Hotel Florida 2026: cómo las redes sociales distorsionan el periodismo y la visión de las guerras
La omnipresencia de las redes sociales ofrece elementos positivos para el periodismo, pero también unos cuantos peligros relacionados con la distorsión y la manipulación de la realidad. En el caso de la cobertura de guerras y conflictos armados este peligro crece exponencialmente. Es la tarea compleja que tiene el periodismo que busca mantener su responsabilidad en un mundo atrapado entre la posverdad, la polarización y la reconfiguración de un nuevo orden internacional dominado por la fuerza propia de otros tiempos.
¿Cómo informar y contar sobre la guerra en este momento de incertidumbre? ¿Qué papel juegan las periodistas en este escenario? ¿Cómo es la espiritualidad de nuestra época? ¿Cómo vivieron las mujeres la Guerra Civil? Estos son algunos de los temas que abordará la VIII edición de Hotel Florida, las jornadas anuales sobre periodismo y literatura organizadas por Ámbito Cultural, de El Corte Inglés, en la sala Callao, de Madrid. Del 26 al 31 de enero una veintena de periodistas, escritores y expertos debatirán sobre asuntos de ayer, de hoy y el mañana.
Estas jornadas tienen el nombre de Hotel Florida en homenaje al hotel madrileño que se encontraba en la plaza de Callao, donde en los años veinte y treinta del siglo XX se hospedaron escritores, intelectuales, creadores y corresponsales de guerra de todo el mundo que cubrieron la Guerra Civil de España (1936-1939).
Una de las preguntas que planeará sobre algunas de las sesiones es si las redes sociales han cambiado la forma de narrar las guerras y los conflictos o cómo pueden estar alterando al periodismo. Margaryta Yakovenko, periodista ucraniana en España, habla de aspectos positivos y a la vez de efectos contraproducentes, tanto para los medios de comunicación y la profesión como para la sociedad, y establece tres puntos:
“El primero es lo mucho que las redes sociales han acercado la realidad de los conflictos que ocurren en otra parte del mundo a nuestra vida diaria. Ahora mismo, son los propios protagonistas de las guerras, las víctimas que las soportan, los que tienen la capacidad de contar su historia en directo. Todos hemos visto vídeos de familias ucranianas escondidas en los refugios sin luz o en el metro de Kiev. O, como ha ocurrido con la masacre en Gaza, donde la mayoría de los periodistas locales aprovechaban las redes sociales para colgar los vídeos y las fotografías de los bombardeos que no podía registrar la prensa internacional, porque tenía vetado el acceso a la zona”.
El segundo aspecto citado por Yakovenko está relacionado con el hecho de que los periodistas tienen un mayor acceso a las víctimas, incluso sin estar sobre el terreno, lo cual es positivo, pero desemboca en el tercer punto con varios problemas: “El primero es que, con lo mal que ya está la cobertura internacional, se opte por no enviar a periodistas sobre el terreno y así ahorrar gastos (puedes pedir al periodista que contacte por Instagram con alguien que está viviendo en directo los bombardeos estadounidenses sobre Caracas y reproducir su testimonio).
El segundo es el peligro de las verificaciones de imágenes. En redes sociales se cuelan muchos vídeos y fotografías que quizás sean de otros conflictos y que se convierten en bulos gracias a usuarios malintencionados. A esto se suma, ahora, el uso de la inteligencia artificial. Generadores de vídeos o imágenes que son capaces de crear un producto que parece verdadero, pero que no lo es y vender una falsa realidad. En ambos casos, esto se soluciona apostando por los periodistas sobre el terreno: una mirada humana y empática que sirva de filtro y que explique lo que ocurre”.
Son aspectos que amplía Alfonso Armada, uno de los coordinadores de estas jornadas, de la revista digital Fronterad y ex corresponsal de conflictos. Armada lamenta el modo en que la presión sobre los enviados especiales y los corresponsales se ha incrementado de forma exponencial en la época de las redes sociales que tiende a distorsionar la realidad: “Todo se dispara a una velocidad de vértigo y lo que manda es el último impacto, la emoción, el ser el primero, y el que además ofrece imágenes o palabras como destellos, dentro de una estética tiktokera que nos sume en un espectáculo incesante que nada significa, que fascina, entretiene y no sirve para nada”.
Otro aspecto sobre el que advierte es el peligro que corre la profesión en sí misma: “Que el enviado especial tiene que compaginar con soportes múltiples y, al mismo tiempo, estar presente constantemente en las redes le convierte en un agitador, más que en un reportero, en un informador que necesita tiempo: para llegar (y documentarse antes al máximo, leer todo lo posible), enterarse de lo que está pasando, ganarse la confianza de las fuentes, buscar un ángulo original cierto y emocionante, comprobar que es cierto lo que le cuentan, corregir, elegir los términos adecuados, evitar el sensacionalismo, la superficialidad, la emoción sin datos…”.
Y tiempo, lamenta Alfonso Armada, es lo que no hay, además de genera los riesgos tanto para periodistas como para el público. Luego cita un elemento antiguo, pero que toma fuerza por parte de algunos gobiernos: “Los periodistas deben sortear algo que cada vez es más difícil: países como Israel o Venezuela o Sudán o Rusia, han restringido total o en buena medida el acceso de los medios internacionales al lugar de los hechos. Quieren controlar la verdad. Quieren impedir que los ciudadanos tengan información fiable de primera mano. Se convierte a los periodistas en objetivo militar, como ha pasado en Gaza, donde, si hemos seguido sabiendo del genocidio, es gracias al sacrificio de cerca de 200 reporteros que han sido asesinados mientras hacían su trabajo. Los líderes menos escrupulosos o más autoritarios, han convertido a los periodistas en enemigos del pueblo, y, en muchos lugares, han perdido el prestigio que tenía”.
No olvida Alfonso Armada una autocrítica: “A veces nos hemos convertido en parte, hemos infringido la ley sagrada de no separar los hechos de las opiniones, la verdad de la ficción; o se nos ha visto el plumero político, o hemos dejado de ser periodistas para convertirnos en activistas. Y, sin embargo, hacemos más falta que nunca para que el mundo no se vaya por el desaguadero del da lo mismo, todos mienten, no hay hechos sino interpretaciones…”.
La mujer en la guerra
Se trata de un escenario que ha enriquecido su información con la incorporación, cada vez más, de mujeres que narran los conflictos. Anna Caballé, crítica literaria y autora de importantes biografías, que participará en la sesión Escritoras y guerra (civil). Otras miradas, analiza esta presencia. Empieza por recordar que “entre todas las dimensiones posibles desde las cuales se puede hablar de la guerra, hay una que es insustituible y muy difícil de medir y es que, forzosamente, la guerra, cualquier guerra, obliga a los seres humanos a enfrentarse a un grado de sufrimiento que no es el habitual y cotidiano. En una guerra el mundo que nos sostiene normalmente se hunde bajo los pies”.
Entonces, explica que desde el punto de vista historiográfico en el relato que se acaba construyendo sobre una guerra, un relato que cada generación adopta e interpreta, según sus propias necesidades y puntos de vista, “algo ha cambiado sustancialmente en las últimas décadas: las mujeres se han incorporado a él como protagonistas obteniéndose una comprensión mucho más holística y completa de la tragedia que supone cualquier enfrentamiento bélico. Libros como Una mujer en Berlín, de la periodista Marta Hillers o las Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich son ejemplos de cómo las mujeres han ampliado la narrativa de un mundo en guerra”.