¿Debemos pensar que la especie humana está destinada a la extinción por falta de unos mecanismos innatos que inhiban su propia capacidad de aniquilación, cada vez mayor, y por su tendencia a utilizarla, aun a sabiendas de sus fatales consecuencias? ¿Este destino suicida es irremediable, o todavía es posible rectificar y conjurarlo, al ser el hombre un primate inteligente que no actúa movido únicamente por su componente emotivo, sino también con arreglo a su experiencia y su capacidad cognitiva, que en él alcanza su máximo desarrollo? ¿Es su agresividad la causa principal de las guerras que han asolado al género humano desde los albores de la civilización? Y esta agresividad, ¿responde a un comportamiento innato o adquirido? Los peligros arriba citados requieren una respuesta urgente a estas preguntas. Urge revisar por completo los sistemas educativos y didácticos de la infancia, así como dar paso a dos grandes sectores hoy y postergados.