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EL MAESTRO DEL MAL: UNA SOCIEDAD SECRETA UNIDA EN TORNO AL MÁS CRUEL RITO ANCESTRAL de JIM HOUGAN

65 x 65 pixel Capítulo 1

Cinco horas de sueño. Me froto los ojos, salgo de la casa y me agacho para recoger mi ejemplar enrollado de The Washington Post de debajo de una azalea. Nunca sé dónde lo encontraré; el que lo lanza nunca va más allá de la primera base.
—¡Buenos días! Hace un día precioso, ¿no te parece?
Es Yasmin Siegel, mi vecina de ochenta y tantos años del otro lado de la calle; junto a ella está su labrador negro, Cookie.
—Sí, supongo. —Saco el periódico de la funda de plástico transparente.
—En serio, Alex, un día como éste en Washington —sacude la cabeza, en un gesto de incredulidad— es un regalo. ¿A finales de mayo? Hay días terribles. —Me señala con el dedo—. Disfrutadlo, los niños y tú.
—Confiaba en que lloviera —le digo, con la mirada puesta en el cielo azul, completamente despejado.
—Vale —replica Yasmin, con una risita—. Muy bien, Cookie, he captado el mensaje. —Se despide con un gesto despreocupado y se dirige hacia el parque.
La verdad es que deseaba que lloviera. Por si acaso, miro la previsión meteorológica en el periódico.
No. Nada de un frente que avanza rápidamente, ninguna tormenta que se avecina desde Canadá o el Atlántico.
Un día precioso.
Entro en casa y preparo la cafetera. Mientras espero que haga lo suyo, busco los tazones y las cucharas para los chicos, sirvo dos vasos de zumo de naranja, cojo un par de plátanos, los dejo sobre la mesa y saco una caja gigante de Cheerios de la alacena.
El problema con el día precioso es que tengo trabajo pendiente, unos cortes de última hora en un reportaje que se emitirá esta noche. Pero cortes o no, les prometí a los chicos —mis hijos gemelos de seis años— que todos los sábados podrían elegir un lugar al que ir de excursión. Hoy han escogido la feria medieval, que naturalmente está más allá del quinto pino, pasado Annapolis. Sólo la ida nos llevará más de una hora. Nos estropeará el día.
Como es la primera visita de los chicos desde Navidad —y sólo la segunda desde que Liz y yo nos separamos—, ésta es la primera de las excursiones. Así que no tengo escapatoria.
Me digo a mí mismo que no pasa nada. Venga, adelante. Tengo que hacer los cortes a tiempo para dejar el archivo en la cadena cuando vayamos de camino a la feria.
Hasta ahora los niños y yo lo estamos llevando bien, aunque tras sólo seis días ya estoy rendido y tengo que hacer malabares en la cadena. Esto es algo que hará feliz a Liz, tanto la falta de sueño como el hecho de que, después de menos de una semana, ya me esté quedando atrás en el trabajo. Introdujo la cláusula del tiempo cuando fijó las condiciones para las visitas. No quiso saber nada de que me llevara de viaje a los chicos, ni siquiera durante algunos días al mes. «¿Cómo podría competir yo si cada vez que están contigo es como si estuvieran de vacaciones?», dijo. (Me los llevé a esquiar a Utah durante los cuatro días que pasaron conmigo en Navidad.)
Lo que quiere Liz es, como ella dice, un mes de «vida normal». Trabaja a jornada completa en el Museo Infantil de Portland. Quiere que viva la experiencia real, veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, de tener a los chicos y un trabajo; quiere que me las apañe con la colada, el acostarlos, con los malos hábitos alimentarios, con los amigos y los padres de los amigos. Si hay alguna oportunidad de reconciliación, de tener una esposa y unos hijos, no será cuestión de una simple llamada telefónica. Ser el único progenitor durante un mes me obligará a que la familia sea lo primero. En lugar del trabajo.
En la biografía oficial de la cadena soy el tipo que «va detrás de las historias más arriesgadas en los lugares más duros». Esto me ha hecho ganar varios premios, pero empiezo a pensar que a costa de perder a mi familia. Estaba en Moscú cuando los gemelos dieron sus primeros pasos, en Kosovo cuando Kevin se rompió el brazo, en Mazar-al-Sharif en su primer día en el parvulario.
«Si contamos las horas —dijo Liz—, es probable que veas más a los chicos este mes que en los últimos dos años. Quizá incluso te guste.»
