Rafael Soler: “Hay que ser exigentes con los recuerdos para que no te construyan una vida que no has vivido”
Hay pocos novelistas y cuentistas que se han pasado a la poesía con éxito. Y menos aún, ingenieros y sociólogos. Rafael Soler (Valencia, España, 1947) es uno de ellos. Lo ha hecho, desde los años ochenta, con versos celebratorios impregnados de alegría, aunque aborden asuntos como la nostalgia o el dolor. Su secreto lo compartió en el ciclo #LdeLírica de Ámbito Cultural de El Corte Inglés, en Callao, en Madrid.
El escritor valenciano, conocido como Isla Grande, ha publicado desde 1979 once novelas, ocho poemarios y seis plaquettes. Soler conversó con Gonzalo Escarpa, poeta coordinador de dicho ciclo, sobre sus inicios narrativos y su paso a la poesía, sobre por qué se considera un outsider o no cree en el canon o cómo es su método de creación. Puedes ver el video completo AQUÍ.
Una charla acompañada de lecturas de sus poemas de la que surge este Diccionario Rafael Soler:
El narrador y poeta español Rafael Soler en el ciclo LdeLírica de Ámbito Cultural en abril de 2026.
Entre ciencias y letras
Soy sociólogo, porque yo soy un hombre de letras. Cuando tenía 14 años, mi padre —entonces estábamos en bachillerato y en quinto elegías ciencias o letras— dijo: “Bueno, Rafa, vamos a hacerte un test psicotécnico para ver para qué sirves”. A esa edad ya había leído varios libros como El este del Edén, todo Salgari. El test salió que yo estaba muy dotado para las letras. Y mi padre me dijo: “Rafa, vas a ser ingeniero”.
Escritor en medio de la locura
Desde que me casé, y mi mujer me animó, escribo. Mi vida era una locura. Pero me puse a estudiar sociología, que es lo que me gusta de verdad. En cuatro años escribí cuatro novelas que nunca vieron la luz porque estaba aprendiendo. Descubrí mi verdadera condición, la de poeta. Yo llevaba dentro el ritmo, la música, yo era poeta.
Mis primeros libros
Mi primer libro publicado fue una novela, El grito (1979). Al año siguiente, Adonáis me publica el poemario Los sitios interiores, con el cual gano el premio del Instituto Nacional del Libro a la mejor obra publicada por autores de menos de 40 años. Ese poemario me da muchísima cancha durante cuatro o cinco años en el mundo de los poetas. Y es ahí cuando tengo la oportunidad de vivir de las rentas de ese libro, escribiendo y compartiendo tiempo con los amigos poetas.
Poeta, ante todo
En poesía tuve como mentor a Luis Jiménez Martos, y en narrativa a Ricardo Senabre. Con él, como jurado del Premio Cáceres, gané mi segundo premio de novela corta con El corazón del lobo. Tenía ya cuatro novelas, había publicado dos libros de relatos y uno de poesía, pero tenía clarísimo que yo era poeta por encima de todo. Las novelas que he escrito están marcadas por la musicalidad del lenguaje.
El poeta Rafael Soler en la sala Callao de Ámbito Cultural de El Corte Inglés, de Madrid en 2026.
Un outsider
A mí me gusta mucho más escuchar que hablar. En los encuentros me gusta buscar una posición más discreta y transparente. Soy bastante outsider, soy muy independiente, y estoy bien en ese espacio un poco de nadie y de todos.
Aliado de la ironía
He utilizado y utilizo mucho la ironía. La ironía es una herramienta maravillosa para meterte en jardines muy complicados y ponerte estupendo, sin caer en el dramatismo. Utilizo la ironía tanto en la poesía como en la prosa. Es una herramienta importante.
El primer verso…
Yo rompo aguas con un poema cuando, de repente, te cae como un coco en la cabeza y dices: “¡Uy!, ¿esto qué es?”. El título viene a partir del verso seis, siete u ocho. Los primeros versos son como ojeadores de una gran migración que te están llevando a un territorio que tú mismo no sabes cuál es, hasta que empiezan a martillear versos que tú transcribes y, luego, cuando lo lees, dices: “Oye, pues esto está bien”. En ese descarte de los primeros versos, el poema empieza hacia el siete, muchas veces ahí encuentro el título y funciona.
El misterio del poema
Yo tengo algunos poemas no escritos en estado de gracia, pero sí en una especie de medio trance, de arrebato, de momento sagrado en el que recoges casi al dictado. Cuando eso ocurre, yo escribo en unos cuadernillos, termino el poema y, si veo que está bien, le pongo una, dos o tres admiraciones y lo fecho. Yo no vuelvo sobre esos cuadernillos, a lo mejor en un año.
Cuando vuelvo, es curioso, porque los pocos poemas que tienen admiraciones no hay que tocarlos. Otros hacen buena compañía. Dejas pasar unos días y vuelves a sacarlos. Hay que tallar mucho un poema. A mí no me gusta manosear mucho los poemas.
Claves a la hora de escribir
Pasión, humildad, anhelo, nostalgia. Me reconozco en ese orden a la hora de escribir. Son cuatro escalpelos necesarios para entrar en quirófano, a la hora de abordar un poema.
Recuerdos y memoria
En una conversación escuché una gran definición de lo que es un recuerdo: “Es la descomposición de una ausencia”. Me parece muy brillante y muy terrible.
Mi último libro, Memoria y no, aborda, precisamente, la importancia que tiene la memoria en la construcción de nuestra vida desde los recuerdos, porque, al final, todos son recuerdos, y hay que ser exigentes con ellos para que no te construyan una vida que no has vivido.
Aunque tenemos que vivir de cara al futuro, no de cara al pasado, y luego la pérdida de la memoria y del lenguaje, en ese sentido el recuerdo puede ser un gran compañero.
¿El canon?
El canon no acabo de entenderlo bien. Soy responsable de los Lunes literarios del Café Comercial. He conocido poetas maravillosos, que no sé si son canónicos. Todos estamos en la casa común. Hay que dar cancha a jóvenes, a menos jóvenes, a periféricos, a consagrados. Además, he abierto una pequeña ventana a la novela y a algo de ensayo.
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