Artes

Un verano de arte con Antonio Lorente y el ‘David’ de Miguel Ángel

WINSTON MANRIQUE SABOGAL
Enn Florencia, Italia.
Detalle de el 'David', de Miguel Ángel (1501-1504).
El ilustrador y artista español cuenta cómo descubrió la belleza de la escultura y la pintua en libros de arte en su casa. En nuestra serie estival, creadores de diferentes disciplinas revelan las obras que han marcado su mirada y recomiendan una exposición
2026-08-14 00:00:00

“¡Cómo era posible que alguien pudiera sacar tanta vida de un bloque de mármol!”. Esa fue y es la pregunta que se hace desde muy joven Antonio Lorente (Almería, 1987), cuando descubrió en unos libros de arte las esculturas Laocoonte y sus hijos, de Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas, y el David, de Miguel Ángel.

Un asombro que aumentó cuando, años después, vio las dos obras en persona, y al que se sumó una tercera: el tríptico pictórico El jardín de las delicias, de El Bosco. Son obras de arte que alimentan la mirada de Antonio Lorente, ilustrador de historias clásicas como Las aventuras de Tom Sawyer, Mujercitas, La leyenda de Sleepy Hollow y El principito (Edelvives). En sus ilustraciones, transforma esas narraciones en nuevas experiencias visuales. Su mirada combina el realismo con rasgos del arte pop y personajes de la cultura de vanguardia.

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Tríiptico de El jardín de las delicias, de El Bosco, realizado entre los años 1490 y 1500. /Imagen del Museo del Prado

Pregunta. ¿Cuál fue el primer acercamiento a un cuadro, una escultura, un dibujo o una fotografía, o la primera obra de arte que admiró?

Antonio Lorente. De pequeño tenía en casa muchos libros de arte y me pasaba horas hojeándolos. Tendría sobre unos diez u once años cuando hubo una obra que me atrapó: El jardín de las delicias, de El Bosco. Me fascinaba porque sentía que cada vez que lo miraba descubría algo nuevo. Despertó mi imaginación, porque era como entrar en un mundo lleno de pequeños detalles.

Algo parecido me ocurrió con dos esculturas que me impresionaron profundamente: el Laocoonte y sus hijos, de Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas, y el David, de Miguel Ángel. ¡¡Recuerdo preguntarme cómo era posible que alguien pudiera sacar tanta vida de un bloque de mármol!!

Años más tarde tuve la suerte de ver las tres obras en persona y la sensación fue increíble. Recuerdo acercarme al cuadro para ver las pinceladas y todos los detalles. Hay algo en los originales que ninguna fotografía puede transmitir.

 

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Laocoonte y sus hijos, de Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas.

Pregunta. ¿Cómo lo han acompañado las artes plásticas en su vida personal y artística como ilustrador?

Antonio Lorente. Como ilustrador, necesito alimentar continuamente mi creatividad. Visitar museos, contemplar pintura, escultura o fotografía es parte de mi vida. Muchas veces una exposición me inspira más por una atmósfera o una emoción que por una cuestión técnica. Siempre estoy observando: la luz, los colores, las texturas, un gesto o la composición de una escena cotidiana. Todo eso acaba de alguna manera en mis ilustraciones.

Creo que el arte tiene la capacidad de enseñarnos a observar con más calma y a detenernos en aquello que normalmente pasa desapercibido. Esa forma de mirar es la que intento trasladar después a mi trabajo: crear imágenes que no solo ilustren un texto, sino que inviten al espectador a quedarse un rato dentro de ellas y descubrir algo nuevo cada vez que las mire.

 

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Guillermo Lorca, La casa de arena en el Museo Europeo de Arte Moderno (MEAM), de Barcelona.

 

Pregunta. ¿Hay alguna exposición reciente que le haya gustado?

Antonio Lorente. Hace poco tuve la oportunidad de visitar la exposición de Guillermo Lorca, La casa de arena en el Museo Europeo de Arte Moderno (MEAM), en Barcelona, y la recomendaría sin dudarlo. ¡Es uno de mis pintores favoritos! Tiene una técnica extraordinaria y una narrativa onírica que me encanta. Salir de una exposición así es muy inspirador. Esa es una de las mayores virtudes del arte: despertar en otros el deseo de seguir creando.

 

Con esta conversación, Antonio Lorente se incorpora a la serie Un verano de arte con, en la que Ámbito Cultural invita a creadores de distintas disciplinas a recordar las obras plásticas que han marcado su mirada.

Serie Un verano de arte con:

Rafael Argullol y las pinturas rupestres de la cueva de Altamira.

Elvira Mínguez, entre el misterio de El Greco y la fotografía de Avedon.

José Ignacio Lapido, de 091, entre La fragua de Vulcano y René Magritte.

Menchu Gutiérrez en El jardín de las delicias, de El Bosco.

Chico Pérez en Las meninas, de Velázquez.

Antonio Lorente y el David, de Miguel Ángel.

 

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