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EL APRENDIZ DE SABIO : UNA GUÍA PERFECTA PARA MEJORAR TU VIDA de BERNABÉ TIERNO

65 x 65 pixel ANTOÑITA LA FANTÁSTICA

Necesidad imperiosa y desmedida de ser importante a cualquier precio

Esta necesidad, que convierte en seres patéticos a muchos individuos, tiene su origen en el vacío que produce la falta de autoestima, el no sentirse suficiente, capaz y con entidad propia. Por las circunstancias que sean una persona se siente insatisfecha y desgraciada con lo que es, lo que posee y lo que aparenta y con la imagen que tiene de sí misma y la imagen que piensa que han llegado a formarse los demás. Ese gran vacío, ese deseo de ser reconocido, estimado, valorado, se convierte en una idea fija, en una obsesión y ya sólo vive para procurarse momentos de gloria reales o imaginarios.
Quien padece esta necesidad imperiosa de ser importante busca caer bien a todo el mundo y para lograr este imposible no duda en mentir, deformar y disfrazar a cada instante la realidad de su vida, con tal de experimentar ese momento de gloria que necesita para vivir como el pez en el agua, para subsistir.

El hombre es de naturaleza un animal orgulloso que ama por encima de todo el soplo de la fama que acaricia su vanidad y lo adula con la admiración de sí mismo. R. BLACKORE

¿Es negativo el deseo de ser persona importante y valiosa y que los demás admiren nuestras cualidades y logros?

En absoluto; es humano, natural y loable un deseo moderado de ser tenido en cuenta, valorado, considerado, y las personas con una autoestima alta aprecian y desean sentirse queridas y consideradas, pero sin que ese deseo se convierta en una necesidad imperiosa de aparentar.
En la mayoría de las necesidades desmedidas e imperiosas, seguramente en las doce mencionadas, nos encontramos con un denominador común: un ego inflado, de gran tamaño, de alguien que no es, y precisamente por ese no ser ni sentirse lo suficiente necesita compensar y llenar ese gran vacío, esa falta de autoestima y aparentar, y para lograrlo nada mejor que hincharse, arrogarse méritos, cualidades, éxitos, riquezas, fama y reconocimientos.

¿Qué hacer para librarse de la necesidad imperiosa de ser importante?

Aprender a ser tú mismo, a valorar lo que eres y tienes, a no compararte con nadie y empezar a descubrir que ya eres suficiente por ti mismo como ser único e irrepetible, trabajar el principio de la potencialidad pura (en el siguiente capítulo) y la autoestima, así como las lecciones del curso Aprendiz de sabio, que guardan relación directa con este tema.

TENER RAZÓN: RESPIRACIÓN ASISTIDA

Que a quien la razón no vale, ¿qué vale tener razón? PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA


Necesidad imperiosa y desmedida de tener siempre razón

Es un deseo obsesivo y persistente de que los demás se muestren siempre de acuerdo con lo que pensamos, sentimos y decimos. Quienes padecen este síndrome discuten por todo de manera apasionada, incluso violenta, como si les fuera la vida en ello y es verdad; porque si los demás no le dan la razón, no se ponen de su parte, el adicto a tener razón se siente inseguro, como desnudo, desprotegido, sin entidad.
¿Por qué para tantas personas resulta imperiosa la necesidad  de tener razón?
Porque tener razón les proporciona la estabilidad y seguridad que no tienen por sí mismas, por su personalidad, su criterio, sus conocimientos y experiencias.
Cualquier psicólogo experimentado habrá podido observar que, casi siempre, tras un adicto a tener razón se encuentra un niño inseguro y asustado que creció en una familia en la que equivocarse era peligroso y muy doloroso. Los padres hipercríticos y/o maltratadores físicos y psíquicos generan hijos con una necesidad obsesiva por seguir teniendo razón. Aprendieron a sentirse seguros como sus padres. Éste es el verdadero motivo por el que se que se empeñan en que los demás les den la razón, porque estar equivocados les produce ansiedad, inseguridad, miedo, vulnerabilidad.

¿Cómo se comporta el adicto a tener razón?

