Chow chow: características, cuidados y entrenamiento
Importante: siempre consulta con tu veterinario cuál es el mejor producto o cuidado para tu mascota
| Característica | Detalles |
|---|---|
| Altura | 46–56 cm |
| Peso | De 20 a 32 kg |
| Colores del pelaje | Rojo, negro, azul, canela y crema |
| Carácter | Independiente, leal, sereno y reservado |
| Necesidad de ejercicio | Moderada |
| Esperanza de vida | 9–12 años |
Dicen que el chow chow es un perro con alma de gato, y quien lo dice se queda corto. En realidad es algo más raro y más antiguo: un animal que observa el mundo desde una distancia serena, como si ya lo hubiera visto todo, y que reparte su afecto con la parsimonia de quien firma documentos importantes. Su melena de león, su andar solemne y su famosa lengua azul completan el retrato de una de las razas más singulares que existen. Ninguna otra se le parece. Él lo sabe.
Quien busque un perro efusivo, de esos que celebran tu llegada como si volvieras de la guerra, hará bien en seguir mirando. El chow chow no funciona así. Su cariño es discreto, selectivo y profundamente leal: elige a una persona, a lo sumo a una familia, y a esa elección le dedica la vida entera. Lo demás, incluido el resto de la humanidad, le inspira una cortés indiferencia. Convivir con él no es tener una mascota. Es compartir casa con un pequeño emperador que, algunas noches, decide apoyar la cabeza en tu pie. Y ese gesto mínimo, viniendo de él, vale más que mil fiestas de bienvenida.
1. Salud y cuidados específicos de esta raza
Bajo toda esa magnificencia lanuda vive un perro de constitución sólida, pero con particularidades que el propietario responsable debe conocer desde el primer día.
La más característica afecta a los párpados. El chow chow presenta con cierta frecuencia entropión, una alteración por la que el párpado se pliega hacia dentro y las pestañas rozan la córnea. Se detecta pronto, casi siempre en ejemplares jóvenes, y tiene solución quirúrgica sencilla, pero requiere atención: un chow que lagrimea en exceso, parpadea constantemente o mantiene los ojos entrecerrados está pidiendo cita con el veterinario, aunque su expresión imperturbable sugiera lo contrario. Con este perro, la cara nunca es un buen termómetro.
Las articulaciones son el segundo frente. La displasia de cadera y de codo aparecen en la raza más de lo deseable, agravadas cuando el peso se descontrola. Mantenerlo esbelto, dentro de lo que la naturaleza le permite, protege sus apoyos y alarga su calidad de vida. Y como todo perro nórdico de manto denso, aunque su origen sea chino, tolera mal el calor: las precauciones estivales que exige un husky se aplican aquí punto por punto. Sombra, agua, horarios inteligentes y cero heroicidades en verano.
Nutrición y alimentación del chow chow
El chow chow come como vive: sin ansiedad, sin espectáculo y sin prisa. No es un perro tragón ni especialmente motivado por la comida, lo que simplifica el control de raciones y complica ligeramente el adiestramiento, porque el premio comestible no obra en él los milagros que obra en otras razas.
Su dieta ideal es la de un perro de actividad moderada y metabolismo tranquilo: proteína animal de calidad como base, grasas ajustadas y un aporte calórico prudente, porque su estilo de vida contemplativo lo hace propenso a ganar peso si el cuenco es más generoso que sus paseos. Algunos ejemplares muestran sensibilidades alimentarias que se manifiestan en la piel, con picores o irritaciones; en esos casos, las fórmulas con fuentes proteicas alternativas, como pescado o cordero, suelen dar buenos resultados.
Dos comidas diarias a horas fijas encajan perfectamente con su carácter metódico. Y un apunte que comparte con otras razas de pecho profundo: conviene separar la comida del ejercicio para reducir el riesgo de torsión gástrica. No es que él tuviera pensado esforzarse después de comer, pero por si acaso.
Atención veterinaria y enfermedades comunes
La lista de vigilancia del chow chow es corta pero concreta, y casi toda se juega en tres territorios: ojos, articulaciones y piel.
