Nic entró a oscuaras y sintió el frío del viento nocturno en la cara, un viento que se colaba por la cúpula abierta y recorría el vasto hemisferio que sabía que tenía ante sí. Oyó un segundo ruído: el de alguien que se movía. Unos pasos cortos y nerviosos; se palpó la chaqueta en busca de su arma. Entonces se encendieron las luces y un sol áspero y cercenante penetró en las sombras de aquel universo artificial y colosal que era el espacio coronado por la cúpula. A través del gigantesco óculo de la cúpula caía una continua cascada de nieve, arremolinándose sobre sí misma con la perfecta y precisa simetría de una cadena de ADN, para acabar posándose en el centro mismo del templo, donde daba lugar a una estalagmita de un metro o más de altura.