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DIARIO DE UNA ABUELA DE VERANO de ROSA REGÀS

65 x 65 pixel Primer Capítulo

De pronto la casa cobra vida, una vida distinta de la que tiene cuando en invierno está vacía y solitaria en el valle desierto, con débiles rayos de sol sobre los árboles desnudos. La casa respira y vive ahora, aunque a esta hora temprana está todavía dormida y el silencio es tan profundo que con las primeras luces el trino de los pájaros dibuja notas en el aire límpido y fresco del amanecer. No logro desprenderme de la fascinación que siempre me provoca este cielo sin nubes, ese paisaje inmóvil en el que ni una hoja tiembla. Me envuelve la calma y medio dormida aún levanto la persiana y me asomo a la ventana. Una vez más me sorprende esta radiante hora de la mañana que contemplo desde la frontera de mis ojos aún entornados. Como si hubiera llovido o por la noche la tramontana hubiera barrido el cielo de nieblas y nubes, el paisaje está limpio y el aire irisado de transparencia. La calma es total aunque no estremecedora como lo es por la noche cuando me quedo sola en la casa, sino pacífica y sedante, y me entretengo en escuchar el escandaloso canto del gallo que me llega atemperado por la distancia. De vez en cuando el ladrido de los perros a lo largo de la valla de cipreses persigue inútilmente la camioneta del vecino madrugador que vive en la montaña. El campo está verde porque esta primavera no ha parado de llover y desde aquí, entre las rendijas de luz de las persianas bajadas, veo los chopos y los tamarindos del jardín, las higueras y los olivos y la barrera de cañas de la acequia más allá del huerto, junto al camino que sube al monte. Cañas verdes y brillantes, hojas musgosas bien alimentadas, como son en los lugares de inviernos lluviosos, en los paisajes del norte de Europa.
El cielo va tomando un color azul que será intenso a mediodía y el sol que se anuncia detrás de las lomas que tengo enfrente va destiñendo el trozo de cielo en el que aparecerá enseguida como si alguien se anticipara y le preparara un camino de blanca claridad donde poder brillar sin estorbos.
Primero de julio. Hoy comienzan las vacaciones. Y como para marcar esta fecha excepcional en mi calendario el día ha amanecido sin viento, casi una rareza en este valle del Ampurdán donde vivo.
Ayer durante todo el día fueron llegando los niños, mis nietos, de dos en dos o de tres en tres, y los primos de los niños también y algún amigo. Unos besos y se van corriendo al campo que conocen como la palma de la mano a ver y reconocer cualquier cambio. Se acercan de nuevo cuando sus padres se van, impacientes por retomar las investigaciones y los juegos. Cuando ya va cayendo la tarde los oigo gritar y jugar y hasta pelearse, corriendo de un extremo a otro del campo como si llevaran en él un par de semanas. Se internan después en el bosque para construir una cabaña con hojas de palma recién cortadas y brezo y troncos, que los tendrá ocupados durante unos días y luego se derrumbará y poco a poco sucumbirá víctima de su olvido.
Ha comenzado el verano, el verdadero verano, y si miro hacia delante apenas le veo el final a este mes de niños con todo el jolgorio y la organización que ello supone. No me inquieta la cantidad de gente que hay ahora en la casa ni el orden que habrá de regirla porque confío en mi fiebre organizadora que me proporciona placer en sí misma, y sé que todo funcionará como funciona sobre el papel: en qué cama dormirá cada uno, el cajón donde dejará la ropa, el lugar bajo las moreras donde cenarán y comerán, la gente que vendrá a ayudar, el botiquín de urgencias, el campo de fútbol y la piscina redonda como una balsa del color del cobre. Todo está previsto y a punto y en mi favor tengo la experiencia de otros veranos y a Mohamed que durante todo el año cuida del mantenimiento de la casa, del jardín y de los campos. Sin Mohamed el funcionamiento de la casa sería una tortura.
De hecho éste es el decimotercer verano de estas vacaciones de niños que mis hijos llaman con cierta ironía, las “colonias de Llofriu”. Comenzaron en una época en que yo viajaba sin descanso por el mundo, y se me ocurrió entonces que podría quedarme con los niños durante el mes de julio y así los vería y los disfrutaría. Y con el tiempo, a medida que fueran creciendo, echaría una mano a los padres que tendrían solucionado este mes impar entre la escuela y sus propias vacaciones en agosto. Un regalo anual, pensé entonces y sigo pensando ahora, que siempre será bienvenido, un regalo que no ocupa lugar y que da sentido a la casa durante todo el año.
Estábamos en 1990 y sólo había dos niños, María y Eduard, que acababan de nacer. Con el tiempo y a medida que fueron llegando los demás, los niños menores de dos años vienen acompañados de un adulto o una adulta, pero a partir de los tres hacen la vida con los niños mayores, aunque van siempre corriendo desaforados persiguiéndoles e imitándoles. Hoy son catorce, y los que vendrán este año tal vez sean más aún.
