LAS COMARCAS TARRACONENSES HAN SIDO DESDE HACE MILENIOS UNA INVITACIÓN AL DELEITE DE LOS SENTIDOS.

 La provincia de Tarragona, con la Costa Daurada y las Terres de l’Ebre como grandes ejes turísticos, es una región privilegiada tanto por su ubicación como por su clima, algo que no pasaron por alto las importantes civilizaciones que echaron raíces en ella.

La honda huella de griegos, romanos o musulmanes legó un extraordinario tesoro cultural, histórico y, por supuesto, gastronómico que hoy sigue tan latente como antaño. Y es que Tarragona sobresale por ser un referente mayúsculo de la dieta mediterránea, una sabia miscelánea de productos del mar y de la tierra en los que la excelencia forma parte indisoluble de su ADN: el oro líquido de sus aceites de oliva, los pescados y mariscos sublimes de sus costas, por no hablar de sus deliciosos frutos secos y hortalizas, de sus mayestáticos caldos... No faltan, por supuesto, platos nucleares, esencia de una tradición gastronómica difícil de igualar. Así, cómo olvidar los romescos de pescado, los pies de cerdo con caracoles, el arroz negro, la truita amb suc (tortilla de espinacas con sofrito de ajo y caldo de carne), el civet de jabalí, el xató, los fideos rossejats o la dulzura del menjablanc, un postre único a base de almendras, azúcar y canela.

UNA COSTA GENEROSA

Desde la llegada de los fenicios hasta hoy, la Costa Daurada, al norte de la provincia de Tarragona, ha sido un destino de acogida. A pocos kilómetros de la capital, el visitante dispone de más de cien kilómetros de litoral, formado por largas playas de arena dorada interrumpidas por calas de formación rocosa donde disfrutar de un sol generoso en poblaciones como Salou, Torredembarra, El Vendrell y Calafell, cuna de los mejores xatós (ensalada de escarola, anchoas, bacalao, atún y olivas con salsa de romesco) de la zona. Bañada por un mar en calma, la pintoresca localidad de Cambrils ha sabido mantener su tradición pesquera, siendo su puerto uno de los más activos del litoral catalán. La subasta de pescado en la lonja bien vale una visita a la considerada capital gastronómica de la región debido, cómo no, a sus exquisitos y originales platos de pescado y marisco.

No se puede dejar de probar especialidades como los fideos rossos, elaborados con un fumet (sopa) de rape, congrios, galeras y cangrejos, el suquet de pescado (antigua olla de pescadores que configura el plato rey de la gastronomía marinera catalana) y el sabroso arroz con galeras y alcachofas. Acompañados siempre de deliciosas salsas elaboradas con aceite de oliva extra virgen DOP Siurana, como el alioli o la picada.
Otro municipio costero con encanto es Altafulla, una población con un marcado pasado medieval como atestiguan las calles y edificios de la Vila Closa y su interesante castillo del siglo XII. Es también cuna de una de las fiestas culinarias más tradicionales que tiene lugar en abril, la de la Olla, un guiso de conejo con patatas y verduras de lo más suculento. Costa abajo se halla l’Hospitalet de l’Infant, interesante tanto por las murallas medievales del antiguo hospital Coll de Balaguer, del siglo XIV, como por su recetario a base de atún del Mediterráneo, con originales propuestas como la clotxa, una suerte de bocadillo pan de payés al que se quita la miga y se rellena de atún y sanfaina. Más al sur, la cultura y la tradición de Tortosa, capital del Baix Ebre, conviven con el espectáculo natural del Delta. En esta bella ciudad se hallan vestigios de antiguos pobladores como los íberos, romanos, judíos y musulmanes, impulsores de platos autóctonos como el paté de aceituna negra, la sopa de tomillo, la tortilla de alcachofas, la sepia con cebolla o el estofado de cabra hispánica. Ineludible es visitar el castillo de la Suda, construido por Abderramán III en el 944, y la catedral gótica de Santa María, que se alza al otro lado del río Ebro. Y, claro está, deliciosamente encantador es pasear por la plaza de la Cinta y la calle de la Mercè mientras se degusta alguna delicatesen, ya sea el mostatxo, el cóc borratxo o la cucafera.

