Cada vez que Victoria Cirlot ve Zoom, la obra de Antoni Tàpies, vuelve con todos los sentidos a su infancia en la casa familiar de Barcelona. Allí estaba ese cuadro, en el despacho de su padre, el poeta y simbolista Juan Eduardo Cirlot.
Desde entonces, las artes plásticas han acompañado su mirada y se han convertido en un estímulo y una motivación constantes para la filóloga española, especializada en cultura caballeresca y mística. Parte de esa sensibilidad y esos intereses se aprecia en su libro Marginalia (Vaso Roto), que reúne piezas literarias escritas desde 2012 sobre asuntos que van del Medievo al presente.
Zoom, de Antoni Tàpies.
Pregunta. ¿Cuál fue el primer acercamiento a un cuadro, una escultura, un dibujo o una fotografía, o la primera obra de arte que admiró?
Victoria Cirlot. Mi primera impresión estética fue el informalismo. Si tuviera que concretar más, diría que Tàpies, y si me preguntas por una obra en particular, diría que Zoom (1946). En aquella época, —me refiero a los años 60— en mi casa entraba constantemente pintura informal. Recuerdo que mi padre me hacía distinguir entre lo que era un Tàpies y lo que no era un Tàpies. Supongo que fue él quien me transmitió el placer estético por el arte informal y yo, deseando agradarle —debió de ser esa la primera motivación— me volví una adicta de ese arte a los cinco años, o poco más. Pero sobre todo el arte informal prevalece un cuadro y ese es Zoom. Durante un tiempo colgó de la pared del despacho de mi padre, de tal forma que nada más entrar en casa lo veías al fondo, pues la puerta de su despacho siempre estaba abierta. Lo he vuelto a ver en diversas ocasiones y siempre experimento una emoción particular en la que se mezcla todo lo que ya no existe: el despacho de mi padre y el olor a petróleo con que limpiaba sus espadas, los Tàpies, el Zoom, mi padre mismo. Cuando ahora lo veo en el recuerdo queda esa maravillosa combinación de azul y amarillo, los arañazos, las manos como en una cueva prehistórica, el sol…
De la exposición Eduardo Chillida. Mística y materia.
Pregunta. ¿Cómo lo han acompañado las artes plásticas en su vida personal y como filóloga y escritora?
Victoria Cirlot. Las artes plásticas son un estímulo constante para mi trabajo y para mi vida. Cuando son objeto de estudio, la relación es muy intensa. Por ejemplo, el placer estético que sentí al ver las esculturas de Chillida en el Museo de Valladolid el pasado verano o las pinturas de Teixidor en Alcalá en Madrid este mismo año es muy distinto al que experimento cuando voy a ver exposiciones sobre las que no he trabajado ni voy a hacerlo. Sobre estos dos artistas había escrito textos para sus catálogos. Nunca he trabajado sobre el pintor gótico Bartolomé Bermejo, pero la exposición de su obra en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) me ha quedado grabada, sobre todo por los colores empleados, por sus hierbas y flores. En otras ocasiones, el efecto es tan grande que necesito escribirlo.
Uno de mis mayores placeres en la actualidad consiste en ver manuscritos on-line: entrar en la biblioteca en cuestión, encontrar el manuscrito y abrirlo para verlo folio tras folio y quedarme con la imagen que me interesa. Sin duda, la experiencia de abrir el manuscrito en la Biblioteca es muy superior a abrirlo on-line, pero para el estudioso es más importante la posibilidad de acceder inmediatamente al documento. De todos modos, si hay un arte que me ha acompañado de un modo persistente e incesante a lo largo de toda mi vida, ese ha sido el cine. Siempre me digo que sin cine no podría vivir.
El bailaor español Israel Galván, en los Teatros de Madrid
Pregunta. ¿Hay alguna exposición reciente que le haya gustado?
Victoria Cirlot. No es exactamente una exposición, pero en el momento en que contesto a estas preguntas, no puedo pensar en otra cosa. Hace unas semanas vi una actuación de Israel Galván, “le danseur solitaire”, como le llamó Didi-Huberman. Es un hombre tan genial, con un talento tan inmenso, que no puedo dejar de recomendarlo a todo el mundo que no lo haya visto. Nunca había visto a nadie que todo él fuera puro ritmo, música; a nadie con una imaginación instintiva tan extraordinaria. Yo creo que no piensa nada. Sin duda, detrás hay muchísimo trabajo, pero yo creo que no piensa. Es como un arquero zen, con la misma precisión, con la misma exactitud. Recuerdo a Shizutero Ueda, el gran filósofo de la escuela de Kyoto que decía: Filosofía, pensar. Zen, no pensar. Pues Israel es “no pensar”.
Con esta conversación, Victoria Cirlot se incorpora a la serie Un verano de arte con, en la que Ámbito Cultural invita a creadores de distintas disciplinas a recordar las obras plásticas que han marcado su mirada.
Serie Un verano de arte con:
Rafael Argullol y las pinturas rupestres de la cueva de Altamira.
Elvira Mínguez, entre el misterio de El Greco y la fotografía de Avedon.
José Ignacio Lapido, de 091, entre La fragua de Vulcano y René Magritte.
Menchu Gutiérrez en El jardín de las delicias, de El Bosco.
Chico Pérez en Las meninas, de Velázquez.
Antonio Lorente y el David, de Miguel Ángel.
Juan Belda y La máquina de coser electro-sexual, de Óscar Domínguez.
Victoria Cirlot y Zoom de Antoni Tàpies.