Palmeritas para tocar el cielo
Parte del mundo de la pastelería hace piruetas para llamar la atención. En Gassó Artesans 1885, continúan a lo suyo, elaborando y horneando dulces desde Granollers (Barcelona) como lo hacían sus (muchos) ancestros. Seis generaciones y 139 años después, su oferta se mantiene impasible ante las modas, y siguen apelando al placer de la tradición: pura mantequilla, azúcar, horno y paciencia.
¿Su secreto? Trabajar de frente. Palmeritas y lacitos son el binomio ganador: crujientes y delicados, con ese punto caramelizado que solo se consigue cuando el oficio ha brotado de las venas y no de tutoriales de TikTok. Relacionan su savoir faire con el mundo de la costura −la familia ha estado 50 años en ese sector−, y eso se nota: no hay un dulce feo en su oferta. El envoltorio importa, aunque el fondo siempre resulta ganador.
Las palmeras, creadas como palmiers en la Francia del siglo XX, se elaboran en Gassó Artesans 1885 en versión mini, pero ofrecen un placer maxi. El hojaldre se enrolla en finísimas capas con sumo cuidado, y el azúcar se funde hasta formar una costra crujiente y dorada que provoca adicción al primer bocado.
Además, los chocoadictos también tienen una cita irrenunciable en la que las opciones se multiplican en una muy sutil cobertura de chocolate negro que completan la opción de unas palmeritas para recordar.
Los lacitos, quizá no tan conocidos, comparten origen hojaldrado, siendo igualmente tentadores con una textura crocante y jugosa, a la que también encontrar con la opción del chocolate. Retorcidos a mano y horneados hasta casi caramelizar, representan un perfecto fondo de despensa (si es que llegan allí) ideal: siempre listos para el desayuno, la merienda o para agasajar a las visitas inesperadas. El mérito, no obstante, es conseguir que duren.
Protagonistas Club del Gourmet: Mateo Sierra
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