Nuestras marcas

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 La mejor selección de nuestras mejores marcas

La elegancia de la burbuja

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La selección de uvas en su punto justo de madurez, cosecha a mano y un suave prensado posterior, hacen de los champagnes Club del Gourmet en El Corte Inglés una apuesta de garantía. Finos y elegantes, combinan a la perfección tradición y excelencia.

 No hay momento más hedonista que aquel que se presenta en compañía de una copa de champagne. Suaves burbujas que recorren el paladar en un gesto de elegancia y frescura, lleno de vida, aroma y sabor. El champagne, fiel compañero de aperitivos y postres, pero también perfecta armonía de comidas en varios actos, dado su versátil carácter gastronómico.
Burbujas como las que ofrece la marca Club del Gourmet en El Corte Inglés, que cuenta con tres referencias: Cuvée Brut, Brut Rosé y Cuvée Blanc de Blancs. Todas ellas de primera calidad. Las uvas que los hacen posibles son dulces naturales, lo cual permite que la adición de azúcar esté limitada. Seleccionadas y recogidas a mano en su punto óptimo de madurez, nacen de viñedos situados en la parte más meridional de la región de Côte des Bars. Se cosecha la uva a mano y se somete a un suave prensado; cuidado proceso en el que los sulfitos se reducen a mínimas dosis. Seleccionadas por El Corte Inglés, las tres referencias son diferentes en color, aroma, sabor y posibilidades gastronómicas. Desde burbujas asalmonadas a los ligeros tonos dorados, con uvas Pinot Noir o Chardonnay, incluso pasando por guarda en barrica de roble. Tres referencias que reflejan la elegancia y que no dejan indiferente, conquistando hasta los paladares más exigentes.

Cuvée Brut revela la delicadeza de los grandes champagnes, con un sabor afrude tado gracias a la exposición soleada de los viñedos. Está compuesto de un 80% Pinot Noir y un 20% Chardonnay y es de color amarillo pálido con reflejos de oro blanco. En nariz, la expresión recuerda a manzana, melocotón y flor de lila. En boca, melocotón blanco y ciruela. La Pinot Noir es responsable de esas notas a frutas mientras que la variedad Chardonnay le da frescura y ligereza. Es una opción espumosa perfecta para acompañar platos de pescado, un queso de cabra, especialmente el de media curación.

Cuvée Brut Rosé es un champagne 100% Pinot Noir de típico tono asalmonado, marcado por los tradicionales champagnes que se elaboran con este tipo de uva. Potente y sensual en aroma, presenta notas de cereza y rosa, bayas rojas y especias dulces. La granadina y los frutos rojos están presentes en boca, donde este espumoso se muestra redondo y halagador. A la mesa combina bien con bullabesa, sopa de arraigo en el recetario francés; ensalada de camarones, sopas, cremas y consomés; charcutería y ahumados.
Cuvée Blanc de Blancs es un sorprendente y complejo champagne envejecido seis meses en barricas de roble francés. Está elaborado con 100% Chardonnay y su color es champagne de refl ejos dorados.

Tiene aromas florales de mirabel y espino, manzanas frescas y cítricos blancos. En boca aparece la manzana y la naranja, con toques de ciruelas amarillas y un final boscoso. En cuanto a su armonía gastronómica, es una gran opción para salmón, salmón ahumado, mariscos en salsas suaves o crudos. También para acompañar sushi y ensaladas frescas.

Luminoso y tierno Marron Glacé

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De la naturalidad y diversidad de los frutos gallegos a uno de los dulces más reconocibles en Europa desde el siglo XVII: el Marron Glacé Club del Gourmet en El Corte Inglés.

los bosques de Galicia albergan la más amplia riqueza genética de castañas de Europa con más de 140 variedades de este fruto, siendo considerada la castaña gallega una de las mejores del mundo. De todas estas variedades, apenas cinco de ellas reúnen las cualidades necesarias para someterse a la compleja metamorfosis que transformará esta mágica semilla en un delicado Marron Glacé, el más apreciado de los dulces en Europa desde el siglo XVII. Su proceso de elaboración es lento y cuidado.
En primer lugar se seleccionan los mejores frutos, atendiendo a rigurosos criterios; frutos de un calibre extragrande (entre 50 y 60 frutos por kilo), de forma redondeada, textura firme y carnosa, sabor dulce y un porcentaje de humedad entre un 55 y un 60%, para que el posterior confitado resulte perfecto. Una vez seleccionados, se someten a un delicado proceso de pelado con vapor de agua, con el fin de minimizar la agresión al fruto y preservar su estructura. Manualmente, uno a uno, se retirarán después los restos de piel interna que hayan quedado adheridos y se descartarán aquellos frutos que presenten alguna imperfección.
Limpia y desnuda, la castaña inicia su lenta metamorfosis, confitándose a baja temperatura durante 7 días, muy lentamente, en un delicado néctar perfumado a la vainilla. Día a día se sumerge en un nuevo almíbar, cada vez más concentrado en azúcares, hasta que su corazón se ha impregnado plenamente. Una vez confitada, es tiempo de reposo, en el que la castaña espera paciente durante 24 horas su baño en finísimo azúcar glass aromatizado a vainilla, que le conferirá ese brillo especial y la protección necesaria para preservarse jugosa durante meses.
El resultado, el Marron Glacé Club del Gourmet en El Corte Inglés. Luminoso, translúcido y tierno, fruto de la mejor materia prima y del más esmerado proceso de elaboración, que justifica su valor sin excepción.


