EL TESORO DEL BOSQUE.

EL TESORO DEL BOSQUE.

OCULTA BAJO LA TIERRA, LA TRUFA GUARDA SU DELICIOSO AROMA Y EXQUISITO SABOR.

Cuando llega el otoño, en los encinares y robledales comienza una búsqueda sin tregua para encontrar uno de los productos más delicados que puedan llegar a los platos: la trufa. Bajo los árboles, en terrenos sobre los que no crece la hierba y que, por su aspecto baldío se conoce como quemados, se esconde este tesoro que el hombre recuerda desde tiempos inmemoriales. No es fácil encontrarlo. Por eso, ha necesitado aliados del reino animal. Jabalíes, cerdos y perros especialmente adiestrados compiten por dar con un fruto que, en el mercado, puede alcanzar precios astronómicos.


Unas simples ralladuras de trufa son suficientes para que un plato de carne o de embutido pase de ser exquisito a sublime. En los bosques se pueden encontrar hasta setenta especies diferentes de trufas, pero únicamente las variedades blanca y negra son las que tienen un mayor valor culinario. La trufa blanca del Piamonte es la más apreciada del mundo y, también, la más escasa porque sólo se encuentra en la región italiana entre los meses de octubre y enero. Extremadamente delicada, muy perfumada, muy sensible al calor y con poco sabor, se conserva fresca muy pocos días.


Por contra, la trufa negra o del Perigord es más abundante que la variedad blanca. Se extiende por zonas boscosas de Francia y España y su recolección se efectúa desde mediados de noviembre hasta el comienzo de la primavera, en el mes de marzo. Tiene una carne muy dura y un perfume y un sabor ligeramente amargo. 


“La trufa blanca es sensible al calor y se conserva fresca muy pocos días”
 

TOQUE DE REYES.

El aroma insuperable y el delicado sabor de la trufa conquistó los paladares de las antiguas culturas. Consumidas en el antiguo Egipto y consideradas afrodisíacas por griegos y romanos, el oscurantismo de la Edad Media las llevó a considerarse un alimento casi prohibido. Gracias a los banquetes que, durante el Renacimiento, se ofrecían en las mesas más notables volvieron a tener su lugar en los platos más exquisitos. Y fueron los grandes cocineros reales del siglo XVIII los que hicieron de las trufas el condimento más exclusivo, sólo apto para reyes.

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