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Bodega Marañones: palabra de garnacha

Los vinos de Bodega Marañones nacen de un compromiso sincero con su origen: una finca única en el pueblo madrileño de San Martín de Valdeiglesias.
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En 2008, el empresario y abogado Fernando Cornejo llegó a San Martín de Valdeiglesias, pueblo situado en la confluencia de la Sierra de Gredos y la Sierra de Guadarrama, con la intención de comprar una finca para hacer vino. El anterior propietario se la mostró, descalzándose y caminando sobre ella. Cornejo hizo lo propio (“donde fueres, haz lo que vieres”, pensó) y ese ejercicio de grounding le conectó para siempre a esos parajes. El trato quedaba sellado.

Aquella toma a tierra fructificó en Bodega Marañones, que supo, desde el principio, ver una potencialidad tremenda en esa zona de Madrid. “En 2021 me hablan del proyecto, acudo a verlo y quedo maravillado con todo: con la finca cuajada de olivos y arañones, donde todo elemento natural guarda un equilibrio maravilloso”, cuenta Pedro Ruiz Aragoneses, actual CEO de Bodega Marañones, que forma parte desde aquel año del grupo Alma Carraovejas. “Nos metimos en el proyecto porque nos enamoramos y queríamos darle continuidad”.

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Pedro Ruiz Aragoneses, actual CEO de Bodega Marañones.

Lo que emocionó a Ruiz Aragoneses fue una finca de 40 hectáreas, con una altitud de entre 850 y 900 metros, muy parcelada, que exige trabajarla de forma manual… un territorio propicio para el romanticismo vitivinícola en el que, desde el principio, vio un enorme potencial para el desarrollo de grandes vinos. Críticos reconocidos como Robert Parker no tardarían en darle la razón con puntuaciones muy destacadas.

“Cuando el proyecto comenzó, lo que se llevaba eran los vinos muy estructurados, con mucha madera”, señala el CEO. “El mercado y el aficionado daban valor a la uva tempranillo, pero lo que tenemos en esta zona es garnacha”. La otra uva autóctona, la blanca albillo real, era prácticamente una desconocida en aquel momento: dos apuestas a contracorriente.

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Garnachas a contracorriente

La visión en Bodega Marañones siempre ha sido crear vinos “que transmitan identidad, origen y terroir”, sacando lo mejor de unas viñas de una vejez media de 30 años –las hay también que pasan de los 90–, plantadas en suelos graníticos y que dan sus frutos arropadas por “un clima continental, pero influenciado por un carácter mediterráneo que suaviza los inviernos”, describe Javi Blasco, director técnico del proyecto.

Explica Pedro Ruiz Aragoneses que los vinos de Marañones “se hacen en la viña”, abanderando esa sensibilidad viticultora que apuesta por no traicionar en bodega lo que ha dictado la naturaleza. Además, con la entrada en escena de Alma Carraovejas, Marañones dio el salto del trabajo ecológico al biodinámico. Bajo esa máxima, se pueden encontrar puntos en común en sus creaciones, ya sean tintos o blancos.

Partiendo de la garnacha, van de lo general a lo particular –o se debería decir a lo singular–. Su vino de pueblo es 30.000 Maravedíes. “Lo que buscamos con él es trasladar el concepto del vin de village francés a nuestra realidad”, cuenta Blasco. El nombre es una lección de historia local: hace referencia a la cifra que pagó Álvaro de Luna por la compra del Señorío de San Martín. Y el contenido de la botella, una representación de la zona, una foto perfecta de la frescura y el carácter frutal de la garnacha.

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Sinceridad tinta

Para Marañones Tinto, el terreno se acota y se llega a un vino de paraje. La garnacha a partir de la que se elabora procede del enclave que da nombre a la bodega, a unos 800 metros de altitud. “Lo que encontramos es una superficie abrigada por el bosque, que aporta toques especiados al vino: se vuelve más complejo”, puntualiza Blasco.

Y, finalmente, el vino tinto de parcela de la bodega y la referencia más especial: Peña Caballera, al que da su nombre una piedra de enorme tamaño apoyada sobre otra más pequeña, un parasol natural que crea una sombra bajo la que el equipo suele catar los vinos. El origen del vino está en los viñedos cercanos, de 95 años, concentrados en tan solo una hectárea y media, a casi 900 metros de altitud. Nace un vino tinto con el mismo carácter que sus hermanos pequeños, pero con algún matiz: “Transmite la esencia del granito y el espíritu del bosque mediterráneo, pero añadiendo una longitud y una sapidez únicas”, cuenta Blasco.

Dos son los blancos que completan el catálogo de la bodega, ambos elaborados a partir de la variedad albillo real. “Marañones Blanco transmite el carácter fino de esta variedad, intentando salvaguardar la frescura y la mineralidad. Siempre digo que este vino, en boca, es como un petazeta de cuarzo, de impacto largo y duradero”, cuenta entre risas Blasco. El segundo es Peña Cruzada: “Procede de una parcela muy singular, a 800 metros de altitud, rodeada de bosque. Encontramos carácter floral y frutal, pero también un perfil más complejo y redondo”, cuenta Blasco.

Los cinco vinos conforman una mano ganadora, un repóker de ases que hace patria de un territorio lleno de rincones mágicos, desde la propia Peña Caballera hasta un mirador para otear las estrellas que es simplemente el esqueleto de un cubo metálico o el anfiteatro hecho a partir de rocas de granito de la cantera de Cadalso de los Vidrios, butaca de primera para observar (y catar) este auténtico espectáculo natural. 

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Hijos del granito de Gredos

Dos son los blancos que completan el catálogo de la bodega, ambos elaborados a partir de la variedad albillo real. “Marañones Blanco transmite el carácter fino de esta variedad, intentando salvaguardar la frescura y la mineralidad. Siempre digo que este vino, en boca, es como un petazeta de cuarzo, de impacto largo y duradero”, cuenta entre risas Blasco. El segundo es Peña Cruzada: “Procede de una parcela muy singular, a 800 metros de altitud, rodeada de bosque. Encontramos carácter floral y frutal, pero también un perfil más complejo y redondo”, cuenta Blasco.

Los cinco vinos conforman una mano ganadora, un repóker de ases que hace patria de un territorio lleno de rincones mágicos, desde la propia Peña Caballera hasta un mirador para otear las estrellas que es simplemente el esqueleto de un cubo metálico o el anfiteatro hecho a partir de rocas de granito de la cantera de Cadalso de los Vidrios, butaca de primera para observar (y catar) este auténtico espectáculo natural. 

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