Con una sintaxis muy particular y reconocible, pero sobre todo con una forma de mirar y de escribir que crea afición, que hacen que a uno le apetezca much¡simo ser poeta, Juan Manuel Bonet es para m¡ todo un ejemplo de lo que un autor de versos debe ser: alguien tan sinceramente apasionado por la eterna posibilidad de la poes¡a como prudente a la hora de descubrirse como parte de esa gran conjura; alguien paciente, constante y cauteloso que sabe lo que hace, que no habla por hablar y que no se precipita, que precisamente por tener la poes¡a como un bien privado de primera necesidad sólo hasta cierto punto necesita escribirla. Hay muchos que, de forma ansiosa, desbocada, en el fondo insegurá, alargan su obra poética de una manera tan exagerada e innecesaria como hac¡a Federico Garc¡a Lorca con las efes, las ges y las eles de algunas de sus firmas manuscritas. Pero es, claro, un gran error y, puestos a ello, es mejor estrategia la contraria («Poda, que algo queda», escribió Bonet en una de las entradas de ese cuaderno fundacional que fue La ronda de los d¡as), porque la poes¡a es ante todo una compañ¡a segura
Dimensiones: 120 (alto) x 170 (ancho) / Nº de páginas: 272 / Peso: 270 gr