El café está hecho. Le añado un poco de leche y estoy a punto de dejar la botella sobre la mesa para los chicos, cuando recuerdo que Kev no probará la leche si no está helada. La meto de nuevo en la nevera.
El caso es que me gusta tener a mis hijos conmigo, incluso a pesar de los trastornos que me ocasionan. Liz tenía razón: supongo que siempre me resultó muy cómodo dejar que ella hiciera la mayor parte del trabajo «parental», o como se diga. Resulta que eso de la rutina es cuando conoces de verdad a tus hijos. Había olvidado lo divertidos que son, sus acertadas observaciones, la apasionada concentración que dedican a determinadas tareas. Lo mucho que los echaba en falta.
En cualquier caso, todo eso del rollo medieval no me apetece en absoluto. Supongo que, después de un largo viaje en caravana, no será más que un aburrido y caro recorrido por lo que sólo es un falso parque de atracciones isabelino. Mujeres y hombres disfrazados de damas y caballeros. Justas y fingidos duelos a espada. Titiriteros y magos. Eso es algo que no me va. En absoluto.
Ofrecí otras alternativas: una visita al zoo, una película y una pizza, pero ellos no cedieron. Han estado dándome la lata con la feria desde que vieron el anuncio en la tele.
A estas alturas yo también lo he visto, porque los chicos lo grabaron y me obligaron a verlo. Un caballero con una armadura resplandeciente galopa en primer plano. Detrás hay una empalizada donde los pendones ondean al viento. Con una enorme lanza en la mano, el caballero sofrena a su caballo, se levanta la visera y, en un entusiasta inglés isabelino, exclama: «¡Venid a la feria medieval de Maryland!»
A mí me pareció algo pobre, y cometí el error de comentárselo anoche a Liz cuando hablamos por teléfono, más que nada por compartir unas cuantas quejas amables sobre la crianza de los hijos.
A cambio, recibí una dura regañina de mi esposa. ¿Pero es que no me había enterado de que los padres disfrutan con lo que hace feliz a sus hijos? ¿Qué me había creído, que ella era una entusiasta del osito Barney? ¿De los Teletubbies? ¿De El ataque de los clones? «Precisamente cuando iba a felicitarte por haber encontrado algo que encaja tan bien con su programa cultural fuera del horario lectivo... —añadió Liz—. No sé en qué estaría pensando.»
Yo no sabía nada de ningún programa fuera del horario lectivo, y eso, desgraciadamente, quedó muy claro. Me lo explicó: a los chicos les encantan las historias del rey Arturo; son unos verdaderos expertos en el tema.
Ni idea; aunque una vez que Liz lo mencionó, recordé que los chicos no habían dejado de hablar de la Mesa Redonda y de Merlín. También se habían pasado horas batiéndose en duelo en el patio con espadas de plástico. Unas espadas de plástico que, sí, habían traído en las maletas.
Vale, demostré una falta de curiosidad por las espadas de plástico, ¿es eso tan malo, o es que Liz tiene razón y soy el padre más egocéntrico del planeta? A diferencia de su madre, que vive en Maine, y que está enterada de todo.
Maine. Me dejo caer en la silla delante del iMac de mi despacho. ¿Se podría haber ido a un lugar más lejano? ¿Sin expatriarse? Por supuesto, la respuesta es sí; podría haberse ido a Alaska, Hawai, Los Ángeles... Podría haberse ido a muchísimos lugares. Pero...
Pulso una tecla y espero a que la pantalla se reactive. Mi reportaje —«Boda afgana»— estaba acabado hasta que a las nueve de la noche de ayer me avisaron de que tenían que añadir unos anuncios de promoción y debía recortar otros dos minutos. Hice los cortes lógicos anoche, pero todavía necesito quitar cuarenta y cuatro segundos. El reportaje tiene ahora sólo siete minutos, así que cortar es peliagudo. Lo que desaparezca en este momento será algo a lo que no quiero renunciar.
En un principio, «Boda afgana» formaba parte de un especial de una hora sobre Afganistán, montado alrededor de una visita de Donald Rumsfeld a aquel castigado país. Hice una larga y bonita entrevista al secretario de Defensa sobre el estado de la recuperación después de la guerra. Entrevisté a Karzai. Filmamos excelentes imágenes de los equipos encargados de la reconstrucción de la carretera que va de Kandahar a Kabul. También había un pastiche de escenas felices de la vida en las liberadas Kabul y Kandahar: niñas que iban a la escuela; la inauguración de una clínica para mujeres; afganos felices escuchando música; bailes... Todo ello rematado con la boda: una pareja afgana que celebra su boda largamente postergada.
