Si una vocación tuvo Montaigne fue la del maestro, sin pedagogías ni instrucción, sino a partir de la experiencia del hombre. Alejado de la idea de la enseñanza como acumulación de saberes, anclada en la memoria, desgrana la importancia del entendimiento y de la formación de la propia conciencia.Como buen humanista, entiende que la finalidad de la educación es la persona, su relación consigo misma y su desarrollo pleno.