Del entropión ya hemos hablado, y es sin duda el asunto más frecuente. A los controles oftalmológicos conviene sumar la vigilancia de las displasias articulares, especialmente si el cachorro procede de líneas sin pruebas de salud, y el seguimiento de posibles dermatitis, porque bajo ese manto formidable la piel queda oculta y los problemas pueden avanzar sin que nadie los vea. Separar el pelo y revisar la piel durante el cepillado es un hábito que ahorra sustos.
Hay un detalle adicional que todo propietario de chow chow debería comunicar a su veterinario: la raza muestra cierta sensibilidad particular a la anestesia, por lo que cualquier intervención debe planificarse con protocolos adaptados. Los veterinarios experimentados lo conocen bien, pero nunca está de más mencionarlo.
Con revisiones anuales, vacunación al día y un ojo atento a estas particularidades, el chow chow recorre sus años con la misma dignidad imperturbable con la que recorre el pasillo de casa. No es la raza más longeva del mundo, pero cada uno de sus años tiene una densidad especial.
Cuidado del pelaje
La melena del chow chow es su corona y su hipoteca. Ese manto doble, denso y abundantísimo que le da aspecto de león de peluche exige un compromiso de mantenimiento que conviene aceptar antes de firmar, no después.
El programa mínimo son tres o cuatro sesiones de cepillado semanales, a fondo y por capas, llegando hasta la piel y no solo peinando la superficie, que es la trampa en la que caen los principiantes. Un chow cepillado solo por encima puede esconder debajo un fieltro de nudos compactados que acaba en rapado sanitario, con el disgusto correspondiente para todas las partes. Durante las mudas estacionales, el cepillado pasa a ser diario e innegociable, y la casa entra en ese estado de nevada permanente que los propietarios de razas nórdicas conocen bien.
Los baños, cada seis u ocho semanas, con secado completo y minucioso, porque la humedad atrapada en el subpelo es la antesala de los problemas cutáneos. Muchos propietarios delegan esta parte en peluqueros caninos profesionales, y es una solución sensata. Lo que nunca debe hacerse, igual que con el husky, es raparlo por comodidad o por calor: su manto lo protege en ambas direcciones y no siempre vuelve a crecer con la misma calidad. La corona no se toca.
Necesidad de ejercicio
Sus necesidades de ejercicio son moderadas tirando a modestas: dos o tres paseos diarios de ritmo tranquilo, alguno de ellos con tiempo para explorar y olfatear, cubren de sobra sus requerimientos físicos. No corre si puede caminar, no camina si puede observar, y considera que las carreras detrás de una pelota son un entretenimiento respetable para otros perros.
Esto no significa que pueda prescindir del movimiento. El paseo diario es esencial para su salud articular, para el control de su peso y para su equilibrio mental, y además es el momento del día en que más disfruta de la compañía de su persona, a su manera silenciosa y sin aspavientos. Un chow que camina a tu lado con su paso de oso solemne está, aunque no lo parezca, pasándoselo bien.
Su perfil de baja demanda física lo convierte en un candidato excelente para la vida en piso y para propietarios que prefieren la caminata contemplativa al deporte de resistencia. Eso sí: en verano, sus paseos se reducen a las horas frescas sin excepción, porque el sobrecalentamiento es en esta raza un riesgo real y serio. El resto del año, la lluvia y el frío no solo no le molestan: le sientan como una restauración de fábrica.
2. Consejos de adiestramiento del chow chow
Educar a un chow chow requiere renunciar primero a una fantasía: la de la obediencia entusiasta. Este perro no trabaja para complacerte, no compite por tu aprobación y no encuentra en la repetición de ejercicios ningún placer detectable. Entiende las órdenes perfectamente; simplemente se reserva el derecho de admisión. Quien haya educado gatos reconocerá la sensación.
La vía que funciona es la del respeto mutuo y la coherencia absoluta. Normas claras desde cachorro, mantenidas sin excepciones por todos los miembros de la casa, transmitidas con calma y sin confrontación, porque la dureza no lo somete: lo distancia. Un chow tratado con brusquedad no se vuelve obediente, se vuelve inaccesible, y recuperar su confianza es un proyecto a largo plazo. Las sesiones deben ser breves, variadas y dignas, si se permite la palabra, porque pocas cosas desconectan antes a este perro que sentirse tratado como un alumno lento.