La ceremonia iba a tener lugar en un pueblo cercano a Kandahar; una zona segura, o al menos eso nos dijeron. El equipo y yo llegamos allí con nuestras cámaras, ningún problema. Incluso con las cámaras, la boda comenzó a la hora en punto. Y entonces la feliz ocasión se convirtió en una pesadilla cuando la tripulación de un F-16 despistado que buscaba un presunto cónclave talibán interpretó erróneamente la reunión de la boda en tierra.
Cuatro muertos, quince heridos.
El corte fue separado del reportaje de una hora sobre Afganistán. Ahora, la filmación de la boda iba a formar parte de un ambicioso reportaje sobre los daños colaterales: Golfo I (Saddam y los kurdos), Mostar (el puente), Gaza y Jerusalén (no combatientes muertos por ambos bandos), Afganistán (mi trozo de la boda), Liberia (manos y pies amputados), Golfo II (muertos por fuego amigo). El programa —el Gran Dave va detrás de un Emmy— acabaría con un corte sobre la madre de todas las historias de los daños colaterales: el 11-S.
Busco mi corte en el iMac. En la pantalla, la pesadilla aún no ha comenzado. La cámara muestra los rostros resplandecientes de los novios, y luego pasa a un primer plano de las banderitas norteamericanas enganchadas a sus ropas nupciales.
—Papá, ¿podemos desayunar en la sala y ver los dibujos animados en la tele?
Doy un salto. Liz se largó con los chicos hace más de seis meses, y después de una semana de visita, todavía no me he acostumbrado a la manera que tienen de materializarse.
—Jo, tendré que poneros cascabeles.
Kevin se ríe.
—¿Podemos? —dice Sean.
—¿Qué?
—¿Tomar el desayuno en la sala? Por favor...
Me encojo de hombros.
—¿Por qué no?
—¡Genial! Vamos, Kev.
Pero Kev no se mueve.
—¿Cuándo vamos a ir a la feria medieval?
Me pregunto qué puedo hacer para zafarme.
—Creo que sobre el mediodía.
—¡Ni hablar! —exclama Kevin—. No veremos nada.
—Kevin —le dice su hermano—, si abren a las once, y no cierran hasta las siete. —Luego, como acaba de aprender las horas, Sean añade—: De la tarde.
Kevin mira a su hermano.
—No me digas. De la tarde. —Se vuelve hacia mí—. ¿Lo prometes? ¿A mediodía?
Hago ver que lo pienso.
—No, no puedo prometerlo.
Sean suelta una risita y a continuación ambos gritan a coro:
—¡Papá!
Al menos ahora, después de una semana, saben cuándo bromeo. El primer par de días se miraban el uno al otro, desconcertados. Decir que se habían olvidado de mi sentido del humor lo subraya: se han olvidado de cómo soy; un deprimente recordatorio de que seis meses han bastado para convertirme en un extraño para mis hijos.
Cuando salen de la habitación, ordeno los trozos de la filmación que marqué anoche para los posibles cortes. Cierro el volumen y me reclino en la silla mientras miro. Tardo unos minutos en comprobar cómo los diversos cortes afectarán la continuidad.
Decido que quizá tenga que desaparecer la secuencia del hombre moreno. Dura treinta y ocho segundos, y si soy capaz de vivir sin ella, estoy salvado.
Una última ojeada.
El hombre moreno es uno de los hermanos de la novia. La ceremonia ha concluido y él sostiene su arma —es un AK— en la mano alzada. Con una sonrisa socarrona, hace unos cuantos disparos como demostración de su júbilo. Me gusta, la ironía de los disparos como celebración en un país donde los sonidos de la guerra no parecen cesar jamás. En el mismo momento en que la cámara se acerca al rostro feliz del hombre, salta toda la pantalla.
La sacudida es la consecuencia del impacto de la primera bomba lanzada por el F-16.
La sonrisa del hombre moreno deja paso a una expresión de pasmo, y luego se convierte en una intrigada contemplación de su fusil, como si de alguna manera fuese el responsable de lo que está pasando. Todavía está uniendo los puntos cuando estalla la segunda bomba, ésta tan cerca que la pantalla se llena instantáneamente de polvo y escombros. Visible sólo en silueta, el hombre moreno vuela por los aires y después se estrella contra una roca, cubierto de polvo, la mirada desenfocada, con un reguero de sangre que mana de una de sus orejas.
