«La primera vez que escuché la voz tenía siete años. Creí que era culpa del shock, creí que se iría, que me acostumbraría… pero eso nunca pasó. Once años después sigo teniendo una voz en mi cabeza que me recuerda a cada maldito segundo lo inútil que soy».
Yo no le temo a la muerte. ¿Por qué hacerlo cuando no es más que un remanso de paz? El miedo verdadero llega cuando el musical se acaba y el ruido te ensordece; cuando te sientes pequeño, insignificante, un estorbo… Y, sobre todas las cosas, la sensación más aterradora es leer el miedo en los ojos de tu madre cuando te mira.
Ella me asegura que tiene un plan para salvarme, para conseguir que ya no desee haber muerto en aquella bañera, pero no la creo.
Nada puede protegerme del monstruo que vive en mi cabeza y de la desesperación constante de saber que, en cualquier momento, volveré a matar.