“A parte del aceite, estas tierras son famosas por el cultivo de la vid” 

PASEO POR LA MÍTICA TARRACO

Cualquier ruta gastronómica y cultural por la Costa Daurada pasa obligatoriamente por Tarragona, la capital, que puede presumir de contar con uno de los conjuntos arqueológicos más importantes del mundo: la ciudad imperial de Tarraco, declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en el 2000. La llegada de las tropas romanas a la Península Ibérica el año 218 a. C., cuando pugnaban con los cartagineses por el control del Mediterráneo, significó el nacimiento del primer asentamiento romano que, poco después, en tiempos de Julio César, se transformó en una de las ciudades más importantes del Mediterráneo y de la Hispania Citerior. Así nació Tarraco, una de las joyas del Imperio como lo atestigua el hecho de ser una de las pocas ciudades con circo, teatro y anfiteatro.

Descubrir la antigua Tarragona implica empaparse del aroma de su puerto pesquero, el más grande del litoral catalán, que tuvo mucha importancia durante la Edad Media, y a donde llega el pescado azul marca de calidad (MQ), entre cuyas especies figuran la sardina, el boquerón, la caballa y el jurel, base de platos típicos tarraconenses como la cazuela de romesco, el arroz marinero o el rossejat de fideus. El referente culinario local por excelencia es la salsa romesco, una inconmensurable mezcolanza de tomates, cebollas, ñoras, guindillas secas, aceite de oliva, pan, almendras y avellanas tostadas que acompaña a la perfección carnes, pescados, caracoles y hortalizas. Por supuesto, todo periplo gastronómico por la ciudad debe incluir una visita a su barrio marinero, El Serrallo.

Con su carismática iglesia neogótica de Sant Pere (1878) oteando el paso del tiempo, El Serrallo es donde mejor pueden saborearse los productos frescos del mar que llegan a Tarragona y platos típicos –como el arròs negre o el fideuejat–, ya sea en sus tabernas tradicionales o en restaurantes con propuestas innovadoras.
Un paseo por el conjunto arqueológico de Tarraco no puede por menos que empezar en el Paseo Arqueológico de las Murallas (siglo II a.C.). Ubicado junto al Portal del Roser, sus 800 metros de recorrido permiten contemplar la muralla que defendió la ciudad desde sus orígenes. Siguiendo el paseo por las callejuelas del casco antiguo se pueden contemplar los restos del Foro Provincial, sede de la administración pública de la provincia del siglo I a.C., convertido hoy en mercado agrícola por el que cada sábado es posible deambular entre los puestos de frutas y verduras, repleto de vitamínicas clementinas venidas de las Terres de l’Ebre, de avellanas de Reus y de calçots, las celebérrimas –protagonistas de la popular Calçotada de Valls el último domingo de enero– cebollas tiernas ungidas por las brasas y que los comensales bautizan ceremonialmente en salsa romesco.

Otro de los hitos de la mítica Tarraco es el circo romano. Construido en el siglo I d.C., albergaba carreras de caballos y carros, un espectáculo que llegaron a contemplar 30.000 espectadores. El anfiteatro, otra de las joyas, emplazado en el Passeig de les Palmeres, se construyó en el siglo II d.C. y tuvo capacidad para 14.000 espectadores que, en el interior de su planta elíptica, fueron testigos tanto de las luchas de gladiadores con fieras como de ejecuciones públicas. El Foro de la Colonia, la Necrópolis Paleocristiana, el Arco de Barà, en Roda de Barà, el acueducto de les Ferreres, la Torre de los Escipiones, el mausoleo de Centcelles, en Constatí, y la villa romana El Munts, en Altafulla, completan el patrimonio mundial de Tarraco.

Para recuperar energías tras visitar la Tarragona romana, nada como saborear algunos de los tentempiés de la ciudad, como la coca de recapte (con verduras), las maginets (tortas fritas con forma de oreja hechas con masa de harina, huevos y azúcar a la que se añade un caldo de coriandro, matalahúga, canela y peladuras de cítricos) y los carquiñoles de almendra, crujientes caprichos hechos a base de huevo, leche, azúcar, harina y almendras. Por supuesto, para grabar este dulce sabor en la memoria con una estampa de despedida de Tarragona, no hay mejor destino que encaminar los pasos hacia el retazo de Mediterráneo que la vio nacer.

