la tía Cecilia y recordaban juntas aquel «antes» de los veraneos de meses, de reuniones sociales, de bailes y de risas… Nostalgias que desgranaban ante la niña haciéndole creer que ella era el obstáculo que les apartaba de una época tan feliz. Carlitos había nacido seis años antes y sabía descifrar los misterios. Él sí entendía por qué había un armario lleno de uniformes militares que a veces la madre limpiaba con esmero, suspirando con pena y hasta con lágrimas: «Ay, antes…».
Había habido la guerra, que precisamente acabó un año antes de que ella naciera. Carlitos sabía lo que era la guerra: una tarde, en casa de las tías, le explicó que en aquella casa había caído una bomba que no llegó a explotar, señalándole en el suelo unas baldosas que tenían distinto color. Según el hermano rubio, allí había habido un agujero muy profundo por el que se veían todas las plantas de la casa. «Fíjate —le decía—, estamos en el sexto, pues yo me acuerdo de que se veía hasta el primero.» Ella miraba las baldosas de colores, tratando de imaginarse la hecatombe, con envidia del hermano que había nacido antes, y de no ser ella la que lo estuviera contando.
Efectivamente, don Ramón estaba enfrascado en sus óperas. Alguna vez la niña se le había quedado mirando con arrobo, sorprendida de que al padre se le pasara el enfado cuando escuchaba aquella música, de que la mirara con algo de dulzura, y de que hasta la invitara a estar a su lado, moviendo en el aire sus manos grandotas como si él mismo estuviera dirigiendo aquellos cantos. Un día se había atrevido a hablarle:
—Papá, ¿por qué todas las óperas acaban mal?
—Así son las óperas. Al final los amantes nunca son felices.
—Pero ¿nunca hablan?
—No, nunca hablan.
Esa tarde se quedó inmóvil en la puerta del salón, callada, esperando a que él notara su presencia. Había buscado a su gata Cuqui para sentirse protegida, pero debía de haberse escondido. Se sintió desvalida. Don Ramón estaba de espaldas, y ella seguía observando la figura delgada y enérgica del padre, aguardando a que se girara y la regañara.
—¿Qué has hecho ahora?
—Nada…
—¿Anginas otra vez?
—No…
—¿Entonces?
—La madre Eucaristía…
—¿Qué le pasa a la madre Eucaristía?
—Que dice que si sigo estudiando solfeo, perderé curso. Que es mejor que lo deje…
Don Ramón la miró con cara de mal humor, pero no por mucho tiempo.
—Haz lo que quieras. Tú sabrás lo que haces… Pero te arrepentirás…
Eso fue todo. Por esta vez no hubo regañina, y se quedó confundida. ¿De verdad ya no iría su padre tres veces por semana a llevarla del colegio al conservatorio? ¿Se habría acabado aquel tormento? ¿Qué debía decirle mañana a la madre Eucaristía?
Guardaba buen recuerdo de aquellas monjas del colegio Santo Ángel, en la calle Tutor, muy cerca de su casa, a pesar de que se pasaran la vida amenazando con espantosos castigos en el infierno para toda la eternidad. Su padre no era hombre dado a la religión (ella sabía que iba a condenarse por no ir a misa), y no querría oír hablar de su vocación monjil. De modo que se guardó para sí misma la intención de hacerse monja, como otro más de sus secretos. Había aprendido a callar hasta el punto de que las monjas interpretaron su carácter circunspecto y su conducta algo hosca como propios de una alumna modelo.
—Esto de diez en conducta, piedad y urbanidad no vale para nada; de eso no vas a comer —sentenciaba el padre—. Más te vale preocuparte por las matemáticas.
La casa de doña Eva, la vecina de enfrente, era un refugio. Doña Eva era una mujer alegre y sin hijos que le enseñaba a hacer postres, le cantaba canciones antiguas o le contaba historias y chascarrillos… Era la única que la tomaba en serio. Ella hubiera preferido que doña Eva fuera su familia y no la otra, que no era realmente la suya sino sólo la familia de su hermano.
—¿Y tú no me cuentas nada, patito feo?
—Cuqui se ha ido.
—Ya volverá, mujer. No te preocupes por eso.
—Mañana voy al cine.

(c) 2006, Diego Galán
(c) 2006, Random House Mondadori, S.A Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

 
Nuestras tiendas:
Bebés I Deportes I Electrónica I Flores y regalos I Hogar I Informática I Juguetes I Libros I Listas de Boda
Maletas I Música I Moda-Complementos I Ofertas I Papelería I Películas I Perfumería-Cosmética
Relojes I Supermercado I Club del Gourmet I Tarjeta Regalo I Telefonía I Venta de entradas
Viajes I Videojuegos I Vinos I Venta a Empresas I Venta de seguros I Viviendas

CONTACTA CON NOSOTROS Teléfono: 902 119 368 / e-mail: clientes@elcorteingles.es
© El Corte Inglés, S.A. Todos los derechos reservados.
Asociación Española de Comercio Electrónico Confianza ONLINE