El capítulo verdaderamente crítico es la socialización temprana. Su reserva natural hacia los desconocidos y su instinto guardián, herencia de siglos protegiendo templos y haciendas, pueden derivar en desconfianza excesiva si no se trabaja desde las primeras semanas. Un chow chow bien socializado es un perro sereno, seguro y perfectamente civilizado que tolera al mundo con elegancia. Uno mal socializado es un problema con melena de león. La diferencia la marca el trabajo de su primer año de vida.
3. Historia del chow chow
El chow chow no tiene historia: tiene antigüedad. Los análisis genéticos lo sitúan entre las razas más viejas del planeta, con un linaje que se remonta a más de dos mil años en el norte de China y Mongolia, y algunos estudios sugieren raíces aún más profundas. Esculturas de la dinastía Han ya muestran perros inconfundiblemente parecidos a él, con su complexión de oso y su porte cuadrado, custodiando tumbas y palacios.
En su tierra de origen fue un perro de propósito múltiple: guardián de templos y ganado, animal de tiro, compañero de caza de emperadores. Las crónicas cuentan que un soberano de la dinastía Tang llegó a mantener miles de ejemplares en sus perreras reales. Su nombre occidental, en cambio, tiene un origen bastante menos imperial: al parecer procede del término con que los mercaderes ingleses del siglo XVIII etiquetaban la carga miscelánea de sus barcos procedentes de Oriente. Dentro de aquel "chow chow", cajón de sastre de porcelanas y curiosidades, viajaban también aquellos perros de lengua azul. La etiqueta del contenedor se quedó pegada al pasajero más ilustre.
Su desembarco en Occidente fue lento hasta que la reina Victoria, que coleccionaba razas exóticas con el mismo entusiasmo con que coleccionaba territorios, se encaprichó de ellos a finales del siglo XIX. El espaldarazo definitivo llegó desde un despacho de Viena: Sigmund Freud compartía sus sesiones de psicoanálisis con Jofi, su chow chow, convencido de que la perra percibía el estado emocional de los pacientes mejor que él mismo. Decía incluso que Jofi le indicaba el final de cada sesión levantándose puntualmente. Nadie ha encarnado mejor el espíritu de la raza: presencia serena, juicio silencioso y control absoluto de los tiempos.
4. Entornos ideales
El chow chow es, contra lo que su tamaño y su melena sugieren, un perro de interior extraordinariamente cómodo. Limpio hasta la obsesión, silencioso, sin olor apenas y de actividad doméstica mínima, encaja en un piso mejor que muchas razas de la mitad de su tamaño. No destroza, no ladra por deporte y no exige entretenimiento constante: le basta con un rincón fresco desde el que supervisar sus dominios, preferiblemente con vistas a la puerta.
Su hogar ideal es el de personas tranquilas, hogareñas y de rutinas estables, que aprecien la compañía discreta por encima de la efusividad. Con los niños de su propia familia suele ser paciente y protector, aunque no es un perro de juegos bulliciosos y agradece que se respete su espacio; con visitas e invitados mantiene una neutralidad diplomática que no debe confundirse con hostilidad ni forzarse con caricias no solicitadas. Él saluda cuando considera. La convivencia con otros animales funciona mejor cuando crece con ellos desde cachorro; las incorporaciones tardías requieren presentaciones pacientes y expectativas realistas.
Dos condiciones innegociables cierran el retrato: clima gestionable, porque el calor intenso es su talón de Aquiles y las regiones muy calurosas exigen un compromiso serio de adaptación, y un propietario que entienda la raza. El chow chow no es un primer perro fácil ni un peluche gigante, por mucho que lo parezca. Es un animal complejo, orgulloso y de una lealtad callada que no se compra con premios ni se gana en una tarde.
Pero cuando ese vínculo cuaja, ocurre algo que sus propietarios describen siempre en los mismos términos: no hay perro más presente. No te sigue por la casa haciendo ruido; simplemente está, siempre, en la habitación donde estás tú. A dos metros, en silencio, con sus ojos hundidos en esa cara de pliegues. Vigilándote la vida. Ese es su idioma. Y quien aprende a hablarlo no vuelve a conformarse con menos.
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