Para encontrarse con el Mare Nostrum la mejor fórmula es enfilar la Rambla Nova para llegar al epílogo de todo periplo por la ciudad: el popular Balcón del Mediterráneo. Razones no le faltan: engastado al final de la arteria comercial, este enclave emplazado a 40 metros sobre el nivel del mar hace honor a su nombre ofreciendo una visión privilegiada del Mediterráneo, el puerto de Tarragona, la playa del Miracle y el Anfiteatro. 

MÁGICO DELTA DEL EBRO

Los 320 kilómetros cuadrados del Parque Natural del Delta del Ebro constituyen una de las zonas húmedas más grandes de Europa, un espacio mágico que comparte protagonismo con huertas, árboles frutales y un océano de arrozales. Su combinación de agua dulce y salada, de río y mar, la convierten en una zona rica en nutrientes, lo que proporciona las condiciones óptimas para la captura de langostinos, anguilas y la crianza de moluscos. El Delta del Ebro es, pues, el seno en el que crecen delicias como los mejillones, coquinas, ostras y ostrones que se producen en la bahía del Fangar, perteneciente al término municipal de Deltebre, y en el puerto natural los Alfacs, en Sant Carles de la Rápita, cuya calidad es extrema y destacan por su carne firme y exquisita.


El langostino de Sant Carles de la Rápita es uno de los productos pesqueros más apreciados de la región que, hecho a la plancha con sal gorda, salteado, gratinado o al vapor, presenta una intensa textura y sabor. A finales de noviembre, tienen lugar aquí la diada del langostino, donde los restauradores presentan sus innovadoras recetas y el público pude degustarlas junto a los vinos blancos DO Terra Alta, los cavas y el aceite de oliva DOP Baix Ebre-Montsià.

Pero no sólo de los productos del mar vive el Delta del Ebro. Otros cultivos se disputan el renombre de esta zona. La llanura deltaica ofrece diversidad de productos que son la base de su sabrosa cocina: setas, alcachofas, melocotones, cerezas, naranjas y, por supuesto, el arroz, cuya calidad bien le ha valido el sello DOP. 

TIERRA ADENTRO

No menos sorprendente, gastronómica y turísticamente hablando, es el interior de la Costa Daurada y de las Terres de l’Ebre. La razón es que el azul del mar deja paso a un paisaje natural de gran belleza formado por bosques y viñedos, montañas majestuosas y campos de cultivo, un paisaje en el que sobresalen productos con Denominación de Origen (DO) e Indicación Geográfica Protegida (IGP) como la avellana de Reus, el calçot de Valls o la patata de Prades. Es también el caso de aceites de oliva, cavas y vinos.

Si hay un pueblo cuyo nombre está vinculado a un producto tan delicioso como la patata, ése es Prades. En los municipios de Prades, Capafonts, La Febró y Arbolí, en El Baix Camp, crece la patata de Prades, con IGP. La miel es otra de las suculencias que no se deben dejar de probar en Prades, en cuyo recetario figuran contundentes platos como la sopa de tomillo, el xipoll (plato de matanza), los pies de cerdo y la longaniza. Visitar la zona a finales de otoño y a principios de invierno, cuando se recoge la aceituna y se prensa en los molinos, es una excelente manera de adentrarse en la tradición oleícola de esta tierra, que suma el 40% de la producción de aceite de Cataluña. Muestra de que el olivo ha sido desde siempre el árbol más característico de Terra Alta la encontramos en Horta de Sant Joan, donde se conserva, en muy buen estado, un olivo milenario. Y también a los pies de Els Ports de Beseit, desde donde se puede mirar un impresionante paisaje de olivos. Muchas cooperativas abren sus puertas para acercar este proceso a los visitantes. Es el caso de la cooperativa de Soldebre, en el Baix Ebre, la mayor de toda la comunidad, que organiza visitas guiadas. También para festejar la llegada de los primeros aceites de la temporada, de noviembre a febrero, las cooperativas organizan ferias en honor al dorado líquido (que aquí viene abalado por la DO Baix Ebre-Montsià y DO Terra Alta) en municipios como La Fatarella, Godall, Santa Bàrbara, Jesús o Bot. Rociado en una rebanada de pan acompañado de una baldana –butifarra negra de arroz con cebolla y piñones– es un tentempié que nunca deja indiferente.

