Ilustración: Ana Jarén
'La Pausa': en busca de la primera cosa bonita del otoño
Georgia O’Keeffe escribió una vez: «Nadie ve una flor —es tan pequeña— y para ver se necesita tiempo, como para tener un amigo se necesita tiempo». La artista vio y miró, y se pasó años fijándose en los detalles de flores, piedras y hojas para pintarlos a escala gigante. Vamos por la vida con demasiada prisa, decía. Y para disfrutar de las cosas que nos hacen sentir bien hace falta una pausa. La Pausa.
La Pausa nace de una idea sencilla: resaltar la felicidad de las pequeñas cosas. Esos momentos, objetos y sensaciones del día a día que nos provocan bienestar. Un café caliente después de tantos iced lattes, el placer de estrenar un jersey —ese tan gustoso y tan bonito, y por supuesto mid zip, que es como se llevan ahora—. En apreciar la luz que entra por la mañana, más fría (otro placer), en un ritual que incluya una vela y una crema. Y así, La Pausa va a llegar a tus manos una vez al mes: una serie de artículos que pretende convertirse en un momento de confort. Una invitación a detenernos, mirar alrededor y recuperar el placer del asombro. Sin grandes propósitos ni listas de tareas. Sin la obligación de aprovechar cada minuto. Simplemente, un pequeño espacio para nosotros.
Octubre es el momento ideal para inaugurar este proyecto, porque ya hemos subido la cuesta de la rentrée. Y todos sabemos que únicamente desde arriba de la montaña se pueden contemplar las vistas de todo lo que está por venir.
Y entonces parar un momento.
Ver.
Y descubrir cuál va a ser tu primera cosa bonita del otoño.
Aquí van unas cuantas ideas.
1. EL PRIMER CAFÉ CALIENTE
Dicen que todo lo que hace falta para llenar de calidez una habitación es una cafetera al fuego. La frase solo podría venir de un italiano (Erri de Luca en Los tres caballos) y es difícil encontrar una definición mejor de lo que ocurre algunas mañanas de otoño: antes incluso del primer sorbo, el café ya ha hecho su trabajo. El sonido de la cafetera, ese pequeño borboteo que empieza en la cocina; el olor que se instala poco a poco en el pasillo; el vapor que se escapa al servirlo. Hay aromas que anuncian una casa habitada y el del café recién hecho quizá sea uno de los más poderosos.
Después de meses de iced lattes, vuelve el placer de algo caliente entre las manos. De elegir una taza preciosa y tomar el primer sorbo todavía en silencio. No hace falta que suceda nada más. De hecho, ese puede ser el primer gran lujo del día: durante esos minutos no tenemos que ir a ninguna parte, contestar a nadie ni hacer nada especialmente útil. Solo estar ahí, con el café delante, mientras la casa termina de despertarse.
2. ESTRENAR "ESE JERSEY"
El jersey es al otoño lo que el vestido al verano, lo que significa que estamos en el momento exacto en el que disfrutar, por primera vez de muchas, de la calidez de ponerse "el jersey". Ese que, por alguna razón, tiene algo: la textura exacta, el volumen perfecto, el color que siempre funciona (rojo, si me preguntan).
Esa sensación única ―que aplica al jersey de cashmere, de lana o de punto suave―, la explicó bien Bella Freud en una ocasión: pocas prendas del armario llegan a sentirse tan absolutamente tuyas como tu jersey favorito. Y este año hay algo especialmente apetecible en los de color rojo intenso, los mid-zip de cuello alto o los clásicos escotes en V para llevar sin nada por debajo.
3. COMPRAR FLORES UN MARTES
El problema de las flores es que hemos decidido que necesitan una razón. Un cumpleaños, una cena, una casa nueva, alguien a quien queremos mucho. Pero no hace falta. En 2005, un grupo de psicólogos de una universidad estadounidense se propuso estudiar qué ocurre cuando aparecen flores en una habitación. Descubrieron que provocaban sonrisas genuinas y mejoraban el estado de ánimo; otro estudio más reciente observó específicamente qué sucedía al llevar flores frescas a casa: para sorpresa de nadie, menos estrés y mejor ánimo. La ciencia confirmando una idea bastante sencilla: una casa con flores se siente de otra manera.