¿No será, me digo a veces, ese afán de poner la casa en movimiento una nostalgia que se esconde todavía en mi corazón, escapada de los años en que la casa, no ésta sino otra, estaba funcionando como tal a todas horas con niños que crecían, iban a la escuela, se hacían mayores, invitaban a sus amigos, un día y otro día, un mes y un año, que se fueron dejando colgada en algún lugar de la fantasía tanta ternura como todavía me quedaba que todos aquellos años no alcanzaron a descargar? ¿No será que, por más que los alargara, no me bastaron para satisfacer mis sueños infantiles aquellas dos décadas de vida familiar, movida, divertida y en paz que me consolaba del lento aprendizaje de la vida, del aprendizaje de la decepción? Lo que se desea en la infancia no tiene posibilidad de conseguirse jamás en su perfecta plenitud porque pertenece al ámbito más íntimo de carencias del ser humano, las que nada ni nadie podrá nunca saciar. O tal vez lo que ocurre es que soy incapaz de vivir la realidad plenamente y satisfacer los deseos y las ansias, como si sufriera una especie de bulimia emocional que me lleva a desear siempre más y más en busca de esta imposible perfección. O tal vez, para no sentirme defraudada, me tomara la vida como si estuviera hecha de símbolos más que de realidades. No dejo de pensar en ello cada vez que me parece que le pido a la vida más de lo que me está dando.
Pero buscando un paliativo a tanta desazón, y aunque a veces sucumba a la melancolía, pienso que es mejor que todo ocurra de esta manera, es mejor seguir anhelando esa plenitud, es mejor que no se hayan colmado aquellos deseos que me permiten hoy, ya cerrado el ciclo familiar primero, seguir esperando con ansiedad ese paréntesis en mi vida profesional. “Cuando la casa está acabada entra la muerte”, dice un proverbio turco y en cualquiera de los aspectos de la vida, sea la casa, la vocación, la profesión, el amor o la vida familiar, si nos queda todavía el ímpetu de continuarla porque tenemos conciencia de que algo queda por dar y por recibir o simplemente por hacer o descubrir, continuamos viviendo, no como un mero y apático devenir sino con la energía y el afán que precisan los proyectos que se quieren realizar. Tal vez sea esto, a fin de cuentas lo que nos mantiene vivos en el sentido más cabal de la existencia.
Los niños duermen en el piso bajo, en las dos habitaciones que son las suyas más la sala de la televisión que hemos habilitado como dormitorio, de otro modo no cabrían los catorce que son este año. No está previsto que se levanten antes de las nueve de la mañana porque ésta es una de las reglas que se siguen para que, aunque oculta, la cuadrícula del orden rija nuestras horas y no perdamos el placer por el espanto del caos. Me quedan pues dos horas.
Siempre creo que dos horas son muchas horas, que dos horas para escribir pueden dar mucho de sí, y sin embargo pocas veces esas dos horas de la mañana me alcanzan para poco más que para abrir el ordenador. Me gusta la ducha, o el baño en la piscina si la noche ha sido calurosa, me entretengo en contemplar el paisaje por la ventana y oír el tremendo concierto de los pájaros, bajo a la cocina, me hago un café, doy la comida y las medicinas a los perros —las pastillas contra la artritis a Lunes, o el antibiótico a Sol que tiene siempre problemas intestinales—, y luego llega Mohamed con el periódico. Y aunque son muchos los días que no los leo más que en titulares porque ya es suficiente para ponerme de malhumor, me ocupa tiempo. Y para cuando me doy cuenta son las nueve de la mañana.
El verano, si no es lluvioso como ha ocurrido a veces, es una época deliciosa en que todo parece más fácil. Los niños rondan medio desnudos por el inmenso jardín y se van tostando al sol que les cae sobre la piel entre las hojas de los árboles. Casi no hay tiempo para pararse a pensar. Somos tantos que apenas terminamos una cosa ya hay que comenzar otra, desayunos, comidas, meriendas y cenas se suceden entre los deberes de verano, dar de comer a los burros, bañarse, el paseo de las tardes y los libros que apenas abrirán cuando por la noche caigan derrengados en la cama.
Entonces, cuando apagamos las luces y Carmen, la maravillosa Carmen capaz de llevar ella sola la organización de un monasterio y sin la cual no sé qué sería de mí en este mes de julio, da las buenas noches y se va a su habitación en la casa pequeña que antes fue de los guardas, es el momento del vaso de vino, de la cerveza o del gin-tonic bajo la parra que nos protege del relente de la noche. Y los fines de semana cuando vienen los padres de los niños, es decir los hijos, y con ellos los amigos, la mesa se llena de gente, de fuets, ensaladas, tortillas de patata y de un jamón que nos manda desde hace muchos años el señor Navarro del Arca de Noé en Lanjarón, provincia de Granada, la tienda que descubrimos Juan Benet y yo en un viaje a la sierra de Las Alpujarras. Y cae la noche de golpe sobre nosotros y como si nos refugiáramos en ese reducto de delicias y de amor para descansar de las atrocidades que el mundo nos ofrece cada día, las conversaciones tienen un tono más pausado, menos estridente que durante el día lleno de gritos, de juegos, de peleas y de bromas. Lo sepamos hacer o no, sea o no sea posible, es la hora de alargar el tiempo.
 
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