Existe siempre una gran cerrazón mental, falta de escucha atenta y de empatía, porque su autoestima está vinculada a la sensación de que lo que dice y piensa es verdad y nadie se lo discute, ya que no soporta las ideas contrarias, le sacan de quicio. Tras la necesidad de tener razón subyace el deseo permanente de tenerlo todo controlado, con el desgaste físico y psíquico que supone convivir con seres humanos normales, que defienden su criterio y su verdad ante alguien que no admite otros criterios, opiniones y verdades que los que coinciden con su verdad y le dan la razón.
Si quieres comprobar hasta qué punto alguien de tu entorno es adicto a tener razón, prueba a dársela; dile: «Admito que me he equivocado». ¿Sabes qué sucederá? Lo más probable es que tu contrincante no te escuche y prosiga su pelea verbal contra ti; si no es así, también puede ocurrir que, pasados unos minutos, te provoque y saque a relucir un tema controvertido en el que llevarte la contraria.

Mal medio es de atraer a un hombre a la razón el tratarle como si no la tuviera. CONCEPCIÓN ARENAL


Tener razón en las relaciones de pareja

Puede suceder que un miembro de la pareja no sea adicto a tener razón y admita con facilidad que se equivoca. Al principio de la relación las cosas pueden ir moderadamente bien, mientras el adicto a tener razón desempeña su papel de maestro, de autoridad, de controlador y el otro representa el papel de discípulo, de subordinado. Pero pronto la persona psicológicamente sana se percata de que no puede vivir de continuo alimentando el ego de un compañero de viaje con el que sólo es posible convivir dándole la razón siempre y en todas las circunstancias.
Si los dos miembros de la pareja son adictos a tener razón, ninguno de los dos escucha ni se entera del punto de vista del otro. La ofuscación es total y mutua, y la relación se deteriora en poco tiempo. En las discusiones de pareja he observado que casi siempre se reproduce el mismo patrón de comportamiento: la mujer quiere dejar muy claro lo que siente, cómo le afectan las cosas y sigue la razón que asiste a sus sentimientos; el hombre suele centrarse más en los hechos y en su lógica, en los argumentos, deja a un lado los sentimientos o no les concede la debida importancia.
Ni que decir tiene que en situaciones como éstas es imprescindible la ayuda de un buen terapeuta de pareja que les enseñe a ver el punto de vista del otro y a razonar desde posiciones y campos distintos, los sentimientos por un lado y los hechos por otro. Tan aceptables son las razones de los sentimientos como las de la lógica de los hechos, cada uno tiene su parte de verdad.

El adicto a tener razón se librará de su adicción si:
• Aprende a escuchar y a ser empático.
• Pone fin a las discusiones eligiendo la paz y admitiendo al menos en parte algo del punto de vista del otro.
• Deja de esforzarse por cambiar al otro y empieza a cambiar él mismo.
• Es capaz de distanciarse del tema objeto de discusión y se observa a sí mismo como sujeto obcecado que reacciona de manera desproporcionada.
• Cae en la cuenta de que nadie está en posesión de la verdad total o absoluta, a lo sumo posee una parte de verdad o mejor su verdad, la manera en que ve y vive una determinada situación.

AMOR INSACIABLE,  PERSONA INSOPORTABLE

El primero y más fundamental derecho es el derecho al amor. PHIL BOSMANS


Necesidad imperiosa y desmedida de amar y ser amado

Como afirmo en mi libro La fuerza del amor (Temas de Hoy, Madrid, 1999), el amor es la fuerza que más unifica los procesos de la personalidad. De la misma manera que buscamos la verdad no sólo con la cabeza, sino con todo nuestro ser, como decía san Agustín, también podemos decir que amamos con todo nuestro ser, ya que el amor moviliza nuestros recursos psicofísicos en beneficio de la persona amada y también en el nuestro propio. La fuerza del amor es tan evidente que, hasta para convalidar la verdad necesitamos de él y sin amor es imposible alcanzarla, como reconocía Platón al afirmar «el amor es filósofo».
Nadie puede poner en duda la necesidad del amor, como la necesidad del alimento, del aire que respiramos, de la luz, del agua y del sol que nos alumbra. El amor es un sentimiento espontáneo, natural y necesario que no puede imponerse a la fuerza ni por la fuerza puede decretarse su aparición. El componente emotivo del amor, como el de los demás sentimientos, hace que éste surja y desaparezca espontáneamente. Tan incoherente es quien prohíbe amar como quien exige por la fuerza ser amado, ya que todo amor es hijo de la espontaneidad y de la libertad interior.
Cuando amamos lo hacemos con todo nuestro ser; ama nuestra mente, nuestra inteligencia, nuestra voluntad; aman todas nuestras potencias y ama nuestro cuerpo con todos sus sentidos. Disponer desde el primer día de nuestra vida de un fuerte y seguro lazo afectivo, que los expertos llaman apego y que no es otra cosa que el amor y la seguridad que nos proporciona nuestra madre, determina y condiciona nuestro futuro.
La seguridad y confianza en nosotros mismos, el sentirnos valiosos y capaces de afrontar dificultades y con un buen nivel de autoestima guardan relación directa con la vinculación del niño con sus padres, con el amor incondicional que recibe en los primeros años y que le proporcionará esa gran seguridad que lo hará caminar hacia una pronta y segura maduración psicoafectiva.

