Con su espíritu lúdico y vitalista, Varda entendió y ejercitó como nadie el cine como medio de expresión personal, pero también como arma arrojadiza. Su sombra planea sobre multitud de cineastas contemporáneos y, aún hoy, sus películas agudizan la belleza y la extrañeza que sentimos por el mundo que nos rodea. Aún hoy, nos hacen abrir los ojos de par en par, como si mirásemos la realidad por primera vez.