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Escritoras que firmaron sus obras con nombres masculinos

Detrás de nombres como George Sand, Fernán Caballero o Victor Catalá se ‘esconden’ escritoras que se vieron abocadas a firman sus libros con seudónimos masculinos para combatir los prejuicios de la sociedad.
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Imagina que eres mujer y que hubieras escrito una novela genial. Imagina que la publicas y tiene un éxito enorme. Imagina, incluso, que la crítica la señala como una de las grandes obras maestras de la literatura universal. Y ahora imagina que no la puedes firmar o que, si lo haces y te lo permiten, debes hacerlo con un seudónimo. Y para más inri, ese seudónimo es un nombre masculino. Pues eso es lo que les ocurrió a grandes escritoras que han pasado a la historia por sus obras, pero cuyos nombres reales en muy pocos casos eran conocidos. Hagamos un repaso por algunas de ellas.

 

Esconderse tras un seudónimo

Una mujer debía ser una buena esposa y ama de casa y había venido al mundo para servir a los hombres y cuidar de los hijos. Que pensara por sí misma y que incluso fuera brillante en campos como las artes y las letras era algo impensable. Si alguna osaba destacar en terrenos masculinos, como poco lo pagaba con la indiferencia del público. Nada que fuera obra de una mujer era valioso. Por esta razón, muchas de ellas prefirieron no firmar sus libros o esconderse tras la falsa identidad de un hombre.

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Es el caso de Jane Austen (1775-1817), que jamás firmó ninguna de sus obras con su nombre auténtico sino con un nada preciso “By a Lady” (por una dama). Fue la única osadía que se permitió, hacer constar que la autora de aquellas maravillosas novelas (Orgullo y prejuicio, Sentido y sensibilidad, Emma…) había sido una mujer.


Tampoco firmaron con sus nombres las conocidísimas hermanas Brontë, Charlotte (1816-1855), Emily (1818-1848) y Anne (1820-1849), autoras de Jane Eyre, Cumbres borrascosas y Agnes Grey, respectivamente. Estas tres británicas rubricaron sus novelas con los seudónimos Currer, Ellis y Acton Bell para burlar de esta manera los prejuicios sobre las mujeres intelectuales que se daban en la época victoriana que les tocó vivir. Eso sí, aunque los nombres eran masculinos, se correspondían con las iniciales de sus nombres de pila.
 

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Tras el nombre de George Eliot se esconde la poeta y novelista Mary Anne Evans (1819-1880), autora del clásico de la literatura inglesa del XIX Middlemarch, al que algunos críticos consideran la mejor novela escrita en inglés en ese siglo. Ella prefirió firmar de esta manera para evitar que sus libros fuesen ninguneados por el hecho de ser escritos por una mujer. No fue esa su única obra. También son suyas novelas como Escenas de la vida clerical y El molino junto al Floss, aunque fue en su poesía donde se descubrió como alguien que se rebeló contra la norma.
 


En Francia, George Sand fue el seudónimo elegido por Amandine Dupin (1804-1886) para firmar sus libros cuando inició su carrera literaria tras su divorcio en 1831. La primera obra que publicó con su seudónimo fue Indiana. Pero esta autora del romanticismo francés destacó también por sus escritos políticos. Dupin, que gozaba de gran popularidad en su época, se vestía con ropas masculinas para moverse por los círculos intelectuales de París y para conseguir acceder a lugares solo permitidos para hombres.
 

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En Estados Unidos, Louisa May-Ascott (1832-1888), la autora de Mujercitas (que sí publicó con su verdadera identidad), firmó con el nombre de A. M. Barnard una colección de novelas y relatos donde abordaba temas tabúes entonces como el adulterio y el incesto.
 


En España, Fernán Caballero (1796-1877) es el nombre escogido por la escritora Cecilia Böhl de Fabber, autora de La gaviota, para firmar sus novelas. Su padre, cónsul alemán y reconocido hispanófilo, siempre le aconsejó que no perdiera el tiempo escribiendo ya que aquel era un oficio de hombres.
 

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Y sin salir de España, Caterina Albert (1869-1966), autora de La infanticida y Soledad, usó el seudónimo de Víctor Catalá para evitar las críticas despiadadas de sus contemporáneos.
 

‘Costumbres’ que perduran en el siglo XX

Firmar con nombre masculino no es solo algo propio del siglo XIX. También en el siglo XX ha habido autoras que rubricaron sus obras como si fueran hombres


Ejemplo de ello es Karen von Blixen-Finecke (1885-1962), autora de Memorias de África, que relata en primera persona cómo era la vida colonial en aquel continente en las postrimerías del Imperio británico. Sin embargo, prefirió firmarlo como Isak Dinensen, nombre con el que todavía hoy se publica su novela autobiográfica.​
 

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En otras ocasiones, las autoras han escondido sus nombres de pila bajo la imprecisión de unas siglas. Tal es el caso de Pamela Lyndon Travers (1899-1996), que firmó su conocidísima Mary Poppins como P.L. Travers.
 


Lo mismo les ocurrió a J.K. Rowling (1965), autora de la saga Harry Potter, a quien su editor aconsejó camuflar el Joanne de su nombre porque pensaba que los niños no leerían un libro que estuviera firmado por una mujer; y a Erika Leonard James (1963), más conocida como E. L. James, creadora de la trilogía de Cincuenta sombras de Grey.

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Anónimo es nombre de mujer

«Me atrevería a aventurar que Anónimo, que tantas obras ha escrito sin firmar, era a menudo una mujer», escribió Virginia Woolf en su libro Una habitación propia. Y no le faltaba razón. De algunas obras que nos han llegado con la firma Anónimo, hoy se sabe que oculta en realidad un nombre femenino.

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Es el caso de Una mujer en Berlín, que narra en forma de diario las violaciones que sufrieron las mujeres alemanas tras la ocupación de la ciudad germana por el Ejército soviético durante los últimos días de la II Guerra Mundial. Hoy se atribuye su autoría a la periodista alemana Marta Hillers (1911-2001), que vivió en primera persona los horrores que cuenta en su obra. El libro fue muy controvertido en su momento ya que se le acusó de avergonzar a las mujeres alemanas contando estos sucesos. Quizá por ello y para preservar su propia identidad, Hillers no quiso firmarlo ni permitió su republicación mientras vivió. Solo tras su muerte en 2001 este diario pudo ser reeditado.
 

También la novela Pregúntale a Alicia, publicada en 1971, se convirtió en un best seller mundial sin que figurara el nombre de ningún autor en su portada. El libro, que aún hoy sigue reeditándose, y cuya editorial la engloba en el género de ficción, plasma el diario de una adolescente de 15 años que se escapa de su casa y cae en las drogas. Hoy se da por hecho que su autora es la psicóloga Beatrice Sparks (1942-2012), quien figura como editora en los créditos, aunque también hay artículos que señalan a la autora de novelas para jóvenes adultos Linda Glovach como coautora.
 

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