 

Frutos secos, salud concentrada

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 Un puñado de frutos secos es el aperitivo perfecto o el complemento ideal para cualquier receta. Son ricos en antioxidantes, minerales, vitaminas, grasas beneficiosas para nuestro organismo… introducirlos en nuestra dieta es hacer una apuesta deliciosa por la salud.

En la dieta mediterránea, los frutos secos ocupan, desde hace tiempo, un papel destacado. Estos pequeños aliados, en los que no siempre reparamos, constituyen un poderoso arma contra problemas cardiovasculares. Tenerlos siempre a mano, para tomarlos en forma de snack o formando parte de sabrosas preparaciones, es una gran idea desde el punto de vista nutricional.
Cada fruto seco tiene un superpoder distinto. Las avellanas y las almendras son, por ejemplo, ricas en antioxidantes que revitalizan nuestra piel y protegen frente a enfermedades degenerativas. Las nueces, por su parte, tienen la capacidad de reducir los niveles de colesterol y son muy ricas en vitamina B. Por otro lado, los pistachos aportan una buena cantidad de fibra y vitamina C.
Un caso especial es el del cacahuete que, pese a ser una leguminosa y no un fruto seco, se incluye habitualmente en esta categoría por sus propiedades nutricionales.
Lo mismo sucede con el anacardo, semilla del árbol del mismo nombre y que es rico en magnesio y fósforo. Ya en la cocina, los frutos secos pueden consumirse en crudo como snack saludable, pero también son ideales como ingrediente en ensaladas, guisos de carne o salsas. Además, resultan idóneos para elaborar postres saludables. En el Club del Gourmet en El Corte Inglés pueden encontrarse frutos secos seleccionados y de la mejor calidad: pura salud concentrada en la palma de su mano.

Sabores de la infancia

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 cogíamos almendras, las triturábamos entre dos piedras y almacenábamos la peladilla blanca, pulida, en enormes hojas de parra que luego enterrábamos en el bosque. Arrancábamos manzanas del árbol, duras y compactas, alguna con gusanos, e hincábamos los dientes en la piel áspera con ese doloroso estremecimiento de placer que dan las cosas ácidas, y tirábamos el corazón al suelo para que se lo comieran las vacas. ¿Avellanas?
Las partíamos con los dientes, les quitábamos la piel marrón y la telilla amarilla que las envolvía y comíamos hasta hartarnos. Tréboles, hojas de amapola, unas flores que tenían forma de ruedecilla y sabían a pan, menta, tomates y cebollas que robábamos de las huertas, todo lo engullíamos voraces y felices, sin que nada nos sentara mal, yo creo que, si hubiéramos comido
piedras, las hubiéramos digerido también. Unas peras tan pequeñas que apenas podíamos morder, granos de trigo, de cebada, ¿cómo es posible que incluso alguna vez comiéramos hormigas? ¿Moras? Había a cientos, nos embadurnábamos con su jugo, bailábamos, nos pintábamos cejas, nos poníamos uñas con pétalos de geranios y llegábamos por la noche a casa con las mejillas color vino, los labios negros y una deliciosa borrachera causada por el sol, la fatiga, la excitación de sabernos libres, sucios y fuera de todo control.

Cuando nos preguntaban, sin mucho interés, ¿qué habéis hecho en todo el día? nos encogíamos de hombros sin saber qué contestar y mamá nos sacaba entre risas una telaraña que se nos había quedado enredada en el pelo y nuestra niñera se empeñaba en echarnos mercromina sobre las rodillas despellejadas. Antes de dormir, y porque yo estaba muy flaca, recibía alimentos extras: un vaso de leche con un dedo de nata amarillenta, un trozo de chorizo atado con una cuerda y membrillo que escondía debajo del colchón porque no me gustaba.
¡Los sabores de la infancia! ¡Cuando todo era verano!
Sabíamos que era tiempo de regresar cuando los higos reventaban y surgía su pulpa embriagadora, un néctar como jamás he probado, y las vides se inclinaban con el peso de los racimos, unas uvas pequeñas y polvorientas, feas, muy distintas a esos granos gordos y sin mácula que nos sirven en los restaurantes, pero ¡qué melodía inacabable de dulzores sin fin!
Los días eran más cortos. Alguna vez, al atardecer, se ponía a llover con una furia impaciente, las moscas revoloteaban como presintiendo su muerte y te tenías que poner una rebeca. Regresábamos al invierno, a los calcetines altos, a las trenzas tan apretadas que te daban dolor de cabeza, al ballet de los sábados, pero todo lo soportábamos porque era el camino que debíamos recorrer para llegar al siguiente verano. Hasta que, maldita sea, nos hicimos mayores.

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