Santiago Alba Rico: “Las clases medias empiezan a tratar sus cuerpos como mercancías que tratan de ser renovadas constantemente”
Para hacer algo que no es físico: amar más y expresar y recibir afectos y sentimientos. No para durar por durar, sino para sentir más. Esta es la respuesta de Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) a la pregunta: ¿Para qué querer la inmortalidad?
El filósofo y escritor español conversó con Marta Peirano, periodista experta en tecnología y coordinadora del ciclo El presente artificial, organizado por Ámbito Cultural de El Corte Inglés, en la sesión que llevó como título ¿Queremos vivir para siempre?
La pregunta no es solo si podemos vivir más tiempo, sino qué significa realmente vivir.
Cada vez hay más personas centenarias, pero parece que el límite general se sitúa en torno a los 110 años. El ser humano se empeña en empujar esos límites más allá de lo que hasta ahora ha sido su condición natural. Para el filósofo, no es lo mismo inmortalidad que juventud. Y advierte del espejismo de las tecnologías emergentes, cuyas promesas de derrotar el tiempo nacen de una lógica capitalista que concibe la vida como algo indefinidamente prolongable y optimizable. La pregunta esencial, para Santiago Alba Rico, es, entonces, cómo concebimos la humanidad y qué estamos dispuestos a sacrificar para extender su duración.
Recogemos varias de sus reflexiones expuestas en la charla.
El filósofo y escritor español Santiago Alba Rico durante la conversación con Marta Peirnano en el ciclo El presente Artificial, de Ámbito Cultural, en febrero de 2026.
¿Inmortalidad o juventud eterna?
No hay que confundir la inmortalidad con la prolongación de la juventud, que también es un sueño que ha acompañado a una parte de la humanidad desde hace miles de años. Los mitos griegos son buenos para explicar cosas porque, además, abren muchas puertas. En este caso está el mito de Eos y Titono. Eos, la aurora de rosáceos dedos, tenía aventuras eróticas con mortales. Uno de ellos fue Titono, de quien se enamoró y fue correspondida. Eos, entonces, pidió a Zeus que le concediera la inmortalidad a Titono. El padre de los dioses se la concedió, pero no le dio la eterna juventud. Así, Titono envejecía eternamente, hasta que Eos lo metió en una cajita, porque iba perdiendo tamaño. Zeus lo convirtió en grillo y lo encerró en una jaulita donde eternamente envejeció.
Es lo que nos ha pasado.
Capitalismo e inmortalidad
El capitalismo nos ha concedido la ilusión de la inmortalidad, pero lo que nos ha dado ha sido vejeces más largas, muchas de las cuales, además, por desgracia, acaban encerradas en cajitas, en absoluta soledad, como esos grillos en los que nos vamos convirtiendo con los progresos médicos y tecnológicos.
El problema es un modelo social. Las clases medias empiezan a tratar sus cuerpos como mercancías que tratan de ser renovadas constantemente para no perder la marcha del mercado, para no quedarse fuera. De ahí la apuesta por cirugías estéticas, por gimnasios, por la higiene excesiva. Todas ellas son tentativas de parecerse a esas mercancías siempre nuevas, siempre frescas, siempre lozanas que compramos en los mercados.
No se puede confundir el deseo de juventud, con el deseo de inmortalidad, porque la inmortalidad, de alguna forma, tiene que ver con el no-cuerpo. La única manera que tenemos los seres humanos de ser inmortales es no teniendo cuerpo.
Una maldición
Los relatos y mitos de la inmortalidad suelen estar concebidos más como una maldición que como una ventaja. En el cristianismo, por ejemplo, se ve la incapacidad para imaginarse el paraíso que está lleno de seres descarnados cuya felicidad, cuyo éxtasis de beatitud, consiste en la contemplación de la figura divina. En cambio, sí es capaz de representarse muy bien el infierno lleno de dolor, porque el dolor está encarnado. Entonces, sí que es posible la supervivencia infinita del cuerpo, pero solo como maldición.
El futuro en disputa
Estamos en una encrucijada civilizacional que tiene que ver con qué clase de humanidad queremos. Está esa frase famosa de Montesquieu: “Es bueno amarse a uno mismo, pero es mejor amar a la patria más que a uno mismo”. Y esa frase la completó, siglo y medio después, Rafael Barreto, de la Generación del 98: “Pero lo mejor de todo es amar más a la humanidad futura que a la humanidad presente”. Eso es lo que está en juego.
Por ejemplo, ¿el linchamiento o el derecho a la presunción de inocencia? O ¿la imaginamos como una disputa entre el humanismo y el poshumanismo? ¿Cómo concebimos la humanidad? ¿Dónde está depositada la humanidad? ¿Está en los cuerpos frágiles, combinación de carne y palabra? ¿En esos cuerpos que son mitad cocineros y mitad enfermeros? ¿O está en la desencarnación de una inteligencia separada de los cuerpos y que por lo tanto no es pensamiento? ¿Dónde está la humanidad?
Obviamente, estos millonarios digitales de Silicon Valley han apostado por el poshumanismo, por dejar atrás esta idea de cuerpo que es muy falible, que es muy frágil, que ha introducido muchos errores y también muchas desgracias.
Porque casi siempre ha triunfado el linchamiento sobre el derecho o ha triunfado el patriarcado sobre la igualdad de género. Es una batalla en la que también hemos hecho algunos avances a lo largo de los siglos. Esa es la batalla, esa doble batalla.
El privilegio de la muerte
La única cosa que todavía los seres humanos somos capaces de hacer mejor la IA es morirnos. Y tendrá que tener alguna ventaja morirse. Esa ventaja tiene que ver con tres cosas: con el pensamiento, con el amor y con la risa. Y están directamente asociadas con nuestra mortalidad y con nuestra fragilidad. Esa es la humanidad que yo quiero defender.
Hay una relación de la inmortalidad con la ausencia de risa, con la seriedad. A todos los dictadores que aspiran, de alguna manera, a la inmortalidad, les preocupa la risa.
Vivir para sentir
(Marta Peirano habló de una serie del periódico británico The Guardian con personal médico que atiende pacientes en cuidados paliativos, quienes contaron que lo que más lamentaban esos pacientes no era que no pudieran vivir más tiempo, sino no haber estado más con sus seres queridos o haberles expresado más sus sentimientos).
Esto ocurre a partir de un cierto momento, cuando hay mucha menos vida por delante. Los italianos lo llaman rimpianto, que es como un doble llanto. Cuando eres joven tienes más energía que cuerpo y la muerte es algo que sucede a los demás. Entonces, cuando el tiempo empieza a entrar en tu cuerpo te planteas, ¿qué he hecho con el tiempo? Y aparecen todas estas cosas que dices: el hombre o la mujer a quienes no besé, la carrera que abandoné, el libro que no escribí; todas estas cosas que no hiciste y que están inscritas en otro tiempo que no has vivido y que ya no vas a poder vivir.