Artes

Miguel Ángel Buonarroti: 550 años de la eternidad del misticismo y la seducción en el arte

WINSTON MANRIQUE SABOGAL
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Detalle de la portada del libro de Giorgio Vasari 'Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue hasta nuestros tiempos' (Cátedra). /Ámbito Cultural
Conmemoramos a uno de los artistas más grandes de todos los tiempos. Creó obras inmortales como la escultura de 'David', los frescos de la Capilla Sixtina o la cúpula de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano
2025-12-09 00:00:00

Miguel Ángel Buonarroti, el artista que confirmó el Renacimiento e iluminó la escultura, la arquitectura y la pintura con color, telas en movimiento, historias evocadoras y figuras perfectas tocadas por la luz, prefería el negro para vestir. ¿Gusto, sobriedad, dandismo o lujo? Es solo uno de los detalles de Martin Gayford en su biografía Miguel Ángel. Una vida épica (Taurus), de quien, en 2025, se conmemoran 550 años de su nacimiento, el 6 de marzo de 1475, en la villa italiana de Caprese.

La vida de este gran artista, fallecido a los 89 años, el 18 de febrero de 1564, en Roma, y que dedicó toda su vida a la creación, ha sido narrada y analizada por diferentes biógrafos y escritores a lo largo del tiempo, en un intento por desentrañar el milagro de su genio y llegar a zonas desconocidas u olvidadas.

El primero en acercarse a su vida y tratar de capturar su espíritu creador fue Giorgio Vasari (1511-1574), al incluirlo en su clásico Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue hasta nuestros tiempos (1550, y segunda edición 1568). Con ese mismo empeño lo intentó en este siglo XXI Mathias Enard, en la novela Habladles de batallas, de reyes y elefantes. Relata, de manera conmovedora, el hipotético viaje de Miguel Ángel a Constantinopla y lo que habría significado para él aquel encuentro entre Occidente y Oriente, a la vez que recrea las intrigas vaticanas, palaciegas, artísticas y los sueños y dudas íntimas y creadoras de El divino, como lo llamaban.

 

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Escultura de el 'David', de Miguel Ángel.

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En estas tres obras destellan siete de sus obras inmortales, siete etapas de su vida en las cuales sublima el cuerpo, la materia y el espacio envueltas en un aire de misticismo, sensibilidad y seducción:

Baco con un sátiro, esculpido con 21 años (1501).

Piedad, un grupo escultórico creado entre los 23 y 24 años (1498-1499).

David, una escultura colosal cincelada entre los 26 y los 29 años (1501-1504)

Capilla Sixtina, frescos que relatan el génesis bíblico recreado entre los 33 y 37 años (1508-1512).

Moisés, esculpido con 38 años (1513).

Juicio final, en la Capilla Sixtina, fresco iniciado con 61 años y terminado a los 66 (1536-1541)

Basílica de san Pedro del Vaticano con su cúpula celestial, iniciada cuando tenía 72 años (1546).

 

A continuación, las voces de estos tres biógrafos, admiradores y estudiosos que recuerdan la grandeza y el impacto de Miguel Ángel:

 

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Detalle de la Sibila de Cumas, de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

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Sobre la bendición de Dios

Giorgio Vasari:

“Mientras industriosos y egregios espíritus, con la ayuda de las luces de Giotto y de sus continuadores, se esforzaban por dar al mundo muestras del talento que la benignidad de las estrellas y la proporcionada combinación de sus humores habían brindado a sus ingenios, deseosos de imitar con la excelencia del arte la grandeza de la naturaleza, para alcanzar lo más posible -con esfuerzos tan universales como vanos- esa suma del conocimiento que muchos llaman inteligencia, el benignísimo Rector del cielo volvió, clemente, los ojos hacia la tierra y, viendo la inútil infinidad de tantos empeños, los ardientes estudios sin fruto alguno y la opinión presuntuosa de los hombres, bastante más alejada de la verdad que las tinieblas de la luz, resolvió, para librarse de tantos errores, enviar al mundo un espíritu que, en cada una de las artes y en todas las profesiones, fuera universalmente capaz y por sí solo mostrase cuál es la perfección del arte del dibujo, en materia de línea, contorno, sombra y luz, y diese realce a las cosas de la pintura y con recto juicio obrase en escultura, e hiciese viviendas cómodas y seguras, sanas, alegres, proporcionadas y enriquecidas por los varios adornos de la arquitectura. (…)