Aparte del aceite, estas tierras son famosas por el cultivo de la vid, esencia de la cultura mediterránea, y que en esta parte de la Tarragona interior es una actividad centenaria, de ahí que el paisaje está pespunteado por viñedos y bodegas. En este territorio se elaboran siete DO diferentes, incluida la DO Cava, entre las que figuran DOQ Priorat, DO Montsant, DO Conca de Barberà, DO Penedès y DO Tarragona, claro está, sin olvidar la DO Terra Alta. Los vinos que nacen aquí son ligeros y frescos los blancos, y con cuerpo los tintos y rosados. También se producen vinos dulces, perfectos para rubricar cualquier ágape, acompañando la degustación de repostería de la zona. En ésta, la herencia árabe es evidente, sobre todo al degustar delicias como las garrofetes del Papa (de textura blanda y sabor a limón), la torta de panoli (hecha con aceite de oliva y azúcar), los pastelitos de cabello de ángel, la coca de Sagí, los periquillos de Ulldecona (con un gusto a anís y una forma de caracol muy característica), las puñetes de Roquetes o el cóc de brossat, una deliciosa torta dulce cubierta de requesón.

“No menos sorprendente es el interior de la Costa Daurada y de las Terres de l’Ebre” 

EL SABOR DE LA CULTURA

A sus numerosos vestigios arqueológicos de épocas pasadas –como los restos prehistóricos en la Cueva de la Font Major, en l’Espluga del Francolí, los ibéricos en la Ciutadella de Calafell, los romanos en Tarraco o del Medievo en Montblanc– se añaden otros enfoques e hilos conductores que permiten hilvanar rutas temáticas de gran interés. En ese sentido, una de las capitales históricas del aceite tarraconense, Reus, es también parada obligada para todo amante del arte modernista que se precie, no sólo porque alberga joyas como el Instituto Pere Mata y la Casa Navàs, de Lluís Domènech i Montaner, sino porque aquí nació el arquitecto Antoni Gaudí (1852-1926), padre de la Sagrada Familia de Barcelona. Un total de 24 edificios forman parte de la ruta modernista de Reus, una ciudad eminentemente comercial que, desde la Edad

Media, se dibujó como centro exportador de aguardiente y de avellanas, éstas últimas hoy con DO. Curiosamente, el modernismo tarraconense no sólo está presente en edificios urbanos, sino también en cooperativas vinícolas de la Conca de Barberà, Priorat y Falset, las bautizadas como catedrales del vino por su fastuosidad. Entre estos templos arquitectónicos dedicados al vino, sobresale la de l’Espluga de Francolí, de Domènech i Montaner, el edificio insignia de las bodegas modernistas catalanas.

Otra posibilidad no menos interesante para los viajeros con apetito por la historia y la cultura de estas tierras es adentrarse en el arte religioso románico de la provincia visitando, por ejemplo, los monasterios que configuran la apasionante Ruta del Cister. No es baladí. El de Santa María de Poblet, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y que actualmente es la abadía habitada más grande de Europa, y el de Santes Creus, una abadía del siglo XII, son dos conjuntos cistercienses de una belleza sublime. En ambos cenobios, construidos durante la Edad Media por la orden religiosa del Cister para impulsar la repoblación del territorio tras la Reconquista, pervive el perceptible abrazo del tiempo en sus sillares, ése abrazo de siglos que ha modelado la provincia de Tarragona como lo que es hoy: un imperial mosaico de paisajes, tradiciones y sabores.

“La llanura deltaica ofrece diversidad de productos que son la base de su sabrosa cocina: setas, alcachofas, arroz...” 

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