A partir de los ocho años, Luis Alberto de Cuenca (74 años / Madrid, 1950) empezó a meterse en la cama con un diccionario enciclopédico, porque todo le interesaba. Ahí nació su pasión por la historia y la geografía, que alentaron su curiosidad por las humanidades, hasta llevarlo al descubrimiento y gozo de la poesía. Sus versos mezclaron tiempos y espacios y los puso a dialogar con el presente. Una travesía poética por la que lleva tres años recibiendo premios, sobre todo en 2025: desde el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, hasta el José Luis Sampedro del Festival Getafe Negro, o Antorcha, que concede el ayuntamiento de Málaga, pasando por el de los libreros de El Corte Inglés, por su poemario Ala de cisne, en Un año de libros.
Luis Alberto de Cueca debutó en 1971 con Los retratos. Hoy tiene una treintena de poemarios que lo sitúan como una de las voces relevantes de la poesía española contemporánea. Su nombre saltó al gran público en 1985 con el libro La caja de plata, Premio de la Crítica, donde tuvo claro que su vida la dedicaría a la poesía. Y a la poesía clara, nada hermética ni oscura.
W. Manrique Sabogal. ¿Usted llegó a la poesía o la poesía llegó a usted?
Luis Alberto de Cuenca. Me llegó muy pronto. Creo que se nace poeta más que se hace uno poeta. Una cosa es que naciendo poeta puedas escribir versos o no. Se puede, perfectamente, ser poeta sin escribir un solo verso en la vida. Pero, en mi caso, empecé a escribir muy pronto. Tipo doce años, en un cuaderno de tapa roja que me regaló mi madre. Ahí escribí lo que había leído, es decir, lo que me había inspirado, que era, sobre todo, Juan Ramón Jiménez.
Luego empecé a leer otros textos, a imbuirme de toda la cultura poética que va desde los griegos hasta la actualidad. Y, la verdad, es que me causó una impresión maravillosa en mi vida.
W. Manrique Sabogal. William Shakespeare es esencial en su vida, ¿llegó a él o él lo encontró a usted?
Luis Alberto de Cuenca. Con unos doce años, cuando acabé la reválida de cuarto, le pedí a mis padres las obras completas de Shakespeare. Lo había leído en la colección A la luz de clásicos adaptados a la juventud, basados en una colección inglesa de principios de siglo XX con unas ilustraciones maravillosas. Mis padres me compraron el ejemplar de Aguilar, con la traducción de Luis Astrana Marín.
W. Manrique Sabogal. La claridad en los poemas es muy importante para usted, un poco a contra corriente, ¿cuándo fue consciente de que quería esto?
Luis Alberto de Cuenca. Más tarde de lo que habitualmente puede pensarse. La claridad poética la veo como un horizonte a alcanzar y una meta a seguir. Después de haber publicado Elsinore, en 1972, es decir, que se puede hablar de que en Scholia, de 1978, están mis primeros versos donde me aproximo a la estética de la claridad. Después viene un libro clave: La caja de plata, de 1985. Y fue el paso decisivo para que me dedicara a la poesía.
W. Manrique Sabogal. ¿Qué opina del auge del verso libre?
Luis Alberto de Cuenca. Son puertas que se van abriendo a la historia de la historia de la poesía, donde todas son interesantes porque suponen un avance. Pero el avance no tanto en la calidad, sino el avance en posibilidades de elegir un tipo de poesía u otro.
Estamos en un momento muy sincretista, todo está muy mezclado, no hay tendencias dominantes. Se puede escribir un libro de soneto sin que a nadie le dé vergüenza y, también, uno de poesía fonética, por ejemplo, que son ruiditos y quedan muy bien. Todo está en la cultura poética de nuestro tiempo, del arte.
A mí me interesa el versículo, el poema en prosa versicular, basado en dos fuentes fundamentales: en Whitman y en la Biblia. Y, probablemente, Whitman en lo que se basó, básicamente, fue en la Biblia.
W. Manrique Sabogal. Es la intensidad, el tono, la voz y cómo se proyecta y se potencia. ¿Y la poesía más actual cómo la ve?
Luis Alberto de Cuenca. Sí. Y siempre le digo a la gente joven que me pregunta qué se debe hacer para convertirse en poeta: Leer, leer. Porque, en el fondo, es lo único que nos puede hacer poetas. Ahora hay en las redes sociales una especie de mitificación del hombre autodidacta o del que no tiene que hacer nada, salvo escribir. Resulta irrisorio ver los esfuerzos que se hacen desde la nada.
La poesía es un aprendizaje complejo y necesita mucha dedicación, muchas horas de lectura. Es como las oposiciones, pero de lectura gozosa, divertida, de imitación, simpática en ocasiones, de reestructuración del material clásico en otros. Soy mucho de coger temas clásicos y darles la vuelta un poco.
W. Manrique Sabogal. Usted, que pone a dialogar a la tradición con diferentes tiempos y el presente, ¿cree que ahora hay menos preparación y búsqueda de la excelencia? ¿Tiene esto algo que ver con el declive en la enseñanza de las humanidades?
Luis Alberto de Cuenca. Estoy plenamente de acuerdo contigo y es parte de mi discurso. Se ha perdido el sentido de la excelencia, lo mismo se ha perdido en las aulas. Se ha ido a un igualitarismo perjudicial porque se anula, por ejemplo, la competición. Como dijo Heráclito, la lucha es el padre de todo. Un 90% de los sonetos que se publican hoy en España no lo son, es terrible cómo se juega con la tradición.
Cuando se hablaba de la postmodernidad, allá por los años 80 o 90 del siglo XX, ya se hablaba del todo vale que ha seguido su curso tan campante y vencedor.
W. Manrique Sabogal. Sus poemas crean una mezcla armónica donde no existe el tiempo realmente.
Luis Alberto de Cuenca. Eso es lo importante: la palabra armónica, para abolir las fronteras del tiempo. Para eso lo que hay que hacer es buscar esa armonía que produce la fusión gozosa, entrañable, nada doloroso, sino todo lo contrario de lo popular y de lo clásico, de la tradición y de la vanguardia.
W. Manrique Sabogal. En sus poemas suele haber historias y hay historia.
Luis Alberto de Cuenca. Eso está muy bien visto, porque la narración es algo que siempre ha estado en la poesía, hasta un determinado momento. Y yo sigo creyendo que es un elemento importantísimo de la poesía, la narración.