Cuando concluyó su misión como podestá, Ludovico regresó a Florencia, y confió a Miguel Ángel al cuidado de la mujer de un cantero en la villa de Settignano, a tres millas de la ciudad, donde tenía una propiedad de sus antepasados, donde abundan las piedras y hay muchas canteras de granito, en que trabajan continuamente los canteros y escultores, nacidos en su mayor parte en aquel lugar. Por eso, conversando un día Miguel Ángel con Vasari, le dijo en broma: ‘Giorgio, si hay algo bueno en mi ingenio, lo debo al haber nacido en la sutileza del aire de vuestra tierra de Arezzo y al haber mamado con la leche de mi nodriza los cinceles y el mazo con que hago mis figuras”.

 

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Cúpula de la Basílica de San Pedro, de Miguel Ángel Buonarroti.

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Sobre el desdén del padre

Martin Gayford:

“Incluso de niño, la voluntad de Miguel Ángel fue mucho más fuerte. A pesar de que ser azotado ‘le resultaba extremadamente desagradable, no fue suficiente para hacerlo desistir’. No parece que su padre se interesara nunca mucho por su obra: los comentarios conservados en su correspondencia denotan menosprecio. En 1500, Lodovico escribió desde Florencia: ‘Me place mucho que estés siendo objeto de tantos honores, pero sería todavía más feliz si estuvieras acumulando un poco de riqueza, pese a que tengo en mayor estima el honor que el beneficio. Sin embargo, si ambos van juntos, como debería ser, mi dicha sería mucho mayor aún. Siempre he pensado que dos opuestos no pueden atraerse, y sin embargo, tú has logrado convertirlos a los dos en compañeros de cama’. La reflexión que se desprende de esto es: bien hecho, hijo mío, pero podrías estar haciendo algo mucho mejor”.

 

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Detalle de la portada del libro 'Miguel Ángel. Una vida épica', de Martin Gayford

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Sobre el misterio de Constantinopla

Mathias Enard:

“Salió de Florencia el 1 de mayo para embarcarse en Ancona, tras seis días de indecisión. Los franciscanos regresaron hasta tres veces, y por tres veces los mandó de vuelta pidiéndoles que siguiesen esperando. Leyó y releyó la carta del sultán, con la esperanza de que una señal del papa pusiese fin a su incertidumbre. Julio II debía de estar demasiado ocupado con su basílica y con los preparativos para una nueva guerra. Después de todo, servir al sultán de Constantinopla suponía una dulce venganza contra aquel pontífice guerrero que lo había hecho expulsar como a un mendigo. Y la cantidad que le ofrecía el Gran Turco era asombrosa. El equivalente a cincuenta mil ducados, es decir, cinco veces más de lo que le ha pagado el papa por dos años de trabajo. Un mes. Eso es todo lo que pide Beyazid. Un mes para planificar, diseñar e iniciar la construcción de un puente entre Constantinopla y Pera, un barrio septentrional. Un puente para cruzar eso que llaman el Cuerno de Oro, el Khrusokeras de los bizantinos. Un puente en el centro del puerto de Estambul. Una obra de más de novecientos pies de largo. Miguel Ángel intentó persuadir a los franciscanos de que no estaba cualificado. Si el sultán os ha elegido lo estáis, maestro, respondieron ellos. Y si vuestro diseño no complace al Gran Turco, lo rechazará como ya rechazó el de Leonardo da Vinci. ¿Leonardo? ¿Yo después de Leonardo da Vinci? ¿Después de ese patán que desprecia la escultura? Acto seguido, y sin apenas darse cuenta, el monje encontró las palabras precisas para convencer a Miguel Ángel: Si aceptáis, lo superaréis en gloria, pues habréis triunfado allí donde él fracasó, y le estaréis ofreciendo al mundo un nuevo monumento sin igual, como vuestro David”.