Lobo dispara una ráfaga corta y recibe un culetazo en la mejilla. Todo queda oscuro. Su instinto se rebela: no quiere morir. Revienta de un cabezazo la nariz del puto moro, lo agarra del cuello y aprieta con toda su alma. Los gritos. La luz se enciende. Abre los ojos. El niño está morado. Entre sus dedos crispados no sostiene el cuello de un enemigo, sino el de su hijo de un año. Su mujer continúa dándole puñetazos. Es la misma pesadilla que persigue al sargento de Infantería Sergio del Cristo Santisteban, Lobo, desde el 11 de febrero de 2004, cuando fue emboscado en Diwaniyah, Iraq, con otros miembros de su sección.