La serena razón huye de todo extremismo y anhela la prudencia moderada. MOLIÈRE


Si el amor es tan importante, ¿por qué se convierte en un problema tener la necesidad imperiosa de amar y ser amado? Porque todas las cosas en demasía, hasta el amor, se convierten en un problema. ¿Cómo se comporta la persona con una necesidad imperiosa de amar y de ser amada? De forma completamente primaria, inmadura y egoísta, porque sólo piensa en sí misma. Ama de forma posesiva, exigente y hasta impertinente, como si exigiese el amor por decreto y a la fuerza. No entiende que el otro pueda no tener esos mismos sentimientos o con menor intensidad y exigencias. Las razones son siempre: «Es que yo te amo con locura y sólo vivo para ti», y con este argumento ya cree que el otro tiene la obligación ineludible de amarle con la misma intensidad, como si amar fuera un acto que dependiera de la voluntad.
Necesitar a cada momento pruebas de amor y preguntar constantemente al otro «¿me amas?» demuestra que hay un vacío en el alma, un deseo no satisfecho de ser amado y de ahí la insistencia en demandar amor y también en darlo a raudales con la confianza y la esperanza de ser correspondido.
Por mi consulta profesional han pasado bastantes personas con una imperiosa necesidad de amar y ser amadas y su principal problema, y mío como terapeuta, era que llegaran a entender que su ritmo acelerado y sin freno de demostrar y exigir amor no podía sincronizarse con el ritmo normal y a muchas menos revoluciones con que rodaban los sentimientos amorosos de su pareja. El motivo de la consulta, solicitada casi siempre por la persona con una necesidad desmedida de amar, era manifestar que su esposo/a no la quería.
En algunos casos y tras varias sesiones de terapia he obtenido buenos resultados, cuando el insaciable en amor ha reconocido que su forma de amar funcionaba a muchas más revoluciones y con más intensidad que la de su amado/a. Ello no significaba falta de amor, sino formas distintas de amar: una con mayor equilibrio y madurez, de forma menos ansiosa y posesiva, y otra más inmadura y desequilibrada, generadora de ansiedad y creando posiblemente graves problemas en la relación amorosa.

¿Qué hacer para superar la necesidad imperiosa de amar y de ser amado?

Además de solicitar ayuda profesional y visitar a un buen psicólogo es fundamental averiguar cómo se produjo el vacío del sentimiento de ser amado. Las carencias afectivas pudieron aparecer en la infancia, en la adolescencia o en las primeras relaciones, fruto de algún desamor. Como siempre, es importante valorar los niveles de autoestima, seguridad en sí mismo, sentimientos de competencia y de valía personal. En la medida en que la persona con necesidad excesiva de amor se ame a sí misma, se acepte, valore y se considere importante y suficiente notará una mayor tranquilidad y equilibrio y percibirá que esa necesidad no es tan imperiosa, impertinente y exigente con la persona amada. No se puede amar de forma madura si uno no se ama a sí mismo o está vacío de amor. Para amar a otro es necesario amarse uno mismo y a la vida, y con un mínimo de alegría, esperanza y ganas de vivir.
El que está hambriento de amor nunca podrá ser saciado por un amor que provenga de fuera, precisa unos niveles suficientes de autoamor, de valoración y de reconocimiento de sus valores y cualidades para que el amor que le venga de fuera, por parte de la persona amada, pueda dar sus frutos. El amor suficiente a uno mismo mezclado con el suficiente amor del otro produce como resultado el cóctel de un amor maduro y con esperanzas de futuro.

© 2005, Bernabé Tierno                             
© 2005, Grupo Editorial Random House Mondadori, S.L.

 
 
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