La cámara se vuelve hacia mí. Yo también estoy cubierto de polvo, de pie delante de un saliente rocoso. Hablo por el micrófono. Luego vemos a un grupo de mujeres que se lamentan al tiempo que señalan hacia el cielo. Yo otra vez. Después, la aterrorizada novia que mira el rostro de su novio herido de muerte.
Rebobino. Compruebo el contador. La secuencia es buena, pero es periférica. Pulso unas cuantas teclas y desaparece.
Me ocupo del corte que hice anoche. Quito los pocos segundos que necesito y después continuó el visionado. Me detengo cuando aparece la imagen del hombre moreno; no sé cómo unos pocos encuadres han sobrevivido a mi edición. Los elimino y sigo, sólo para asegurarme de que la continuidad es correcta. La congelo cuando entran los chicos —ésta debe de ser la décima vez— para recordarme que es hora de irnos.
—Se ha hecho tarde —afirma Kev—. Son casi las doce y media.
—¡Vámonos! —lo apoya su hermano.
—Vámonos —repite Kevin con una graciosa voz afectada. Me doy cuenta de que es una voz caballeresca.
—¡Sí! ¡Tus leales escuderos Sean y Kevin te lo suplican!
De pronto, me veo asaltado por los dos: el rubio lord Kevin y su réplica, sir Sean. Me tiran de las mangas y dan saltitos, como si se estuviesen meando.
—Sólo dejadme que...
—¡Por favoooor!
Con un suspiro, cojo el ratón.
—Vale.
—¿Quién es ése? —pregunta Sean, al tiempo que señala la pantalla.
Me detengo en la imagen que muestra el rostro del novio, con la mirada perdida, la cara oscurecida por un velo de sangre.
—Sólo es un tipo —le respondo.
—¿Qué le pasa? —quiere saber Kevin mientras el rostro maltrecho y desencajado del novio herido desaparece de la pantalla. Lo que los chicos no ven es que la bomba le ha volado las piernas. Lo que ven es el terror en su rostro.
Doy la orden para salir del programa y saco el disco.
—Estaba asustado.
—¿Por qué?
—Porque estaba en una guerra, lo habían herido y eso... eso asusta.
—Quiero verlo —insiste Sean.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque tenemos que irnos —les respondo, mientras me aparto de la mesa.
Sean echa a correr hacia la puerta, pero Kevin se queda donde está, con sus grandes ojos azules fijos en mí.
—¿Ese hombre va a morir?
Titubeo. Luego le contesto:
—Sí.
Apoyo una mano sobre el hombro de Kevin e intento conducirlo hacia la puerta, pero él no se mueve.
—¿Papá?
—¿Qué?
—¿Tú estabas allí... con ese hombre?
—Sí.
—¿Y no podías ayudarlo?
Respiro hondo.
—No. Nadie podía haberlo ayudado.
Si bien lo que digo es cierto —el hombre murió menos de tres minutos después de filmar la escena—, la pregunta de Kevin me inquieta. No se podía hacer nada por el novio, y sí que ayudé a algunos de los demás. Aun así, no dejamos de filmar.
Kevin asiente, pero después de un momento, dice:
—¿Papá?
—Sí.
—No creo que ese hombre quisiera que alguien le sacara una foto.
Me pongo en cuclillas para estar al mismo nivel que mi hijo.
—Algunas veces, si muestras una cosa horrible, como la guerra, entonces las personas de todo el mundo pueden ver lo terrible que es, y eso puede ayudar a evitarlas. Creo que ese hombre...
—¿Se puede saber qué estáis haciendo? —Sean entra en la habitación con una expresión impaciente, y luego vuelve a salir a toda prisa—. ¡Venga!
—Sí —dice Kevin, y se lanza tras su hermano—. ¡Venga!
Agradezco la interrupción, sin estar muy seguro de creerme mis propias palabras. Es una buena frase. ¿Qué es una información objetiva e impactante? ¿Qué es explotación?
En Kandahar, el equipo de filmación se asustó. Fui yo quien continuó filmando. Todavía me angustia. Algunas veces no puedo evitar sentirme culpable. La cuestión es que me gano la vida con el sufrimiento y la muerte; demonios, incluso me dan premios.
—¡Papá! —gritan los chicos desde la sala mientras guardo el disco en su funda de plástico—. ¡Vámonos!
«Las lágrimas no están mal —solía decir Jerry Tumolo, el primer productor para el que trabajé—. Las lágrimas no están mal, pero la sangre es mejor. Un poquitín de sangre es lo que siempre capta la atención de la gente.»
 
 
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