Así que quizá no haya que esperar a que pase nada. Comprar unas dalias color vino, unos crisantemos crema o un par de girasoles que todavía se resisten a despedirse del verano porque estaban especialmente bonitos esa mañana. Qué nombres tan especiales los de las flores de otoño. Llegar a casa, cortar los tallos, buscar un jarrón y encontrarles un sitio. Y después, durante los días siguientes, levantar la vista al pasar por delante.
Hay algo deliciosamente innecesario en comprar flores un martes. Y precisamente por eso funciona.
4. ENCENDER LA PRIMERA VELA
Elsie de Wolfe, la gran decoradora de la alta sociedad neoyorquina, lo dejó escrito en The House in Good Taste (1913): la electricidad es la más eficiente, pero la luz de las velas es la más satisfactoria. La frase era buena, pero la idea llevaba tiempo instalada: "La luz eléctrica hace que un salón parezca una estación de tren; y un comedor, un restaurante", se zanjaba en The Decoration of Houses, uno de los primeros grandes manuales de interiorismo moderno.
Un siglo después, la idea sigue teniendo su sentido. Hay un momento, al final de la tarde, en que apagar la luz grande y encender una vela cambia una habitación entera. El sofá parece más bonito, los libros adquieren otro color, la mesa se vuelve más acogedora. No has cambiado nada y, sin embargo, la casa parece otra.
5. EL VACIADO MENTAL
Virginia Woolf tenía una costumbre que hoy probablemente acabaría convertida en una rutina de bienestar con nombre propio: después del té, se sentaba a escribir durante unos minutos lo que le pasara por la cabeza. No buscaba una idea brillante ni llevar un diario perfecto. Lo hacía para sí misma, a toda velocidad, dejando salir pensamientos, observaciones y cosas aparentemente insignificantes. Ella misma decía que aquel ejercicio le servía para “aflojar” la mente.
Escribía lo que apareciera: el tiempo, una conversación, algo que había visto por la ventana, una preocupación absurda. Podemos copiarle el método sin aspirar, por supuesto, a escribir La señora Dalloway. No se trata de escribir para mejorar, organizarse ni ser productiva. Escribir para sacar cosas de la cabeza. Coger una libreta y ponerlo todo: diez minutos, sin buena letra, sin frases bonitas y, sobre todo, sin intención de convertirlo en una mejor versión de ti misma.
6. UN RITUAL QUE NO SIRVA "PARA NADA"
En cuántas películas del Hollywood clásico hemos visto la escena: la protagonista, cepillando su melena una y otra vez, pensando quizá en un hombre, en la vida o en nada en particular. A ese gesto de belleza ―que no es para verse más guapa, sino que se hace porque es agradable― Audrey Hepburn lo llamaba "primping at leisure". En una entrevista con Vogue, hablaba sobre sus baños perfumados, sus horas de sueño y hasta que prefería lavarse ella misma el pelo antes que ir a la peluquería. Hay algo encantador en esa idea de la belleza como una ceremonia privada, algo que no se hace para salir mejor en una fotografía ni para estar presentable ante los demás, sino porque resulta agradable hacerlo.
Ponerse unas gotas de perfume aunque no vayamos a ninguna parte. Dedicar diez minutos a la crema. Pintarse las uñas un martes. Peinarse despacio. Una ducha larga, un aceite con buen olor, esa crema que guardamos para las ocasiones especiales. Quizá el lujo sea precisamente ese: un ritual que no "sirva" para nada.
7. IR POR EL CAMINO LARGO
Hay una forma muy sencilla de perder el tiempo que hemos ido perfeccionando hasta hacerla desaparecer: dar un rodeo. Salir de casa y escoger deliberadamente el camino más largo. Baudelaire convirtió al flâneur en uno de los personajes de la vida moderna: alguien que camina por la ciudad sin demasiada intención, mirando escaparates, fachadas, desconocidos, el movimiento de la calle. No va a ninguna parte especialmente interesante. Caminar sin contar pasos (qué revolución), sin escuchar un podcast a velocidad 1,5. Simplemente mirar.
Hoy puedes probarlo. Baja a por el pan por otra calle. Entra en esa librería que siempre ves y nunca visitas. Siéntate cinco minutos donde dé el sol. Llega tarde a propósito a casa —solo un poco— porque has encontrado una floristería, una exposición en un escaparate o una mesa especialmente bonita en una terraza. Hay días en los que el camino más largo es también el que más se parece a La Pausa.
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