Javier Cámara (58 años / Albelda de Iregua, La Rioja, 1967) no es solo uno de los actores españoles más queridos, más versátiles y con dos premios Goya, sino que es un gran contador oral de historias. Lo demostró en nuestro ciclo Mi vida en películas, de Ámbito Cultural, de El Corte Ingles, y la revista Cinemanía, donde presentó su nueva serie Yakarta (Movistar Plus+), de Diego San José, y repasó su trayectoria.
En 1991 debutó en el teatro con El caballero de Olmedo, de Lope de Vega y dos años después en la película Rosa Rosae, de Fernando Colomo. En 1998 empezó su popularidad tras rodar Torrente, el brazo tonto de la ley, de Santiago Segura (nominado al Goya como Actor revelación), y en 1999 la serie de televisión 7 vidas (1999-2006). Ha hecho más de cuarenta películas y recibió ocho nominaciones a los premios Goya, incluida una por Hable con ella, de Pedro Almodóvar, de los que ha ganado dos: como protagonista por Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013) y como actor de reparto por Truman (2015).
De la conversación de Javier Cámara con Andrea Gutiérrez Bermejo, redactora jefa de Cinemanía y colaboradora de Historia de nuestro cine (RTVE), surge este Mi vida en películas:
Mis primeros impactos en el cine
Recuerdo de niño ver Rashōmon, de Akira Kurosawa, y me flipó que te contaran una historia tres personas. Las comedias me fascinaban, Con faldas y a lo loco, El apartamento, vi un ciclo de Lubitsch. La ley del deseo, de Pedro Almodóvar, me guillotinó la cabeza.
De acomodador a actor
Lo más alejado para mí era pensar que yo iba a salir en una pantalla. Nunca en mi vida lo pude imaginar, ni lo pensé, ni lo ansié, jamás. El cine me gustó cuando empecé a ganar dinero y podía pagarme ir al cine, eso fue ya en los ochenta en Madrid y tenía veintibastantes años. En mi pueblo iba poco al cine. Me gustaba más el teatro.
Sabía que era un espectáculo brutal. En mi casa veía la televisión y el UHF era una maravilla, porque había siempre ciclos de cine impresionantes. Cuando tuve mis primeros sueldos de acomodador en el Teatro Fígaro, en Madrid, ya con mis colegas queríamos ser actores Luego fui acomodador en el Cine Doré y camarero en su terraza de verano.
Entrar y salir de los personajes
Hay algunos que te acompañan un poco, otros en los que te metes, que los encarnas y otros que no. Por ejemplo, cuando hablo de El olvido que seremos, donde interpreto al doctor Héctor Abad Gómez, el padre asesinado del escritor Héctor Abad Faciolince que escribió la novela, normalmente siempre me emociono. Hay otros personajes que abandonas. Este de Yakarta me sigue doliendo un poquito, porque es un personaje que fue una víctima y que, desgraciadamente, ha dejado algunas víctimas por el camino. Es un personaje complicado.
Actuar es difícil
Cada cierto tiempo hay un actor fascinante que hace una voltereta mortal y tú dices: “Pero ¿qué está haciendo? ¡Qué barbaridad!”. No sabéis lo difícil que es estar así de bien con todo lo técnico que hay alrededor en cine y teatro. ¿Cuál es la varita que te toca? Carmen Machi o Carmen Maura o Victoria Abril en Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto.
Rendido a Fernando Fernán Gómez
Fernán Gómez es una referencia para España entera. Era un actor apabullante, un director increíble, un hombre del Renacimiento, un hombre que hablaba, que ha tenido programas de televisión, que ha escrito increíblemente bien, que ha sido académico de la lengua. Es el gran referente creativo, intelectual, actoral. Es una referencia para todos los que nos dedicamos a la cultura en general. Me sigue apasionando esa generación.
Actuaciones que me deslumbran
Me fascina Javier Bardem en Antes que anochezca o Philip Seymour Hoffman en Antes que el diablo sepa que has muerto o Meryl Streep en Los puentes de Madison. En España es una suerte haber trabajado con Carmen Machi, María Pujalte, Mónica López, Candela Peña, María Isbert, Amparo Baró o Natalie Poza.
Un consejo que recibí
Ricardo Darín me dio uno sin dármelo, yo lo tomé así. Antes de rodar Truman nos reunimos en mi apartamento con él y Cesc Gay, el director, para una lectura del guion. Lo primero que dijo Darín fue contarnos por qué había decidido hacer ese personaje y la película. Un ejemplo de cómo un actor se compromete. Las cosas te tienen que tocar el corazón, si no, no vas a tocar el corazón. Los actores somos fingidores, pero ya que puedes aportar algo, apórtale un trozo de tu vida.
Mi relación con Meryl Streep
Hice el casting para El diablo viste de Prada después de haber ensayado muchísimo. A la jefe de casting le gustó. Y, entonces, me dijo la frase maravillosa: “¿Puedes hacer lo que has hecho un poco más rápido?”. Le dije: Tengo que decirte algo muy importante: Yo más rápido en inglés no lo puedo hacer, ni ahora ni en ocho semanas. He dado el puto máximo en esa prueba”. Y me dijo con mucho cariño: “Nunca he tenido delante un actor tan sincero”.
Antes, cuando fui con Almodóvar a los Oscar por Hable con ella, estábamos en la alfombra roja y yo muy cerca de Meryl Streep, que tenía un vestido muy amplio, y pensé: Por lo menos, voy a tocar el vestido. Me fui acercando, hasta que lo toqué. Y dije: Todas las vibraciones por los actores y las actrices de España.
Mi consejo
Lo aprendí de Javier Bardem y su generosidad. Rodábamos en Madrid Torrente y él me dijo que cerca estaba John Malkovich haciendo casting para Pasos de baile. Nunca me atreví a ir al casting. Varios años después supe que Paolo Sorrentino buscaba un actor español para la serie El papa joven, con Jude Law. Yo lo había conocido añas atrás y tenía su email. Pero no me animaba a escribirle. Unos amigos me insistieron y terminé rodando con él.
A mí me tomó treinta años quitarme esa pacatería, esa timidez, esa no sé qué. Hoy les digo a los colegas que hay que ir por la vida diciendo: “Mira, yo no sé quién soy todavía, no sé en qué consiste mi talento, no sé en qué consiste este fuego que tengo dentro. Pero yo quiero que tú veas si soy bueno o no soy bueno. Hazme un casting, por favor”. Y estoy seguro que te hace el casting Pedro Almodóvar.