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Barquillos de siempre que te cambian la cara
ese crujiente, esa delicadeza. Los sabios barquillos de Xandra, que saben a calidad, a intensos recuerdos, procuran el milagro
Érase una vez un viejo barquillero con muchos años… Pero nadie a quien legarle toda una vida de saber hacer. Entonces pensó, “¿y por qué no a mis mejores clientes?”. Habló con aquella familia que cada domingo acudía fiel a la cita para disfrutar de sus barquillos. Y después de mucho pensarlo le dijeron “sí, seremos los continuadores de tu oficio”.
Parece un cuento, pero es la historia real de Barquillos Xandra –Xandra es la hija del fundador–, creada hace más de 30 años en Logroño para elaborar un barquillo lo más fiel posible al tradicional, “a la esencia del barquillo clásico ligero, crujiente y delicadamente aromático, que apela a la memoria y a las sensaciones”, explica Quim Romeu, miembro del Consejo de Administración.
HABILIDAD NATURAL
Lo consiguen con los mejores ingredientes posibles –harina de trigo, huevos, mantequilla, azúcar, aromas naturales y lecitina de soja–, libres de colorantes y conservantes artificiales. Y el ingrediente de la calma. “El paso clave es no tener prisa. La calidad necesita tiempo y la habilidad humana sigue siendo imprescindible, especialmente en la manipulación del producto para que cada pieza conserve su integridad, su forma y su textura crujiente. El barquillo es frágil y requiere cuidado y precisión para obtener su característico sabor limpio, auténtico, tan adecuado para acompañar cafés, helados y postres de calidad”, apunta Romeu.
Las materias primas merecen ese buen trato. “La calidad final depende tanto de la selección como del mimo durante los procesos. Es esa atención al detalle la que marca la diferencia en textura, aroma y sabor”. Por ejemplo, de la cocción uniforme, exacta en tiempos y graduación de temperaturas, depende la finura de su estructura y su tonalidad dorada.
Cuenta Romeu que los consumidores suelen reafirmarles en ese camino, que los Xandra les recuerdan el sabor de cuando eran pequeños, el de toda la vida. “Buscamos esa conexión emocional, esa sensación de autenticidad y de producto bien hecho. La sencillez de la receta es precisamente su fortaleza”. Desde aquel sí al viejo artesano del Paseo del Espolón, en Logroño, más de 50 millones de barquillos han continuado su forma de entender el oficio.
La receta es breve: agua, pétalos, azúcar, un gelificante natural y la esencia de la propia flor. Cada gelée tiene su personalidad. La de rosa, exquisitez clásica, evoca jardines antiguos. La de violeta es mediterránea, dulce y profunda. La de lavanda, suave, invita a una degustación pausada. Al abrir el tarro, cualquiera de ellos, el golpe aromático es fresco y real; basta remover suavemente y probar una pequeña cantidad a temperatura ambiente para captar su complejidad.
La gelée de rosa combina bien con quesos suaves, bollería fina, yogur natural, foie gras o postres con frutos rojos, junto a un champagne rosé o un gewürztraminer. La violeta brilla con tostadas, scones, cremas y quesos de pasta blanda, y marida con espumosos ligeros. La lavanda, por último, encaja con quesos curados y azules o carnes blancas y caza, acompañada de rosados provenzales, pinot noir joven o blancos como chenin blanc o sauvignon blanc.
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